¿Otro año sin Semana Santa?

Hace poco más o menos un año recibíamos la insólita noticia de que, para tratar de contener al coronavirus, debíamos permanecer en cuarentena durante algunas semanas. Estábamos en los inicios de la Cuaresma y, creo que todos pensábamos que se trataría de un confinamiento de unas pocas semanas que probablemente nos permitiría celebrar la Semana Santa con algunas restricciones. De hecho, recuerdo que, por aquel entonces, muchos hermanos mayores y miembros de juntas de gobierno de varias hermandades y cofradías manifestaban su preocupación por la incertidumbre que para ellos suponía el hecho de no saber si iban a poder contratar la cera, las flores y las bandas. Sin embargo, a las pocas semanas la pandemia mostró su cara más dura y, nos hizo ver la Semana Santa de 2020 no tendría procesiones, aunque un decreto de la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos dejaba la puerta abierta a que éstas pudieran celebrarse en el mes de septiembre, en torno a la Exaltación de la Santa Cruz y Nuestra Señora de los Dolores.

Estos hechos crearon bastante confusión entre los hermanos de las cofradías y también entre todos aquellos devotos y aficionados a las manifestaciones de la piedad popular. En primer lugar, porque empezó a decirse que con estas medidas se había suspendido la Semana Santa, y en segundo lugar, porque algunos entendieron que esta celebración se había pospuesto hasta septiembre. Lo cierto es que la primera de las confusiones, es desde un cierto punto de vista, bastante comprensible. Y es que, en España, hemos tendido a hacer que el concepto “Semana Santa” sea sinónimo de las manifestaciones de religiosidad popular y las paraliturgias que tienen lugar durante la Semana de Pasión, es decir, las procesiones y vía crucis. Así, se habla de la Semana Santa de Zaragoza, de la de Sevilla, de la de Valladolid etc. Por ello, se entiende que algunos asociaran la suspensión de los desfiles procesionales con la suspensión de la Semana Santa. Y esto, nos lleva de suyo a la segunda confusión, y es que, aplicando esta lógica, si en septiembre se realizaban procesiones, para muchos sería sinónimo de la celebración de la Semana Santa más tardía de la historia. Con todo, lo cierto es que finalmente las procesiones se suspendieron durante la Semana de Pasión, no se celebraron en septiembre y, la pandemia nos está haciendo asumir con crudeza que las tan ansiadas procesiones pasionales de 2021 tampoco podrán celebrarse.

Lo visto hacia el momento hace necesario clarificar qué es lo que entendemos los cristianos por Semana Santa, puesto que sólo así podremos entender por qué la Semana Santa no puede nunca suspenderse. Para los cristianos la Semana Santa son aquellos siete días que coinciden con la primera luna de primavera, aquella que los judíos llamaban la Luna de Parasceve. La Semana Santa comienza con la entrada de Jesús en Jerusalén el Domingo de Ramos y después tiene su punto álgido en el llamado Triduo Pascual, que son los días de Jueves, Viernes y Sábado Santos, que desembocan en el Domingo de Resurrección (puente entre la Semana Santa y la Semana u Octava de Pascua). Por ello, teniendo en cuenta que en estos días se celebran los acontecimientos principales para nuestra Redención como son la Pasión, Muerte y Resurrección de Jesucristo, es lógico que la Iglesia haya llamado Santa o Mayor a esta Semana tan especial.

Para rememorar estos acontecimientos, la Iglesia lleva a cabo una bella liturgia que, no en vano se conoce como la “liturgia de la Semana Santa”. Ésta comienza con la bendición y procesión de los ramos y palmas, y la celebración de la Eucaristía el Domingo de Ramos, continúa con las liturgias propias de los días de Lunes, Martes y Miércoles Santo, y se vuelve solemne al llegar al Jueves Santo. Ese día se celebra la institución de la Eucaristía con la Misa de la Cena del Señor, el día siguiente, Viernes Santo, tiene lugar la acción u oficio litúrgico de la Pasión del Señor, y el Sábado Santo, por la noche, ya en la madrugada del Domingo de Resurrección, los cristianos de todo el mundo celebran la vigilia pascual comenzando así la alegría de la Pascua. Pero, como se sabe, lo cierto es que el pueblo cristiano no siempre ha entendido bien todos estos ritos y celebraciones litúrgicas, y por ello ha querido complementarlos con otros que no nacen propiamente de la tradición de Iglesia, sino que tienen su origen en las tradiciones locales o particulares. Este es el origen de las paraliturgias o actos de piedad popular que son los vía crucis y las procesiones que complementan (pero no suplen) la liturgia de la Iglesia y que, en el argot popular, son calificados como Semana Santa.

Visto esto, se entiende como, cristianamente hablando, la suspensión de la Semana Santa sería algo sumamente difícil, por no decir imposible. Puesto que, en primer lugar, esta fecha se repetirá anualmente en el calendario cada vez que en él asome la luna llena de la primavera. Y, en segundo lugar, esta efeméride será siempre celebrada en todos aquellos lugares en los que haya una comunidad de seguidores de Jesucristo. De hecho, el confinamiento nos ha mostrado la potencia de esta afirmación, puesto que, durante los días santos, los cristianos han podido celebrar desde sus casas, como Iglesia doméstica, uniéndose a una de las muchas celebraciones que las parroquias, iglesias y comunidades religiosas ofrecían utilizando para ello una impresionante creatividad en cuanto a los medios y a las formas. Por ello, creo que la mayoría de los cristianos pudieron no solo experimentar que, pese a todo, la Semana Santa no se había suspendido, sino también sentirse en comunión con sus hermanos en ese adentrarse en el misterio de la Pasión, Muerte y Resurrección de Cristo. Esto no quita que no se extrañaran las celebraciones presenciales en las iglesias y, por supuesto, las procesiones en las calles, puesto que creo que todos notamos que nos faltaba algo.

Este año 2021 la cosa ha cambiado, pero no demasiado. La Semana Santa llegará y se celebrará, pero esta vez esperemos que las limitaciones sean más ligeras que las del año pasado y nos permitan acudir a las iglesias a celebrar la liturgia orando en comunidad. Esto es algo muy importante, puesto que, si algo hemos experimentado es que lo online no suple lo presencial. Pero, con todo, no podremos celebrar nuestras ansiadas procesiones. Por ello, creo que es momento de ser creativos y prudentes para encontrar soluciones que nos permitan también dar un paso más y salir de lo digital para tratar de vivir la Semana Santa de una manera que sea a la vez presencial y respetuosa con las normas y con el cuidado de la salud de los demás. Y esto, no pasa solo por ver qué es lo que la cofradía me ofrece, sino también por plantearse qué es lo que puedo ofrecer yo a la cofradía y qué puedo hacer para preparar mi corazón para unirse al Señor que es descendido de la Cruz y a su Madre de las Lágrimas, sea en solitario por las calles, sea en el interior de las iglesias, o en la intimidad de nuestros hogares.

