Fernando Vaquero: ‘Con cada obra que creo aprendo siempre algo nuevo’

El día 25 de febrero tendrá lugar la presentación del Cartel de la Semana Santa de Sevilla Cinturón de Esparto 2022. Una obra del artista Fernando Vaquero que verá la luz, tras la cancelación del pasado año impuesta por la pandemia. Será sin duda un acto muy emotivo que comenzará a las 21:00 horas en la Iglesia Conventual del Santo Ángel.

 

Ante todo, ¿qué ha supuesto para ti este compás de ausencias, de luces, de Semana Santa?

Diría que ha supuesto una revisión tanto estética como espiritual. Puede sonar muy raro esto que voy a decir pero a nivel artístico, a nivel de generación de ideas y a nivel compositivo el hecho de la “ausencia ” de nuestra Semana Mayor, el anhelo de la misma, el obligarte a mirar lo que fuimos, lo que teníamos y a veces no valorábamos ha sido bastante inspirador, durante la pandemia he producido alguna de mis obras mas exitosas como la de Santa Genoveva o la reciente de los Negritos.

 

Han pasado días y meses e incluso años desde aquel nombramiento como nuestro cartelista. ¿Qué ha cambiado en Fernando Vaquero durante todo este tiempo?

Creo que mi obra ha experimentado cierta progresión, una evolución debida sobre todo a la cantidad de encargos que a pesar de la pandemia no han dejado de sucederse, esto te obliga a reinventarte, a esforzarte y concentrarte aun mas debido a la falta de tiempo y evidentemente esto redunda en que, poco a poco, vas haciendo oficio y lo que antes tardabas muchos meses en resolver ahora (si todo va bien) lo resuelves en menos tiempo. Esta progresión la he notado sobre todo a nivel compositivo y de generación de ideas .

 

¿Cuál ha sido la labor pictórica, el trabajo de Vaquero, durante todos estos meses?

Gracias a Dios ha sido un no parar, la gente conoce mis carteles pero desconoce que aparte de esto también realizo encargos particulares que no se ven, no obstante algunos de éstos han salido a la luz debido a que se han expuesto en alguna exposición o que han sido sus propietarios los que las han difundido como el Gran Poder que se expuso hace poco en el Labradores, el cuadro “El esclavo de Velazquez” o el del Nazareno de Huelva. Sin entrar aun en el tema cartelístico estoy realizando ahora la Gloria del Palio de la Hermandad de la Expiración de Cadiz y algunos otros de los que aun no puedo hablar.

A nivel de cartelería durante esta pandemia (aparte del vuestro) he producido carteles como los ya mencionados de Santa Genoveva o los Negritos, el cartel de la Semana Santa de Ronda, el del 75 aniversario del Silencio de Almería, el del aniversario de la Agrupación de Cofradías también de Almería, 50 aniversario del Yacente de Coria del Rio, 75 años de la Borriquilla de Jaen y Semana Santa de Loja 2022, la semana que viene presento otro de los carteles que junto con el vuestro se quedaron en la reserva debido al COVID: el de la Hermandad del Amor de Málaga , casi en la misma semana se presentará mi primer cartel para la gran pantalla el cual me hace muchísima ilusión , se trata de la película “Los Negros” que se estrenará el 25 de marzo en todos los cines de España, vendrá luego el cartel de Junio Eucarístico del Consejo y mas adelante el de la patrona de Ceuta Santa María de África

¿Ha variado la idea que tenía proyectada para nuestro cartel? ¿O se mantiene firme tal y como la concibió?

Si bien es cierto que mi obra está siempre en continua evolución y que a día de hoy debido a esto que acabo de mencionar posiblemente hubiera hecho algo distinto he querido ser fiel a aquella idea primigenia. El cartel de Cinturón de Esparto quedó a medio pintar en mi estudio cuando todo esto se paró y lo único que he hecho estos meses ha sido concluirlo respetando escrupulosamente el boceto inicial.

 

¿Qué supone pintar para un medio de comunicación que quiere anunciar de esta manera la Semana Santa? ¿Permite este formato mayor libertad de temática o de ideas?

