El simbolismo del misterio de la Resurrección

Las lágrimas derramadas por la Virgen desde el Domingo de Ramos hasta el Sábado Santo desaparecen por completo al encenderse el Cirio Pascual.

La Virgen de la Hermandad de la Resurrección porta en sus manos una Rosa unida al Domingo Laetare, que siendo símbolo del florecimiento del plan de Dios, anuncia con su júbilo una nueva Aurora en nuestras vidas. Un nuevo amanecer que nos trae la victoria de la luz sobre la oscuridad, de la vida sobre la muerte.

El Cirio Pascual hace cumplir la profecía del Santo Simeón cuando dice a la la Virgen: “este niño está puesto para ser luz del mundo, para alumbrar a las naciones”. Ese cirio abre caminos de luz entre las tinieblas del mundo y nos recuerda las propias palabras de Jesús: “Yo soy la luz del mundo, nadie va al Padre, sino por mi”.

Y no nos puede pasar desapercibido el Ángel Anunciador que se dirige a las mujeres diciendo “No busquéis entre los muertos al que vive, no está aquí, ha resucitado”. Los ángeles que vemos a menudo poblar pasos procesionales o enseres diversos en nuestras hermandades y cofradías se antojan fundamentales.

Son los auténticos MENSAJEROS DEL EVANGELIO. Han estado siempre presente en la historia de la Cristiandad: en la Encarnación, en la Anunciación a los Pastores, en el Huerto de Getsemaní y finalmente en el sepulcro para anunciarnos siempre la Buena Noticia de la Salvación.

Finalmente la Sábana Santa y el sudario nos remiten a San Juan, a la tradición judía y a la Parusía o segunda venida glorosa del Señor. Pero esa es otra historia sobre el final de los tiempos que por su dimensión merece ser contada detenidamente en otro momento.

Sevilla y la Esperanza: la ciudad en espera

Los dones que Dios otorga a la inteligencia y a la voluntad de los hombres con el fin de dirigir sus acciones hacia él mismo, son considerados por la Iglesia Católica como las «Virtudes Teologales». Éstas se establecen en tres: Fe, Esperanza y Caridad. Virtudes que Dios nos entrega al recibir el sacramento del Bautismo y que son citadas a menudo en el Nuevo Testamento, particularmente en la primera Carta de San Pablo a los Corintios.

Artísticamente, dada su importancia, las Virtudes Teologales han sido representadas a lo largo de la historia de manera muy profusa tanto en la pintura como en la escultura a través de alegorías, es decir, mediante conceptos abstractos que se valen de los símbolos para representar esos valores o virtudes.

Desde un punto de vista, meramente, iconográfico, la virtud de la Esperanza, que se representa como una joven vestida de verde sosteniendo un ancla, queda recogida en las advocaciones de cuatro vírgenes dolorosas de Sevilla. A decir, Nuestra Señora de Gracia y Esperanza (Hdad. de San Roque), Nuestra Señora de la Esperanza Macarena, Nuestra Señora de la Esperanza (Hdad. de la Esperanza de Triana), Nuestra Señora de la Esperanza (Hdad. de la Trinidad) y Nuestra Señora de la Esperanza Reina de los Mártires( Hdad. del Juncal).

Formalmente, el ancla no deja de ser un elemento náutico que sirve para fijar la posición de un barco en alta mar sin preocupación de que las corrientes o la fuerza de las olas lo puedan hacer zozobrar. Por lógica transportación, la simbología del áncora o ancla es una alegoría de la esperanza o la salvación, siendo el ancla es símbolo de firmeza, solidez y seguridad en medio de un mar agitado. La utilización del ancla en el Cristianismo se relaciona con la cita bíblica recogida en una de las cartas a los Hebreos, donde se hace alusión a las promesas de Dios en Jesucristo como esperanza de los cristianos, de la siguiente manera: “…asiéndonos a la esperanza propuesta, que nosotros tenemos como segura y sólida ancla de nuestra alma”.

Conjuntamente con las otras dos virtudes teologales, la Esperanza aparece iconográficamente representada en el llamador del paso de palio de Nuestra Señora de las Mercedes (Hdad. de Santa Genoveva) y en la gloria que preside el techo se palio de Nuestra Señora de la Esperanza Macarena.

Al tiempo, las tres Virtudes Teologales quedan representadas por separado en los varales del paso de palio de María Santísima de la Amargura (Hdad. de la Amargura), en la canastilla del paso de misterio de la Redención (Hermandad del Besos de Judas) y Jesús de la Pasión (Hermandad de Pasión), los respiraderos y tres de los basamentos de los varales del paso de palio de Nuestra Señora de la Palma (Hdad. del Buen Fin), en los basamentos de los varales maestros del palio de Nuestra Señora de la Esperanza de Triana y en los basamentos de los candelabros de cola del palio de Ntra. Sra. de la Trinidad (Hermandad de la Trinidad), entre otros muchos pasos procesionales. Simbólicamente, a Nuestra Señora de la O la consideramos una advocación de la Esperanza – la quinta Esperanza de Sevilla-, remitiendo su advocación a la festividad de la Expectación que la Iglesia Católica celebra cada 18 de diciembre.