La fiebre amarilla del año 1800 en Sevilla

Durante el verano del año 1800 llegó desde Cuba a España un buque llamado “Delfín”. En principio, se trataba de uno de los muchos navíos que alcanzaban el puerto de Cádiz. Así que, nada hacía sospechar que, entre sus tripulantes hubiera hecho estragos un mosquito portador de la fiebre amarilla. A principios del mes de agosto, esta enfermedad llegaba a Sevilla, entrando por el barrio de Triana y esparciéndose por todos los rincones de la ciudad. En cuestión de días el aspecto y la vida de la localidad cambiaron completamente al multiplicarse los contagios y aparecer en escena la muerte que, no en vano, terminaría segando la vida del veinte por ciento de la población hispalense.

Las crónicas de la época coinciden al afirmar que la epidemia sumió a la ciudad en el caos, el miedo y la incertidumbre. No se sabía bien cuál era la enfermedad a la que se enfrentaban, cuál era su origen, cuál era su patrón de contagio y cómo poner freno y remedio a tanto dolor provocado por sus síntomas y por sus muertes. Algunas voces apocalípticas, como la del padre franciscano Fray Ángel de León, no dudaron en ver en la epidemia un castigo de Dios por “la pérdida de la religión y la piedad” de una ciudad que “caminaba antes de la epidemia como un caballo desbocado a su precipicio”. Por ello, el Señor habría enviado esta enfermedad para “despertar al hombre sumergido en su pecado para que haga penitencia y se salve”[1].

Pero, fuera de origen natural o de origen divino, lo cierto es que la epidemia se encontraba ya en la ciudad y era necesario tomar medidas para frenarla. Para ello, en primer lugar, las autoridades decretaron el cierre de la ciudad y la prohibición de movimiento de sus habitantes a otros lugares bajo amenaza de penas severas. Por su parte, muchas de las localidades españolas prohibieron la entrada a los habitantes del sur de España, tratando así de contener el contagio. Después vendrían las medidas intramuros de la ciudad, consistentes en el aislamiento de los enfermos y contagiosos, y el cierre de los teatros y edificios que pudieran contener a un gran número de personas. La Parroquia trianera de Santa Ana tuvo que ser clausurada, dado que el barrio se encontraba colapsado por la enfermedad, y no fue el único templo que tuvo que hacerlo. Pero, pese a todo, la epidemia no remitía, sino que más bien aumentaba.

Ante esta realidad, los sevillanos hicieron aquello que habían aprendido desde niños: volverse a Dios, a la Virgen y a los santos para pedirles su protección ante el peligro y el final de la enfermedad. Para ello, siguieron aquel patrón que Carmen Gonzalo de Andrés codificó refiriéndose a las sequías, pero que es perfectamente aplicable a las enfermedades. Dicho esquema comienza con la constatación de un hecho peligroso o de malas consecuencias, sigue con la transmisión del problema a las autoridades por parte de la población, continúa con la evaluación que los gobernantes hacen de la situación y la petición de ayuda al clero y finaliza con las rogativas que suelen realizarse en forma de novenas, cultos y procesiones[2].

Como se puede imaginar, en cuestión de semanas Sevilla se había convertido en un hervidero de rogativas que tenían su punto culminante con la salida en procesión por las calles. En la Catedral se realizaban diariamente procesiones claustrales con el Santísimo Sacramento, y en muchas jornadas, los canónigos salían procesionalmente a las calles portando las principales reliquias e imágenes del Templo Mayor. A estas procesiones se unieron las de las parroquias, hermandades y cofradías que, o bien sacaron a sus imágenes por sus barrios, o bien las llevaron hasta la Catedral. Entre la larga lista de la multitud de imágenes que salieron a las calles estaban el Gran Poder, el Cachorro, el Cristo de San Agustín, el Cristo del Amor, el Nazareno del Silencio, el Lignum Crucis, San José, San Fernando, Santas Justa y Rufina, la Virgen del Valle la Virgen del Rosario de San Gil y por supuesto la Virgen de los Reyes. Todo ello conformó un ambiente de oración y penitencia en el que prácticamente a diario, una imagen recorría las calles de Sevilla[3].

Sin embargo, pese a que estas prácticas de piedad constituyeron sin duda un bálsamo y un consuelo para los cristianos de la época, lo cierto es que, a la vez, tuvieron unas consecuencias fatales para la extirpación de la enfermedad que solo algunos intelectuales como José Blanco White fueron capaces de atisbar[4]. Y es que, las rogativas y las procesiones, y, sobre todo, las aglomeraciones de personas que de ellas se derivaban, propiciaron el aumento de los contagios y el esparcimiento de la enfermedad, con las fatales consecuencias que de ello se puede imaginar.

Es impresionante constatar cómo, a pesar de que nos separan 221 años de estos hechos, las similitudes con la preocupante situación de pandemia que estamos viviendo son patentes. Todo ello nos muestra que, efectivamente “historia Magistra vitae est”. En primer lugar, porque hoy seguimos estando desconcertados y desorientados a la hora de saber cuál es el patrón de contagio de este virus. En segundo lugar, porque no han faltado voces apocalípticas que han visto en todas estas desgracias un castigo de Dios. Y, en tercer lugar, porque somos muchos los que hemos buscado el amparo y la protección del Señor, de la Virgen y de los santos a través de las imágenes de nuestra devoción. Sin embargo, creo que en este punto se ha dado un aprendizaje que, aunque sea doloroso, nos sitúa en una posición de ventaja frente a los habitantes de la Sevilla del siglo XIX. Y es que, en nuestro caso, tanto las autoridades civiles y religiosas, como el pueblo fiel han entendido que la realización de las procesiones (como la de cualquier acto multitudinario) pone en riesgo la salud pública, y por, ello, deben evitarse hasta que la situación haya mejorado.

Esto produce en nosotros un desgarro muy grande que algunos piensan que se debe solo a la nostalgia por no poder cumplir con nuestras tradiciones. Pero, a mi modo de ver, éste tiene que ver también con algo mucho más profundo, y es que, con la imposibilidad de realizar las procesiones y rogativas ordinarias y extraordinarias, se rompe el citado patrón de Carmen Gonzalo de Andrés a la hora de afrontar las fatalidades de carácter extraordinario. Por ello, nos sentimos desorientados, puesto que, pese a que podamos orar en la intimidad de nuestro hogar o en los templos, lo cierto es que todos sentimos que nos falta algo que solo las procesiones podrían suplir. Sin embargo, no nos queda otra opción que aceptar con resignación y paciencia estas medidas, puesto que son para el bien de todos. Y a la vez, buscar soluciones creativas que nos permitan expresar y vivir esa religiosidad con la que expresamos nuestra fe en Jesucristo y nuestra esperanza en que habrá un momento en el que él nos sacará de esta situación. Entonces, solo entonces, podremos volver a sacar a nuestras imágenes a la calle, como siempre y como nunca.