Para mi supone en primer lugar una enorme satisfacción ya que los que te hacen este encargo son profesionales de este sector, gente preparada, cofrade y muy conocedora de la Semana Santa que dedica su tiempo y esfuerzo a difundirla y ponerla en valor. En cuanto a la mayor o menor libertad que me preguntas te respondería que depende: en el caso de Cinturón de Esparto me habéis dado total libertad creativa lo cual es muy de agradecer pues entiendo que solo así puedes llegar a una obra con la que seas 100 % tú. Cosa que ocurre con menos intensidad cuando te dejan muy marcadas las directrices o titulares que debes de pintar en un cartel.

 

¿De qué modo se han comportado las hermandades en tiempos de apreturas económicas?

Sinceramente, y hablo a nivel particular, no he visto cambios a nivel de encargos entre estos tiempos y los anteriores a la pandemia, es mas, me atrevería a decir que incluso han crecido en número

 

¿Puede verse mermada la calidad del arte por esta cuestión?

Ya te digo que en mi caso no he visto cambios en cuanto a número de encargos o valor económico de los mismos, pero respondiendo a tu pregunta te diría que ya no es tanto una cuestión de relación calidad-precio, cada uno se marca las metas a las que quiere llegar, yo en mi caso siempre pinto una obra intentando mejorar la anterior, hay veces que lo consigo y otras no, pero mi intención siempre es esa : prefiero siempre rechazar un encargo antes que bajar la calidad artística .

¿Cuál es la postura de los pintores y cartelistas al respecto? O, al menos, cuál debería ser…

Hay que dejar claro que el ser artista es una profesión, nosotros como cualquier otro profesional debemos pagar nuestra cuota de autónomos, nuestros materiales, luz, agua, local etc … lo que viene siendo vivir… eso no quita que en contadas ocasiones de tu carrera puedas hacer donaciones benéficas o un regalo puntual, pero el grueso de tu producción tienes que cobrarlo si o si, no puedes vivir solo de hacer obras no retribuidas únicamente para conseguir promoción.

 

En general, ¿qué situación atraviesa ahora mismo el arte cofradiero, la cartelería y el lienzo, en este, esperemos, tramo final de la pandemia?

Atravesamos un buen momento a nivel cartelístico con artistas muy creativos y lo mas importante, con estilos diferentes unos de otros, esto le da a la entidad que quiere encargar un cartel una amplia variedad de estilos entre los que elegir.

 

¿Cambiará el estilo de Vaquero tras esta pandemia? ¿Hay algo que le haya marcado especialmente y quiera verter en su obra?

Considero que mi estilo sigue siendo el mismo, he ido haciendo oficio a base de horas, he seguido formándome e investigando, con cada obra que creo aprendo siempre algo nuevo, todo esto hace hace que la pintura evolucione. Algo ha cambiado en nosotros seguro y quien diga lo contrario miente. Ha sido un cambio sobre todo espiritual que al final aunque tu no quieras a la hora de componer parte de esa melancolía impregna la obra

 

¿Cómo encara Fernando Vaquero esta próxima Semana Santa?

Con mucha ilusión, estoy deseando coger a mi niña de tres años y enseñarle esa “Sevilla en Semana Santa” que aun no ha podido conocer.

Adoración de luz. Un nuevo año ha comenzado

A estas horas las calles son solo un refugio del silencio. Quizás nunca los segundos laten tan despacio. Nadie los necesita. Todo es un decorado imperfecto, complejo, que descansa sobre sí mismo. En estos días la multitud destroza con el vaivén del estrépito el entorno cansado y maltratado por los artificios. Un remanso de paz para las aceras. Agotan su altruismo y su desvivir por los demás. Parece que hoy, esta noche, por fin viven, y solo las casas acogen los reencuentros y las celebraciones.

En la plaza, sin embargo, nada duele. Todo es caricia, tacto, beso, aire. Respira sobre sus cimientos milenarios. Acostumbrada al trasiego de las inocencias, las infancias y los nervios, encuentra en esta medianoche absorta una vía de escape. Es cierto que ella no se entiende sin nadie (vacía), pero ahora es realmente hermosa. Nos atreveríamos a decir que su fachada se asemeja a los pinceles de Bacarisas: oscura pero cálida en su centro mismo.

Y es que en estos segundos, candentes y pausados como si se desmayaran en una clepsidra, la plaza se prepara para el ritual tan íntimo que no podemos desnudar ni con palabras. Todo ha cambiado para siempre. De lo contrario, moriría, y no pudiéramos permitirlo. De una esquina nace una luz tenue como una caricia de abril. La luz no habla. Nunca habla, pero te resuelve dudas, te condiciona, te transforma, te recuerda, te avisa, te hace. O tú te haces a ella.