Llama por tanto, poderosamente, la atención, que una imagen no advocada como Esperanza, sea considerada así y ello tiene una explicación teológica que conviene detallar. Y es que teológicamente esperar al Señor copa el tema principal del tiempo de Adviento que precede a la gran fiesta de Navidad.

La liturgia de este período está llena de deseos de la venida del Salvador y recoge los sentimientos de expectación. Históricamente, desde el siglo XVII, la Iglesia Católica se vale de la advocación de “La O” para referirse a una Virgen María expectante para el parto o en estado de buena esperanza, a escasos siete días para dar a luz. Así, desde el X Concilio de Toledo en el año 656, a la Festividad Litúrgica de la Esperanza se le llamaba “Festividad de Santa María de la O”4 , pues después de rezar la oración de la tarde o vísperas, el coro sostenía en sus voces una larga “O”, en símbolo de la expectación cristiana por la llegada del Hijo de Dios. Desde ese siglo VII, serán siete antífonas las que se canten durante los siete días de espera al parto en el rezo de las vísperas a la caída de la tarde, llamadas “Antífonas Mayores” o “Antífonas de la O”.5

Formalmente cada antífona se iniciaba con la exclamación “Oh”, a la que seguía un título mesiánico del Antiguo Testamento, siendo las invocaciones las que siguen: O Sapientia (Sabiduría), O Adonai (Señor poderoso), O Radix (raíz – padre de David), O Clavis (Llave de David que abre y cierra), O Oriens (Oriente, sol y luz), O Rex (Cristo Rey), O Enmanuel (Dios con nosotros).

El sentido simbólico es la insistencia de quienes rezan o cantan esos rezos de víspera mediante el “Oh” en la espera y el asombro por la llegada inminente del Salvador del mundo. Desde un punto de vista más iconográfico, la redondez propia de las embarazadas hizo que los artistas llamaran a la Virgen en espera del parto como Virgen de la O, lo que queda replicado en Sevilla en la imagen de la Divina Enfermera.

Finalmente, la advocación relacionada con el parto de la Santísima Virgen queda reflejadas en las advocaciones de gloria de Nuestra Señora de la Esperanza de Santiago, Nuestra Señora de la Esperanza de San Buenaventura, Nuestra Señora de la Esperanza de San Clemente, Nuestra Señora de la Esperanza de Santa Clara, Nuestra Señora de la Esperanza del Pozo Santo, la Virgen de la Esperanza y Alegría (Barriada de las Naciones) y Nuestra Señora del Buen Alumbramiento de la Parroquia de San Benito Abad.

 

Pablo Borrallo
Doctor en Historia

El simbolismo del misterio de la Resurrección

Las lágrimas derramadas por la Virgen desde el Domingo de Ramos hasta el Sábado Santo desaparecen por completo al encenderse el Cirio Pascual.

La Virgen de la Hermandad de la Resurrección porta en sus manos una Rosa unida al Domingo Laetare, que siendo símbolo del florecimiento del plan de Dios, anuncia con su júbilo una nueva Aurora en nuestras vidas. Un nuevo amanecer que nos trae la victoria de la luz sobre la oscuridad, de la vida sobre la muerte.

El Cirio Pascual hace cumplir la profecía del Santo Simeón cuando dice a la la Virgen: “este niño está puesto para ser luz del mundo, para alumbrar a las naciones”. Ese cirio abre caminos de luz entre las tinieblas del mundo y nos recuerda las propias palabras de Jesús: “Yo soy la luz del mundo, nadie va al Padre, sino por mi”.

Y no nos puede pasar desapercibido el Ángel Anunciador que se dirige a las mujeres diciendo “No busquéis entre los muertos al que vive, no está aquí, ha resucitado”. Los ángeles que vemos a menudo poblar pasos procesionales o enseres diversos en nuestras hermandades y cofradías se antojan fundamentales.

Son los auténticos MENSAJEROS DEL EVANGELIO. Han estado siempre presente en la historia de la Cristiandad: en la Encarnación, en la Anunciación a los Pastores, en el Huerto de Getsemaní y finalmente en el sepulcro para anunciarnos siempre la Buena Noticia de la Salvación.

Finalmente la Sábana Santa y el sudario nos remiten a San Juan, a la tradición judía y a la Parusía o segunda venida glorosa del Señor. Pero esa es otra historia sobre el final de los tiempos que por su dimensión merece ser contada detenidamente en otro momento.