 

[1] A. Cabezas García, «Devoción, estética y remedio: rogativas en Sevilla por la epidemia de 1800», Arte y Patrimonio, 3 (2018), 29.

[2] C. Gonzalo de Andrés, «Las rogativas», Revista del aficionado a la meteorología, en línea, https://www.tiempo.com/ram/1121/meteorologa-popular/ (consulta el 10 de febrero de 2021).

[3] Vid. R. Plaza Orellana, (2018): Los orígenes modernos de la Semana Santa de Sevilla. I. El poder de las cofradías (1777-1808), Sevilla, El Paseo, 2018.

[4] Vid. https://sevilla.abc.es/pasionensevilla/actualidad/noticias/la-fiebre-amarilla-de-1800-y-las-cofradias-93908-1461626811.html, (consulta el 10 de febrero de 2021).

El acceso de las mujeres al acolitado

A las 12 del mediodía del día 11 de enero de 2021 se daba a conocer la noticia de que el Papa Francisco había modificado el canon 230 § 1 del Código de Derecho Canónico. Hasta la fecha, dicho canon reservaba la admisión al ministerio estable del lectorado y acolitado a los varones, pero tras esta reforma, se incluye también a las mujeres dentro de esta posibilidad, tal y como puede leerse en la actual redacción del canon:

Los laicos que tengan la edad y los dones determinados por decreto de la Conferencia Episcopal podrán ser asumidos establemente, mediante el rito litúrgico establecido, en los ministerios de lectores y acólitos.

Este hecho en si mismo no constituye demasiada novedad, al menos en nuestro ámbito español. Puesto que, más bien, viene a regular una práctica que ya se realizaba con el permiso de los obispos y las conferencias episcopales. En este sentido, creo que la mayoría de los cristianos, desde hace generaciones, hemos vivido con naturalidad el hecho de que sean las mujeres las que proclamen la Palabra de Dios desde el ambón. Y también, en muchos lugares se ha vivido con normalidad la situación de que existan no solamente monaguillos de ambos sexos, sino también acólitas que ayuden en las diferentes celebraciones litúrgicas, así como la figura de mujeres que ejercen el ministerio extraordinario de la distribución de la Sagrada Comunión, sea durante la celebración de la Eucaristía, o fuera de ella (en celebraciones de la Palabra o al llevarla a los enfermos).

En este sentido, la modificación del canon acaecida por medio de la Carta apostólica “Spiritus Domini” no supondrá una novedad en lo exterior en nuestros templos y celebraciones litúrgicas. Aunque, bien es cierto que puede ayudar a que la figura de acólitas adultas no sea puesta en duda ni mucho menos rechazada en el ámbito de las grandes solemnidades.

En realidad, lo que hace la modificación del canon es regular una situación ya existente desde dos perspectivas diversas. En primer lugar, en el hecho de lo que se ha visto anteriormente, es decir, la presencia de las mujeres en el ambón y junto al altar. Y, en segundo lugar, hacer que estos dos ministerios del acolitado y del lectorado correspondan realmente con el nombre que se les dio después de la reforma litúrgica, es decir, el de “ministerios laicales”. Y es que, antiguamente, los ministerios del acolitado, lectorado, exorcismo, ostiario, así como la primera tonsura, se englobaban bajo el título de “órdenes menores”, y se entendían como un paso previo antes de la ordenación diaconal y sacerdotal. Sin embargo, tras la reforma se decidió que estos ministerios fueran abiertos a todos los laicos (entonces solo varones), en virtud de su sacerdocio bautismal, y no en vistas a la ordenación. Sin embargo, en la práctica, éste estos ministerios eran un rito que se llevaba a cabo antes de la ordenación diaconal, como requisito previo para la misma. Así pues, la apertura de estos ministerios a aquellos laicos “que tengan la edad y los dones determinados”, hace que sean verdaderamente laicales.

Todo ello ha creado cierto revuelo en las hermandades y cofradías, puesto que algunos han imaginado que esto abre la puerta a que los laicos y en particular las mujeres, puedan tener acceso a ciertos ornamentos hasta entonces reservados a los hombres y a los ministros ordenados. Sin embargo, el espíritu de la reforma es más profundo, y creo que por ello conviene recordar las principales funciones de un acólito (dado que las del lector son bastante más fáciles de identificar). En primer lugar, el acólito debe cuidar del servicio del altar ayudando al diácono y al sacerdote en la liturgia. En segundo lugar, el acólito puede distribuir la comunión como ministro extraordinario, dentro y fuera de la Eucaristía, con los debidos permisos. Igualmente podría exponer el Santísimo Sacramento y reservarlo, pero sin dar la bendición.

Y por último, puede llevar la cruz, los ciriales, u otros enseres dentro y fuera de las celebraciones litúrgicas. En este sentido, las mujeres y los hombres instituidos podrán encabezar las procesiones, portar el incensario, la naveta, etc. tal y como venía ya sucediendo en tantas celebraciones de la religiosidad popular. Sobra decir que, las particularidades referidas a la aplicación de esta reforma a los diversos contextos y las tradiciones, quedan en manos de las disposiciones de los obispos del lugar.

¿También vosotros queréis marcharos?

Durante los últimos meses, los diversos medios se han publicado varios artículos alarmistas que afirmaban que el final de las hermandades y cofradías, al menos tal y como las conocemos hasta ahora, estaba cerca. Esto no deja de ser normal, en un tiempo de incertidumbre como el que nos encontramos, marcado por un espíritu apocalíptico provocado por el miedo de la gravedad de la situación de pandemia que todavía estamos viviendo. Sin embargo, creo que todo ello, pese a contener parte de verdad, es matizable.

Leyendo algunos de estos artículos me venía a la mente la escena que se narra en el capítulo sexto del Evangelio de San Juan. En ella, Jesús multiplica milagrosamente los panes, logrando así el entusiasmo de la multitud, hasta el punto de que quieran proclamarlo rey. Sin embargo, cuando Jesús explica el sentido de este signo y les hace ver que en realidad lo buscan porque ha saciado su hambre material y no la espiritual, las multitudes comienzan a abandonarlo, quedando en compañía de los Apóstoles. Entonces, volviéndose hacia ellos les pregunta “¿También vosotros queréis marcharos?”, respondiendo Pedro con la célebre frase de “Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna?”.