La luz siempre es la misma, pero nosotros jamás seremos tales. Ha irrumpido con fuerza la madrugada y las costuras del alba se deshacen en la tela líquida de los cielos. La plaza ha engendrado la semilla del año nuevo, del año viejo, del año que nunca será y que siempre fue. Todo alrededor te asalta a los ojos. La música de la luz envuelve el milagro.

En aquella esquina nació la luz. Ya creció, e irradia con fuerza de majestades imperiales. Ya nació, a su vez, la ilusión de quien vuelve a venir en el día en el que estrenamos como una vida, como quien estrena un siglo. La luz es un imán y el rito se ha consumado.

A lo lejos, sobre la hojarasca yerma de la plaza, Dios nos sobresalta. Y nos saluda, y nos acompaña, y nos resuelve. San Lorenzo estrena a Jesús del Gran Poder. Y en sus manos, y sus ojos, y su cruz, Sevilla.

¡¡Feliz 2022!!

220 niños de familias desfavorecidas recibirán regalos gracias a los Donantes de Ilusión de la Soledad de Alcalá del Río

Los soleanos de Alcalá del Río vuelven un año más a ser los Reyes Magos que hagan llegar la ilusión a los pequeños que más la necesitan el próximo día 5 de enero. La Diputación de Caridad de la Hermandad de la Soledad ha llevado a cabo la campaña de Donantes de Ilusión, que ha superado considerablemente las cifras del año anterior.

Así, en esta ocasión han sido 220 niños y niñas los apadrinados, 70 más que el pasado 5 de enero. En total serán 147 familias las beneficiarias de la generosidad de los Donantes de Ilusión – 55 más que en la anterior campaña–.

Esta iniciativa se lleva a cabo, como en años anteriores, en colaboración con las Hijas de la Caridad de San Vicente de Paúl de Sevilla. La congregación facilita tantos expedientes como donantes inscritos – donde consta el número de menores que integran la unidad familiar y las edades de los mismos –. Los donantes soleanos – de forma individual, por familias o en grupo – se hacen cargo de un expediente, entregando bien juguetes nuevos apropiados para las edades de los apadrinados o aportando una donación económica con la que la Diputación de Caridad se encarga de comprar los presentes.

Entre las donaciones materiales y económicas – que han ascendido a 316 euros – la Hermandad de la Soledad ha hecho entrega este sábado de 223 juguetes a las Hijas de la Caridad, envueltos y clasificados para facilitar la entrega a los pequeños el día de Reyes. La congregación será la encargada de ejercer de Reyes Magos, para entregar los presentes a las familias desfavorecidas.

Este año han sido 132 los donantes – incluyendo familias y grupos la Juventud Cofrade, Colonias, Niños del Costal y los grupos organizadores de las estrellas en la Santa Misión –. Cifra que también supone un incremento respecto a la campaña de 2020 / 2021, cuando fueron 100 los Donantes de Ilusión.

Este proyecto se sustenta, por tanto, en la generosidad de los soleanos, quienes de forma voluntaria y anónima colaboran para que la ilusión y la felicidad llegue a todos los niños por quinto año consecutivo. Igualmente, el trabajo y la dedicación de las voluntarias de la Diputación de Caridad han sido imprescindibles para que un año más no queden niños sin regalos en una fecha tan especial.

La campaña de Donantes de Ilusión vuelve a poner de relieve la solidaridad de los soleanos de Alcalá del Río, quienes a través de la Diputación de Caridad canalizan una gran labor asistencial. Además de este proyecto, cada año se entregan más de 5 toneladas de alimentos no perecederos a Cáritas Parroquial de Alcalá del Río, aportados mes a mes por los Donantes de Alimentos, casi 3 toneladas de ropa en buen estado de uso, debidamente clasificada y organizada, desde el Ropero Solidario, y múltiples ayudas de emergencia, así como la colaboración con distintas iniciativas benéficas y el apadrinamiento de niños en Santa Cruz del Quiché (Guatemala). En esta localidad, y a través de las hermanas Bethlemitas, la Hermandad lleva a cabo una importante obra social, donde se ha construido un colegio, un dispensario médico y un oratorio – presidido por un retablo cerámico de nuestros titulares –.