Una hermosa ilusión

Un aire luctuoso y melancólico recorre el cielo hispalense esta tarde de Sábado Santo. Alfa y omega, principio y fin de un sueño del que Sevilla a su manera se niega a despertar. Sábado Santo de desenlace de la función. La catequética, evangelizadora y artística teatralización de la Pasión, Muerte y Resurrección de Cristo va a llegar a su fin. Consumatum est. Los corazones sevillanos se quedan apretados en un puño cuando vemos caer de nuevo, aunque este año de una forma particular, el telón del rito. Ese rito que marca el fin de esos áureos días, que ahora más que nunca clavan en nuestra alma los resplandores fugaces de lo que pudo ser y no fue.

A pesar de todo ha sido una Semana Santa intensa, donde nuestra ilusión de niños del Domingo de Ramos ha sido puesta en jaque por esa testarudez de la dura realidad en desnudar nuestras expectativas. Al niño se le rompió el juguete y a Sevilla se le rajó el velo de su sueño anual, ese velo que cada año se raja en el corazón de los sevillanos cuando el Gitano de la Cava expira su último aliento por el puente de la eternidad en el instante supremo del Viernes Santo.

Este Sábado Santo pasará a ser más que nunca historia viva de Sevilla. Sin embargo en nuestro recuerdo se hacen presente evocadores recuerdos de esa etérea ilusión de siete días que se evapora ante nosotros en un abrir y cerrar de ojos. Esta atípica tarde de Sábado Santo confirma de nuevo en nuestra memoria el colofón de la Pasión según la Tierra de María Santísima, pero nuestra Fe hará que todo cobre sentido: Jesús ha muerto para que vivamos para siempre. Igual que Cristo muere para resucitar, nosotros en nuestro confinamiento estamos muriendo de otra forma para resucitar a esa vida cotidiana que esperamos tanto como el Reino de los Cielos.

Esta tarde vuelve a ser Sábado Santo y en nuestros sueños, túnicas negras y blancas romperán caminos de luz hacia San Lorenzo a la Soledad, que al pie de la cruz, arrasada en lágrimas de dolor, de recogida y más en silencio que nunca, irá recortando la nostalgia por los días que se van. Pálida y desconsolada, sin dilación alguna y como si prisa tuviese, la Señora de San Lorenzo pondrá el epílogo a otra Semana Santa que tristemente ya forma parte del pasado. La plenitud del triunfo redentor de Cristo será de nuevo el motivo donde agarrarse para sobrellevar las desgarradora soledad de otro año más de espera. Con la Soledad se muere una ilusión, pero simbólicamente nace a la vida otra… el comienzo de la cuenta atrás.

Por eso ahora más que nunca dejo esta reflexión como saeta a la Soledad mientras se recoge en San Lorenzo con los faroles llorando lágrimas de cera: ¿Muere un sueño con la Soledad o con Ella comienza uno nuevo?. Al fin y al cabo, la Semana Santa de Sevilla es un sueño y los sueños siempre son sueños.

¿Qué es exactamente el Sagrado Decreto?

La Hermandad de la Trinidad hace gala de una auténtica catequesis visual con su paso de misterio del Sagrado Decreto, quizás el más difícil de explicar de la Semana Santa de Sevilla.

Un paso donde Dios “Decreta” enviar a su Hijo para redención de los pecados y salvación del mundo. Jesús, a la diestra del Padre, aparece soportando sobre su hombro la cruz que está dispuesto a cargar, mientras se dispone a recibir en su pecho una flecha de amor que cual si fuera “Cupido” le lanza desde la delantera del paso un ángel que es símbolo del Amor Divino.

Timbra la escena central una Paloma, símbolo del Espíritu Santo y tercera persona de la Trinidad. Rodean el trono celestial los Padres de la Iglesia: San Gregorio, San Ambrosio, San Agustín y San Jerónimo, de cuya sabiduría se vale la Santa Iglesia para explicar el plan de Dios.

Cierran el misterio San Miguel matando al demonio, la alegoría ciega de la Fe, y una mujer dormida -alegoría de la Iglesia- que situada bajo ese costado derecho de Cristo del que emana agua, es símbolo de que es el Sacramento del Bautismo el nos acerca a Dios por medio del Espíritu Santo.

¿Pero por qué llamarlo Sagrado Decreto? La explicación escriturística y consiguiente respuesta la hayamos en una de las cartas del apóstol San Pablo a los Colosenses (Col.2:14), donde se dice que Jesús con su sacrificio «borró el Decreto que nos condenaba con sus cláusulas y era contrario a nosotros, lo quitó de en medio y lo elevó a la cruz».

Jesucristo, por tanto, borró el registro de nuestras deudas por el pecado original, es decir, ese Decreto que registraba la muerte por nuestros pecados, lo elevó a la cruz y lo borró para siempre.

(Del libro “Iconografía de la Semana Santa de Sevilla”)