Pues bien, creo que este tiempo de pandemia que estamos viviendo, tiene mucho que ver con este pasaje del Evangelio. Puesto que, ciertamente, (como afirman muchos de los artículos de los que hablaba al principio), las multitudes entusiastas, las administraciones públicas y tantos otros, se han marchado, al menos por el momento, aunque probablemente vuelvan a acercarse cuando la situación retome su curso de “vieja normalidad”.

Sin embargo, las hermandades y cofradías no se han quedado solas, ni van a desaparecer (han sufrido demasiados reveses a lo largo de la Historia de los que se han levantado). Y es que, en nuestras hermandades y cofradías, en estos momentos, se encuentra ese núcleo de los Apóstoles, esos discípulos más cercanos que han descubierto en ellas a un Dios que tiene palabras de vida eterna. Es cierto que no son tantos como nos gustaría, pero no es menos cierto que están allí y que su presencia se nota. Basta ver como durante estos últimos meses han derrochado creatividad e ingenio para poder celebrar sus cultos, o exponer a las imágenes a la pública veneración de los fieles, respetando las medidas sanitarias. O como han sabido encontrarse y apoyarse para seguir viviendo la fe en un Dios que es más fuerte que el desánimo, la enfermedad o la muerte. Y, por supuesto, como las hermandades han estado más atentas que nunca, o quizá, tan atentas como siempre, a aliviar por medio de la caridad el sufrimiento de los hermanos que sufren.

Por ello, creo que, pese a que echemos de menos a esas multitudes que volverán, debemos saber mirar en esta situación la entraña o la esencia de las hermandades que su marcha ha dejado al descubierto. Puesto que, esas pequeñas comunidades cristianas, esos núcleos apostólicos que durante estos meses están trabajando y viviendo la fraternidad cofrade, nos están mostrando que Dios sigue actuando en las hermandades y cofradías y que éstas son ciertamente un camino para llegar hasta él y para llevar esperanza a este mundo que sufre y desespera.

La Columna de la Flagelación del Señor

La Basílica de Santa Práxedes, situada a pocos metros de la de Santa María la Mayor, pasa desapercibida para la mayoría de los peregrinos y turistas que visitan Roma. Se trata de un valioso templo del siglo VIII, construido sobre uno anterior del siglo V, que cuenta con una excelente colección de mosaicos que ya de por sí justifican la visita a esta preciosa iglesia.

Sin embargo, quizá lo más importante de todo lo que puede verse y venerarse en Santa Práxedes, puede pasar tan desapercibido como la propia basílica. Se trata de una de las reliquias más importantes de la Pasión de Cristo, y una de las que más a influido en el arte pasional: la Columna de la Flagelación, o al menos un fragmento de la misma.

La ley judía disponía que aquellos que iban a ser flagelados debían de permanecer tumbados en el suelo durante el castigo, mientras que la ley romana disponía a los reos de pie. En algunos casos los flagelados se apoyaban en una columna a la que eran atados, mientras que en otros eran sostenidos por los propios soldados romanos. Desde un principio, la tradición cristiana asumió que Cristo había sido azotado atado a una columna, cosa que fue confirmada por las revelaciones de Santa Brígida de Suecia, quien en sus escritos afirma que Cristo se abrazó fuertemente a la columna, antes de ser atado a ella.

Ahora bien, tanto las revelaciones de Santa Brígida, como el testimonio de San Jerónimo (que habría visto la columna de la flagelación, con restos de la sangre de Cristo, en el Pretorio de Jerusalén) parecen asumir que Cristo habría sido flagelado apoyado, abrazado, o incluso colgado de sus manos, a una columna alta, que formaría parte de la arquitectura de la Torre Antonia de Jerusalén.

Por ello, es común que, al menos hasta el siglo XVI se represente a Cristo flagelado abrazado a una columna alta. Ejemplos de ello son las pinturas de Memling, Antonello da Messina, Bramante, o las esculturas de Diego de Siloe, o Pedro Millán (esta última en el Museo de Bellas Artes de Sevilla).

Pero, todo este panorama artístico cambiará cuando precisamente en el siglo XVI se “redescubra” la reliquia de la Columna de la Flagelación en la Basílica de Santa Práxedes de Roma. Ésta había sido traída desde Jerusalén en año 1223 por el Cardenal Colonna, siendo desde entonces venerada en todo momento por los fieles, aunque no tuviera reflejo en el arte ni en la devoción popular. Lo curioso del caso es que esta columna era una columna baja, que, de alguna manera, contradecía toda la tradición anterior, e incluso estaba en contra del testimonio de San Jerónimo y de las revelaciones de Santa Brígida. Sin embargo, tanto los fieles como la propia Iglesia comenzaron a adoptar esta columna como la verdadera, asumiendo por tanto un cambio en la iconografía de la Flagelación del Señor.

Todo ello, como era de esperar, trajo consigo un debate, entre los partidarios de la columna alta y los de la columna baja. Así, hubo algunos que defendían que la Columna de Santa Práxedes era en realidad un fragmento de aquella que había visto San Jerónimo en el Pretorio. Mientras que otros, por su parte afirmaban que esta columna, con su pequeño tamaño, era aquella en la que Jesucristo había sufrido tan severo castigo.

El propio San Ignacio de Loyola, como hijo que era de la época, participó de este debate, puesto que él había visto ambas columnas, la de Jerusalén y la de Roma, y, pese a ser partidario de la romana, no se atrevía a afirmar que ésta fuera una parte de aquella que se encontraba en el Pretorio de la Torre Antonia de Jerusalén.

Pero, pese a todas las objeciones, lo cierto es que la Columna baja de Santa Práxedes acabó imponiéndose como verdadera, dando un giro en lo que a la iconografía de la Flagelación se refiere. Así, a partir del siglo XVI comenzó a extenderse la imagen de un Cristo atado a una pequeña columna, que es la que hoy conocemos y la que impera en nuestros pasos procesionales. En esta iconografía, Cristo se encuentra mucho más desasistido y desvalido que en la de la columna alta, puesto que no puede ni abrazarse ni apoyarse en ella. Debe por tanto doblar sus espaldas, bajar su cabeza y retorcerse ante el dolor de este brutal castigo, quedando su rostro a la vista de todos los que contemplan la escena.

El hecho de que la Columna de Santa Práxedes se adoptara como verdadera al final del Renacimiento y, sobre todo, al principio del Barroco, no hizo más que incrementar el interés de los artistas y la devoción de los fieles sobre esta escena de la Flagelación del Señor, haciendo de ella una de las más populares de los retablos y pasos procesionales, que no suele faltar en las principales procesiones de la Semana Santa Española. La posición dolorida, inclinada y desvalida de Nuestro Padre Jesús Atado a la Columna de la Hermandad de las Cigarreras es un potente testimonio de ello.