En este año 2021, y como obra social por el XXV Aniversario de la Coronación Canónica de Nuestra Señora de los Dolores en su Soledad, la Hermandad ha sufragado el pago del profesorado del centro educativo de la obra social de Santa Cruz del Quiché. También como parte de la labor asistencial del aniversario, se ha sufragado el mobiliario y el equipamiento para las salas de fisioterapia, logopedia y apoyo pedagógico del nuevo Centro TAS de Alcalá del Río.

Tercera Misión

Sobre este pedestal tan familiar y honrado, como la mano obrera que levanta, encallecida y afanosa, un hogar y una techumbre, he contemplado de nuevo a esa ciudad que en su tiempo conocí. En comparación al resto de mi vida (de la que apenas recuerdo ya una lejana infancia y mi difusa adolescencia), sesenta años no son nada, un solo grano de café en las inmensidades andinas, una gota en el aire muerto de la catarata, una uva diminuta que acaricia de púrpuras la tierra… Permanecen invariables los pespuntes llagados de las fachadas, firmes como soldados que abrigan balas en sus pechos; el asfaltado joven peina grietas en sus negras cabelleras y amarillean los rojizos de los tejados. Aquellas mismas golondrinas anidan en los aleros contrahechos, y la misma mujer pide (a mí y a todos vosotros) el calor de una familia que nunca les ha existido, una conversación amiga para los presos en la cárcel donde trabaja.

Sin embargo, tras cada cicatriz en el rostro y en cada gesto torcido y débil, se adivinan márgenes para la certeza y la mano tendida. En la profundidad incolora de este bosque incierto, denso de incertidumbres, de bloques y de cuentas que no salen, los claros se abrirán a base de machetazos de recuerdos, con visitas que no encuentren motivos solamente por la mía. La mía pasará. Para ellos, para estos vecinos, cualquier acto que les demostréis convalida felicidad y agradecimiento. Mi visita, esta visita que solo volverán a conocer generaciones futuras, forma parte intrínseca de mi deber, es cada una de las letras de la Palabra que pretendo sembrar desde hace dos mil años. Este mensaje, en cambio, traspasa los casquillos de esta cruz hermana, esta cruz que nació conmigo y que es la cruz tronchada de estos barrios. Este papel en blanco se firmará con vuestras resoluciones desinteresadas y sinceras en su propósito; se rubricará con esa conciencia intranquila e incómoda que (necesaria herramienta que nos diferencia) nos levanta y nos echa a andar.

El cielo ha demudado su ancha frente de azules marítimos y se ha convertido en una buhardilla polvorienta y gris en las alturas de mi casa. Conozco este cielo, estas nubes que tachan, sin piedad, de amenazantes y son también propias, soñadas y deseadas. Claro que llovía en Galilea, y tuve que caminar entre el lodo húmedo y salteado de ramajes, piedras y astillas, como vosotros hacéis ahora. Bajo las capas de barro subyace la tierra hoy ahogada, mañana fértil; bajo la cúpula del silencio del gobernante y la desidia de administraciones intangibles están vuestros hermanos, gritando sorda y quedamente. Habéis venido a escucharles, no solo a acompañarme. Aliviad la cruz de aquel que la porta en el pecho: con la mía yo me basto.

Adiós, calles ardientes en nombres y en causas. Porque de la candela al volcán no se encuentran diferencias: regreso ardido, sobre una alfombra de brasas que no puedo ignorar. Además, no existe otro sendero. Mi misión en estas plazuelas era establecer epicentros de futuros, terremotos de esperanzas y avalanchas de panes.

-“¡Qué pena que ya no vuelvas a pasar por aquí otra vez, miarma!”

¡Una voz! ¡Oigo la voz de quien me exige, me replica y me ama! ¡Oigo las gargantas entre los árboles, tapiadas tras los portales y destrozando la baja frontera de los tejados! ¡Escucho, al fin, a la ciudad en la ciudad! ¡Hablad, habladme! ¡Luchad por un siempre distinto! ¡Que siempre haya oportunidad para alcanzar horizontes que os pertenecen!

Dejad que ahora me detenga en vuestros ojos fieles e inflexibles, que os apriete el corazón con mis manos desvencijadas y quebradas: compartid conmigo este nombre prodigado por la Tierra, que bordea los confines naturales y celestiales. Escuchad lo que yo escucho, dirigíos hacia donde camino.