Como conclusión, solo queda afirmar la importancia de la reliquia de la reliquia de la Columna de la Basílica de Santa Práxedes de Roma en lo referente a la devoción de los fieles y su consiguiente reflejo en el arte y la iconografía cristiana. Algo que merece al menos la visita y veneración de los fieles cofrades cristianos que peregrinen hasta la ciudad de Roma.

Un Corpus diferente pero lleno de sentido

Cuando meses atrás comenzábamos este tiempo de confinamiento, todavía éramos lo suficientemente ingenuos (o inconscientes) como para pensar que quizá pudiéramos celebrar las procesiones de Semana Santa. Poco después, la realidad se impuso valiéndose de su cara más triste y amarga. Según avanzaban las semanas de la Cuaresma, fuimos viendo como el número de enfermos y difuntos iba creciendo, junto con el dolor de sus familias. El alborear del Domingo de Resurrección nos trajo consuelo desde la fe en Cristo Resucitado, pero no se vio acompañado de una remisión de la pandemia. Con todo, muchos pensábamos que cincuenta días después podríamos celebrar el Lunes de Pentecostés, dándole gracias a la Blanca Paloma por habernos cuidado y sostenido durante el confinamiento. Sin embargo, el Rocío pasó, y se vivió desde la fe de la intimidad de los hogares, en los que no faltó la devoción y el cariño a la Madre de Dios.

Y así, estrenando fases de desescalada, entramos en el Tiempo Ordinario, y llegamos a las puertas de la fiesta del Corpus Christi, una de las grandes solemnidades para el pueblo cristiano en general y para el cofrade en particular. Pero, a diferencia de meses anteriores, esta vez enfrentamos el Corpus habiendo perdido la ingenuidad y sabiendo que se tratará de una fiesta muy diferente a la vivida otros años, puesto que esa anhelada “nueva normalidad” no acaba de llegar ni de manifestarse. El tiempo pasa muy deprisa, pese a que estos últimos meses se hayan hecho largos, pesados y hayan estado marcados por la enfermedad, la muerte y el miedo. Estoy seguro de que, si a mediados de marzo alguien nos hubiera dicho que llegaría junio y no podríamos acompañar por las calles a Jesús Sacramentado, hubiéramos pensado que exageraba. Pero, lo cierto es que este año el Corpus Christi la procesión va a ir también por dentro, sin que muchos de nosotros podamos participar físicamente en ella.

A pesar de todo, al igual que ha ocurrido con las solemnidades religiosas a lo largo de la pandemia, este año sí que habrá Corpus Christi. Es verdad que el Santísimo no saldrá en su paso como otras veces, ni se alfombrarán las calles con tomillo, cantueso y romero, ni se acudirá corporativamente ante él, ni se levantarán altares, pero el Corpus se celebrará. Y es que, no podemos olvidar que, aunque Jesús Sacramentado no pueda salir a la calle cuando llegue este Jueves que reluce más que el sol, lo cierto es que ya lo hizo cuando el mundo se encontraba sumido en la más angustiosa tiniebla. No hay más que pensar en que, durante los días del confinamiento fueron muchos los sacerdotes que salieron a las calles, a las puertas de las iglesias o a los balcones portando el Santísimo Sacramento en la custodia para bendecir y consolar a aquellos que no podían salir de casa. Sin duda, los cristianos no podremos olvidar aquella bendición Urbi et Orbi en la que el Papa Francisco, bajo un cielo lluvioso, bendijo al mundo entero con la Eucaristía mientras sonaban las campanas y sirenas de la Ciudad Eterna. Por tanto, aunque Cristo no pueda salir a las calles ahora, lo cierto es que salió cuando más lo necesitábamos.

Pero, no podemos olvidar que el Corpus no es solo el día de la Misa y la Procesión, igual que nuestras hermandades no son únicamente su salida procesional. Puesto que, como se sabe, el día del Corpus es el día de la Caridad, ya que Cristo en la Última Cena ligó para siempre la fracción del pan con el lavatorio de los pies. Por ello, creo que este año, la fiesta del Corpus debería ser más caritativa que nunca, ya que hay muchas familias a nuestro alrededor a las que les falta ese “pan nuestro de cada día” y acuden a nuestras parroquias, centros y hermandades a pedirlo. De este modo, en este día del Corpus, debemos seguir demostrando lo que hemos ya proclamado ante el mundo desde que comenzara esta pandemia: que las hermandades y cofradías son agrupaciones de cristianos, miembros de la Iglesia que no se desentienden de las necesidades de sus hermanos, ni viven el culto a Dios de una manera vacía. Sino que más bien, se preocupan de que a nadie le falte lo necesario para su sustento y así todos puedan vivir con la dignidad de los hijos de Dios.

 

Así que, pese a que de momento no podamos celebrar grandes cultos ni salir en procesiones por la calle, lo que sí que podemos hacer es seguir viviendo nuestra hermandad y nuestra fraternidad entre nosotros mismos y con aquellos que más lo necesitan, pese a que no los conozcamos o no vayan a darnos las gracias por ello. Este año, el “Dios está aquí” se ha desplazado hacia los últimos, hacia aquellos que pasan necesidad, y desde ellos, Cristo nos llama a hacer lo que haríamos con Él y vivir así un Corpus diferente, pero a la vez lleno de sentido.

Hemos aprendido que somos débiles

Una de las cosas más importantes que hemos aprendido durante esta cuarentena es que somos débiles. Algo que ya sabíamos, o al menos intuíamos, pero de lo que tratábamos de huir o intentábamos disimular.

Este tiempo de pandemia, en primer lugar, nos ha recordado que no somos dioses, sino que tenemos que lidiar con nuestra debilidad. Resulta sobrecogedor ver como en pocas semanas pasamos de pensar en el transhumanismo y de la capacidad humana para prolongar la vida y detener la muerte, a constatar con dolor como todos nuestros esfuerzos no lograban detener la espiral de muerte creada por un virus invisible a nuestros ojos. Era como si la propia naturaleza nos recordara que, pese a estar en la cúspide de la pirámide de la evolución, el hombre sigue siendo una criatura débil e indefensa.

En segundo lugar, este tiempo de confinamiento nos ha hecho ver que nuestra debilidad pasa porque necesitamos a los demás para vivir nuestra vida. Y aquí cada cual puede pensar en aquellas personas con las que ha hablado durante estos dos meses, para expresarles su cariño, para compartir miedos y agobios, para interesarse por ellas, para reír y pasar un buen rato ante la pantalla, etc. Pero también podemos recordar en aquellos que han luchado diariamente contra el virus o han seguido realizando su trabajo para garantizar que el país siguiera contando con los servicios mínimos. En el fondo, nos necesitamos como sociedad, a los de cerca y a los de lejos, porque somos más débiles de lo que nos pensamos.

En tercer lugar, creo que hemos experimentado también que esta debilidad tiene sus efectos en nosotros mismos. Y es que, creo que quien más o quien menos ha visto cómo, pese a sus ganas de trabajar o a la urgencia de las tareas, la productividad en este tiempo no era la misma que en circunstancias habituales. En ocasiones también nos encontrábamos cansados, irascibles, tristes o agobiados, sin un motivo aparente y sin poder poner una solución a ello. Esto nos ha hecho constatar que nuestra debilidad también pasa por la necesidad de salir, de pasar tiempos distendidos, de estar con los demás, de oxigenarnos, que contrastan con nuestra creencia de que con un poco de ánimo y organización, podemos con todo lo que nos echen encima. Así, este tiempo de confinamiento nos ha hecho experimentar que no somos dueños de nuestro estado de ánimo y también que necesitamos dedicar un tiempo al descanso y la gratuidad.

Tres aprendizajes distintos que tocan una misma esencia humana: la debilidad. Es decir, la experiencia de que no somos omnipotentes ni dueños de nuestra propia vida. Que hemos recibido la existencia de Dios, y por eso le necesitamos. Que debemos asumir nuestro lugar en la naturaleza, y por esta razón respetarla. Que necesitamos de los demás, y no solo ellos de nosotros, y por eso tenemos que cuidarlos. Y que no podemos controlar todas las variables de nuestra vida, ni nuestros sentimientos, y por ello tenemos también que cuidarnos. Tres aprendizajes para no olvidar, o al menos para recordar y llamar por su nombre, cada vez que la omnipotencia vuelva a instalarse o desmoronarse en nuestra vida.

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Mes de mayo, Esperanza Nuestra

El mes de mayo es un mes dedicado a la Virgen María. Un tiempo que coincide con la Pascua y en el que la Iglesia nos invita a mirar a Nuestra Señora, después de haber acompañado con Ella a Cristo en los momentos de su Pasión, Muerte y Resurrección. El mes de mayo es el momento en el que los cristianos nos volvemos especialmente a Nuestra Madre dirigiendo a Dios nuestra oración de alabanza y petición a través de Ella. Y también, mayo es un tiempo en el que podemos aprender y meditar sobre alguna de las muchas virtudes de la Virgen María, a la vez que le pedimos que nos haga parecernos cada vez más a Ella, para así poder llegar a alcanzar las promesas de su Hijo Jesucristo.

Precisamente por las circunstancias tan particulares que vivimos este año, merece la pena que dediquemos un tiempo a meditar sobre una virtud de Nuestra Señora que, no en vano es una de sus grandes advocaciones cofrades: la Esperanza. Y es que, pese a que nos encontremos casi en el ecuador de la Pascua, creo que este año todos nos sentimos un poco sumidos en una especia de Sábado Santo, en el que no acabamos de vislumbrar la luz refulgente de la mañana de Resurrección. Por ello, sin duda la Virgen de la Esperanza puede ayudarnos a vivir este tiempo, a la vez que se muestra dispuesta a protegernos y cobijarnos bajo su manto hasta el momento en el que pasen estos nubarrones que siguen acechándonos.

Para ello es necesario que consideremos cómo viviría Nuestra Madre aquel primer Sábado Santo de la historia. Probablemente en ella se entremezclarían dos sentimientos: el dolor y la esperanza. El dolor por la pérdida de su Hijo Jesucristo en unas condiciones tan dramáticas, y la esperanza en que, sin que ella supiera como, aquella historia no podía terminar en el sepulcro, puesto que la fe le hacía confiar en que Dios es más fuerte que la muerte. Un dolor que se traduciría en duda y miedo (que no están reñidas con la fe y la esperanza). Dudas sobre la llegada de aquel tercer día que su corazón ansiaba con todas sus fuerzas. Miedo de que los discípulos se dispersaran, de que la predicación y la entrega de su Hijo no llegaran a fructificar en testigos fuertes de su Evangelio. En el fondo, un dolor, un miedo y unas dudas semejantes a los que hoy sentimos nosotros. Dolor por la ausencia aquellos que nos han dejado y por los efectos situación económica que comenzamos a sufrir. Dudas sobre la llegada de esa ansiada “nueva normalidad” que no terminamos de ver clara. Y miedo de que esta pandemia no se encuentre erradicada del todo y volvamos a sentir sus latigazos, así como de que no podamos hacer frente a la crisis económica que se nos viene encima.

Pero, a diferencia del resto de discípulos, Nuestra Señora afrontó aquellos sentimientos de dolor, duda y miedo desde la esperanza que brotaba de su fe inquebrantable. Así, podemos imaginar que, durante aquel Sábado Santo, la Virgen María oraría intensamente a Dios, pidiéndole que le ayudara a entender todo aquello que estaba pasando y sobre todo a sobrellevarlo desde la fe. Y podemos imaginar que aquella fe y aquella esperanza harían que se acercara a los discípulos y a las santas mujeres, llevándoles también el ánimo y el consuelo que necesitaban. En definitiva, aquel Sábado Santo la fe y la esperanza de Nuestra Madre mantuvieron firme y congregada a la Iglesia en un momento clave y especialmente difícil.

Por ello, en este mes de mayo deberíamos mirar a Nuestra Señora y decirle desde lo más profundo de nuestro corazón: “¡Vida, dulzura, Esperanza Nuestra! A ti suspiramos gimiendo y llorando, vuelve a nosotros esos tus ojos misericordiosos y muéstranos a Jesús!” Con el deseo de que su fe y su esperanza iluminen este extraño Sábado Santo que estamos viviendo en plena Pascua. Estoy seguro de que Ella, con su amor de Madre y su esperanza de discípula nos ayudará a sobrellevar el dolor, el miedo y las dudas que hoy se albergan en nuestro interior. Y que, junto a Ella, de su mano y bajo su manto, lograremos por fin gozar de la luz pascual que, pese a todo lo que estamos viviendo, está alumbrando a nuestro mundo.

Hay motivos para llorar

Esta mañana soleada todos nos hemos despertado sabiendo que hoy, pese a que no lo parezca, es Domingo de Ramos. Hemos vencido nuestra pereza y nos hemos vestido de Domingo, estrenando algo, porque un día como hoy no se puede estar en ropa de andar por casa. Hemos cogido nuestra palma de papel o cartulina, o ese ramo de un tiesto de la casa, o del año pasado, y nos hemos sentado junto a la televisión para que el Papa Francisco, desde Roma nos lo bendijera. Después, todos hemos vivido con una intensidad inusitada la celebración de la Eucaristía, llenando con nuestra presencia el vacío y el silencio de la Basílica Vaticana. Al escuchar el relato de la Pasión y Muerte del Salvador, nos hemos acordado de todos los que hoy se asocian a su sufrimiento y a su entierro apresurado, y le hemos pedido a Dios que acoja a nuestros amigos y familiares que han partido estos días hacia su encuentro. Cuando ha terminado la Eucaristía hemos mirado por la ventana, y al ver el sol radiante hemos pensado “¡ya está!”. Porque, acabada la celebración no podemos hacer más que esperar a la retransmisión de las procesiones de otros años, o al momento en el que comiencen las Estaciones de Penitencia virtuales de muchas de nuestras hermandades y cofradías.