Hoy, yo solo, no Puedo.

 

En los Tres Barrios, a treinta de octubre de 2021.

Segunda Misión

Quién sabe cómo, cuándo y por qué alcanzaron estos barrios, estas calles destartaladas y entrañables en su amigable sencillez; qué fuerza abominable e incomprensible para este ala del mundo les impulsó a olvidar la patria que les circula por la sangre. Se desconoce (es el pasado cierto y disoluble, el que no importa) qué destino infeliz arrojó sus vidas a otros horizontes, a otros colores sordos y palabras indescifrables, como también se ignora el mecanismo que se activó en sus pensamientos y les condujo al asentimiento interior, a la valentía incorruptible.

La cuestión es que Amara y su hijo adolescente se citaron esta mañana muy temprano en la Parroquia de la Blanca Paloma para engrosar una comitiva a la usanza local, impermeable al comentario ajeno e impoluta en la vestimenta, poco usual en el contexto y tremendamente aceptada del vientre de la muralla hacia dentro. Sin embargo, portadas, tintas virtuales y cámaras fugitivas consideraron noticioso que dos personas, dos seres humanos del color de los trajes tan pulcros, tan elegantes e incuestionables, sostuvieran reciamente con sus manos el cirio que abría paso al Gran Poder. Como dos lágrimas de arena que contribuyen a la infinitud de un desierto; como una sabana comprimida de atardeceres menudos y diminutos; como un universo cercano y caliente, las gotas de cera que, con languidez pesada, salpicaban los dedos y los asfaltos, dibujaban el único camino que, quizás, conduzca a Amara y a su hijo a algún destino.

No, no le siguen. A machetazos naranjas van abriendo la maleza que nos torpedea los ojos, la hojarasca densa que nos impide conocer la planicie rocosa que es la vida. Caminan por el barrio para alcanzar una razón de ser, para encontrar un lugar en el planeta. Como el Señor del Gran Poder hace más de dos mil años.

Enturbiando y contaminando el aire de la habitación, una densa nube de humo grisáceo busca pesadamente una salida oxigenada a través de un tragaluz o una puerta. En cuanto el sol comienza a dorar el alféizar de mármol del quinto piso, Javier decide descorrer el cristal de su única ventana, desde donde se divisa una extensión verde y generosa, que sirve a los vecinos como punto de esparcimiento puntual o de explanada deportiva. Al fin, una bocanada de aire fresco sofoca la densidad que nace del cenicero y es por fin la mañana. Con la predisposición de exprimir el día, este profesor de mediana edad, alto y de ojos críticos, prepara la clase que habrá de exponer a sus revoltosos alumnos el próximo lunes: nada más y nada menos que la Revolución de 1917 y sus consecuencias en el desarrollo político y social de la vieja Europa.

De las estanterías que bordean el ventanuco, Javier extrae varios manuales, enciclopedias y tratados de una época que le apasiona, y es esa fascinación la que pretende transmitir a unos jóvenes de dudosos referentes y, en su opinión, carentes de la virtud de la reflexión. Justo cuando sostiene en sus manos ¿Qué hacer?, de Lenin, observa por la ventana que una multitud se agolpa en torno a su edificio; una multitud inquieta, dispersa y heterogénea; una multitud que avanza al unísono de manera desigual y deforme alrededor de un mismo punto. Reconoció no recordar que esta mañana pasaba el Gran Poder por su casa: nada más lejos de su condición de ateo inconmovible. Pero, instantáneamente, frunciendo el ceño y fijando sus ojos en aquella figura nervuda y recia, se olvidó de toda la sabiduría concentrada en aquellas cuatro paredes e, inconscientemente, se persignó, como aquellos viernes en que iba camino de San Lorenzo con su madre.

De la ventana de Javier cuelga una ventana tricolor, por la que se deslizan fugazmente algunas lágrimas. Nadie repara, nadie atiende. Javier, sin percatarse, ha dejado abierto en algún momento la página de un libro donde se lee: “Es preciso soñar, pero con la condición de creer en nuestros sueños. De examinar con atención la vida real, de confrontar nuestra observación con nuestros sueños, y de realizar escrupulosamente nuestra fantasía”.