Y es que hoy es un día triste, presagio de lo que será toda la Semana Santa. Lo es para todo el mundo, pero quizá los cofrades hoy sentimos con más fuerza esa espada punzante del dolor que nos hace incluso derramar lágrimas, porque el momento que esperamos durante todo el año, va a tener que celebrarse de una manera diferente, sin duda más profunda e intensa, pero a la vez más triste. Pero ante este panorama, algunos sentimos vergüenza de llorar por algo así. Pensamos “¿Cómo voy a llorar por estar en casa un Domingo de Ramos, o por no poder salir en procesión, cuando hay gente que ha perdido a sus seres queridos?”. De hecho, no faltan los que, aprovechando esa tentación de juzgar los sentimientos de los demás, nos acusan a los cofrades de superficiales por sentirnos tristes y no poder reprimir lágrimas al ver nuestras calles vacías de palmas, túnicas y capirotes.

Pero hay motivos para llorar. En primer lugar, porque nadie es dueño de sus sentimientos, sino de lo que hace con ellos. Por ello, no podemos contener ni detener la tristeza que nos invade ¡qué más quisiéramos!, ni creo que debamos ahorrarnos las lágrimas. Eso sí, lo que podemos y debemos hacer es intentar evitar que la tristeza nos invada por completo y nos encierre en nosotros mismos, impidiéndonos ver todo el dolor que hay en el mundo.

En segundo lugar, porque nuestras lágrimas son solidarias con las de todos aquellos que han perdido algún ser querido estos días o tienen a alguien enfermo en el hospital. De hecho, muchos de nosotros hemos perdido también a gente cercana, y lloramos porque sabemos que no nos acompañarán físicamente más Semanas Santas.

Y, en tercer lugar, porque Cristo también lloró en estos días la muerte de su amigo Lázaro, el rechazo de Jerusalén, la agonía en Getsemaní y los dolores de su Pasión. Nuestras lágrimas de hoy se unen así a las suyas, mientras le escuchamos decir “no lloréis por mí, llorad por vosotros y por vuestros hijos”. Que en lenguaje cofrade vendría a decir “no lloréis por no poder acompañarme por las calles, porque yo os voy a acompañar a vosotros en vuestras casas. Llorad más bien por todos los que están enfermos y mueren, y por sus familiares, uniendo vuestra tristeza a la suya para así llevarles consuelo”.

En definitiva, este Domingo de Ramos es un día para llorar. Porque nuestro llanto cofrade desde casa es una plegaria que se une al dolor de nuestro mundo, y así se hace solidario con él. Pero, también es un día para ser fuertes y avanzar. Puesto que no podemos dejar que la tristeza y la añoranza nos paralicen y nos impidan ver más allá de nuestro ombligo, o no nos dejen celebrar los misterios que abrimos con la Entrada Triunfal de Jesús en Jerusalén. El coronavirus nos ha robado la presencia de muchos seres queridos, y también el poder salir a la calle y hacer nuestra Estación en Penitencia. Pero, lo que no podrá arrebatarnos es el misterio de nuestra fe, que vamos a celebrar desde casa en estos días.

La procesión de la Ayuda

La Procesión de la Ayuda es una iniciativa nacida de un grupo de jóvenes cofrades inquietos de Madrid, Palencia, Lorca, Alicante, Sevilla, Murcia, Córdoba, Elche y Segovia. Este grupo) sintió hace unos días el deseo de poder poner un granito de arena en esta crisis que estamos viviendo, haciéndolo como cofrades y sobre todo como cristianos. Con esta inquietud crearon un grupo de Whatsapp en el que comenzaron a expresar sus deseos de ser cirineos, y a pensar la manera de poder darle forma a esta idea. Así nació la idea de crear un cortejo procesional digital formado por hermanos pertenecientes a cofradías y hermandades de toda España, unidos por un único objetivo: la caridad. Pronto les vino a la cabeza el nombre con el que bautizar a todo esto: “La procesión de la Ayuda”, y el día para poder llevar a cabo esta iniciativa: el Domingo de Resurrección, por ser el día en que celebramos la resurrección de Cristo de entre los muertos, el centro de la fe cristiana.

Para participar en La Procesión de la Ayuda únicamente hace falta sacar tu papeleta de sitio por medio de una donación (la que cada cual estime oportuna) en la web https://www.migranodearena.org/reto/21610/la-procesion-de-la-ayuda. El plazo para retirar estas papeletas expirará el 12 de abril, Domingo de Resurrección, día en el que estos cofrades se han marcado el reto de alcanzar la cifra de 25.000 euros que serán entregados íntegramente a la caridad. En concreto, los donativos se entregarán al proyecto con el que Cáritas Española ayudará a los afectados del COVID-19: https://www.caritas.es/noticias/covid-19-caritas-presenta-una-bateria-de-propuestas-para-paliar-los-efectos-del-virus-en-las-personas-mas-vulnerables/ y también con los proyectos sociales de ayuda a la infancia de la Fundación Amoverse: https://fundacionamoverse.org/. Ambas asociaciones han acogido con entusiasmo la iniciativa y han manifestado su deseo de que en esta procesión virtual participen muchos nazarenos.

Texto de presentación del equipo

Somos un grupo de cofrades de toda España que han creído necesaria la puesta en marcha de un proyecto común a nivel nacional para ayudar a las familias cofrades y no cofrades más vulnerables y afectadas por esta pandemia. Las cofradías se definen como asociaciones de fieles con un gran labor caritativa y social, además de su intrínseco carácter fraternal, y aún conocedores de que en todas las ciudades españolas, las hermandades y cofradías están haciendo una labor esencial en la ayuda de fondos y compra de bienes esenciales, hemos querido ir un paso más y unir fuerzas, ¿qué mejor manera que formando la Procesión de la Ayuda, la procesión más grande vista nunca, la procesión donde todos estamos procesionando por los que más lo necesitan.

 

Texto de animación para los cofrades:

Alegra esa cara cofrade, esta Semana Santa no te vas a quedar sin Estación de Penitencia, esta Semana Santa tu Papeleta de Sitio cuenta. En estos momentos tan difíciles que estamos viviendo a consecuencia de esta terrible pandemia, nuestros hermanos nos necesitan, ¿por qué no procesionar por todos ellos?

 

Confinados pero unidos conseguiremos demostrar al mundo que los cofrades de toda España somos capaces de formar el cortejo más grande que jamás haya existido sin salir de nuestras casas, porque nosotros somos nazarenos solidarios que cambiamos nuestros hachones y costales, nuestras peinetas y cornetas por una Papeleta de sitio que ayuda a aquellos que tanto están sufriendo por esta crisis sanitaria.

 

¡Nazarenos, tomemos la Cruz del hermano que nos necesita! ¡Seamos Cirineos! La solidaridad hecha procesión, una misma ilusión que nos une para que los hermanos que hoy sufren, puedan sentirse orgullosos de ser cofrades, orgullosos de tener hermanos como tú. No pases de largo en este Calvario, ayuda a llevar las cruces de los que están en el suelo pidiéndonos ayuda, acompáñalo como Simón de Cirene lo hizo con Jesús.

 

Es la hora querido cofrade, viste tu corazón con el hábito de la solidaridad, toma tu papeleta de sitio, el Cortejo va a salir ya. ¿Vas a dejar pasar esta oportunidad? Colabora, ayuda, conviértete en un verdadero nazareno, conviértete en el un Cirineo.

 

Justificación religiosa del día elegido

 

El Domingo de Resurrección es el día de la alegría, puesto que en él celebramos la victoria de Cristo sobre la muerte, que es el centro de nuestra fe, y lo que alimenta nuestra esperanza. Es por ello que hemos elegido este día para celebrar la Procesión de la Ayuda, puesto que pensamos que, en un momento en el que todo se ha cubierto de tristeza y soledad, los cristianos debemos poner nuestra mirada en Cristo Resucitado. Por eso hoy vamos a salir a acompañarle por las calles en esta procesión virtual, contando además con la presencia de María, nuestra Madre y nuestro modelo de fe. Con este gesto queremos expresar que todos los que creemos en Él nos sentimos hermanos, seamos de donde seamos, pertenezcamos a una cofradía u otra, estemos lejos o cerca. A todos nos convoca la fe en su resurrección, y la doble esperanza en que un día todo esto acabará y también en que nuestros difuntos ya están junto a Él. Pero, junto a la fe y la esperanza, en este cortejo de Resurrección no puede faltar la caridad. Ésta se expresa en la aportación con la que cada uno de nosotros ha contribuido con su papeleta de sitio. Juntas, constituirán una ayuda importante para aquellas personas que están ya sufriendo los efectos de esta pandemia en sus hogares. Pero, al igual que toda procesión no puede quedarse en un acto bonito, sino que debe ser expresión de nuestra fe, la participación en la Procesión de la Ayuda no puede quedarse solo en un gesto fraterno o en una aportación económica. Sino que, más bien debe de ser el símbolo de nuestra disposición a ayudar de ahora en adelante a las personas que necesiten de nuestra ayuda, y a saber encontrar a Cristo en ellas. Sólo así nuestro cortejo procesional digital tendrá un sentido profundo, y hará realidad este gesto que hemos querido expresar con nuestra aportación.

 

Modo de participar

 

Es muy sencillo. Sólo tienes que indicarnos qué tipo de Papeleta de Sitio quieres sacar, esta Hermandad de Hermandades, en donde las filas de nazarenos están todas a la misma distancia del Señor y de Nuestra Madre.

 

  1. Entra en la web migranodearena (LINK) y elige el donativo que quieres realizar. La cantidad puede ser visible o anónima, tú eliges.
  2. Selecciona qué tipo de participación tendrás en el Cortejo indicándose en los COMENTARIOS de tu donativo. Las Papeletas de Sitio disponibles son: Nazareno, Dama de mantilla, Acólito, Costalero, Músico de Banda de CCyTT y Músico de Agrupación.
  3. Recibirás tu Papeleta de Sitio personalizada a tu correo electrónico,¡ya puedes descargarla!

 

 

Cuando te llegue tu Papeleta no olvides compartirla en tus RRSS etiquetando a esta procesión solidaria tan especial en los siguientes perfiles sociales: @laprocesiondelaayuda (IG) La procesión de la ayuda (Facebook). ¡Entre todos conseguiremos hacer esta Procesión tan grande como la ayuda que necesitan los más necesitados!

 

Saca tu papeleta de sitio, con tu corazón nazareno conseguirás que este año tu Estación de Penitencia interior, llegue transformada en el mayor cortejo solidario.

¡Cada Papeleta de sitio cuenta! ¡Colabora!

 

¿Dónde irán destinados los donativos?

 

Ante la situación de extrema necesidad en la que muchas familias cofrades y no cofrades están en esta crisis sanitaria, y lo mucho que por desgracia está por llegar, hemos querido colaborar con dos asociaciones de suma importancia a nivel nacional en las que todos nos sentimos identificados, dos grandes tronos que poder llevar este año: Cáritas Nacional y la Fundación Amoverse.

 

Cáritas ante el coronavirus: cada gesto cuenta

 

Nos hemos querido sumar a esta gran campaña porque consideramos que cada Papeleta de Sitio, cada cofrade colaborando, cuenta y mucho. En el marco de esta campaña nacional de solidaridad que lanzó hace una semana Cáritas, se pretende recabar apoyo económico a los programas de ayuda urgente que las 70 Cáritas Diocesanas de toda España han puesto en marcha para atender a las personas más vulnerables ante el Covid-19. Los cofrades como miembros de nuestra Iglesia diocesana en particular, y en unión con todos los católicos españoles, creemos quesque es necesario que nos sumemos a esta gran campaña comunitaria de solidaridad para que esta crisis afecte a nuestras familias de la menor manera posible.

 

Más información en:

https://www.caritas.es/

https://www.caritas.es/emergencias/caritas-ante-el-coronavirus/?utm_source=web&utm_medium=banner&utm_campaign=covid19&utm_content=home

 

Fundación Amoverse – Jesuitas social

 

La Procesión de la ayuda también ha querido estar al lado de los más vulnerables, los niños, por eso parte de los donativos irán destinados a la Fundación Amoverse ya que desarrolla una intervención socioeducativa integral con niños, niñas, adolescentes y  sus familias, desde un enfoque de prevención, a través de una educación no -formal, ocio y tiempo libre, así como acompañamiento personal y académico. Los cofrades debemos colaborar con la transformación social, y no hay mejor forma que a través de la Fundación Amoverse, una fundación que acompaña a niños y adolescentes en situación de vulnerabilidad social a seguir creciendo a nivel personal, familiar y profesional, así como a promover su dignificación y su integración en la sociedad.

Más información en:

https://fundacionamoverse.org/