Y a los pies del Gran Poder, alguien predica a través de un megáfono: “Así que yo les digo: Pidan, y se les dará; busquen, y encontrarán; llamen, y se les abrirá la puerta. Porque todo el que pide recibe; el que busca encuentra; y al que llama, se le abre”

Y Javier pidió y soñó un mundo más justo. Y se acordó de su madre; y lloró.

Arropados por las blancas angosturas de las paredes, y apaciguadas ya las templadas aguas de las fuentes, los hermanos saludan al día rezando el Fajr, la oración que precede al amanecer, la primera del día. Apenas se deslizan rayos de sol por entre la geométrica y celosía del minbar, pulido meticulosamente, que aún no ha perdido el ocre sencillo de la madera virgen. En el exterior, el imán saluda a Josefa, la dueña de la frutería contigua, que hoy no interrumpirá el rezo de los musulmanes con el levantamiento de la estruendosa y metálica cortina de su comercio. Hoy el silencio es más cálido, es el amigo interior que eres tú mismo, que responde más que pregunta. Los musulmanes, en su ritual milenario, abrazan los rojizos tapices con sus manos, suaves y ligeras como un deseo; pero en el pensamiento las imaginan ásperas sobre los vastos terrenos de Arabia.

Hoy no será el colorido mostrador de Josefa y sus infatigables saludos a las vecinas, que calculan el precio del kilo de calabacín y sospechan del color verdoso del tomate; hoy será tan solo un Hombre quien les sacuda el tronco y la nuca, un Hombre que predica por el universo el amor, la paz, la justicia y el bien. Pues, ¿no desean lo mismo? ¿Cómo puede negarse la equiparación espiritual, los mismos valores promulgados y pretendidos? ¿Cómo en los libros y en los tiempos la indiferencia y el odio han sepultado la sabiduría humana, el desvelo por el arte y el bienestar colectivo?

Se ha diluido por el barrio la alargada y quejumbrosa oración de los musulmanes, que hoy añadirán una nueva experiencia a sus inquebrantables dogmas religiosos. Son conscientes, sin embargo, que en esta ciudad la convivencia entre culturas es casi un rasgo distintivo de la genética: basta con levantar los ojos y contemplar la multitud de variantes arquitectónicas y estéticas que dan sombra a calles y empedrados.

Y, precisamente, sobre la palidez del asfalto enfermo que espera urgentemente una cirugía sin fecha, viene caminando Jesús del Gran Poder. Los musulmanes, perfectos sabedores de este género de representaciones, de todo modo inexistentes en su credo, fijan invariablemente la mirada en el Señor y acuerdan en silencio que comparten con Él más de lo esperado: la piel cobriza y dura, los ojos olivareros sin tornasoles ni matice;  las manos desgastadas y paternales, el mentón poblado y los pies descalzos. Se acercan con el corazón, con la identidad universal que proporciona este Hombre que somos todos nosotros. Ni un gesto de aprobación o rechazo se les dibuja en el rostro, ni una palabra se les articula en el pensamiento ni mucho menos en los labios. Sencillamente guardan respeto, el respeto común que se nos presupone como hermanos que anhelan una humanidad feliz.

Al mismo tiempo, un enjambre de niñas curtidas al sol y morenas como almendras, como jugando a comprobar quién esconde la voz más inocente, como quien ofrece un corazón desarmado y libre, cantan al paso del Gran Poder: “¡Adiós, guapo!”,

Desde una ventana de un edificio incoloro y monótono de la calle Carlos Marx, un hombre enjuga las lágrimas en la palma de sus manos académicas. Las niñas abandonan la atalaya tapicera del vehículo desde donde han pregonado su cariño, y vuelven a sus juegos, a su vida. Por último, los musulmanes, reflexivos y espiritualmente desbordados, se retiran a sus casas, con la zancada abierta en dirección contraria hacia donde camina Jesús del Gran Poder.

 

En Sevilla, a veintitrés de octubre de 2021.

Primera Misión

Como tantas otras mañanas de sábado, José saluda con el educado automatismo que otorga la costumbre a los empleados del bar, quienes le sirven, educadamente, el primer café cortado del día. Sobrevuela un ánimo agitador en la atmósfera, y los hermanos trajeados desfilan por la barra con relativa urgencia, con sosegada inquietud, disciplinados, como un reguero de hormigas somnolientas y dispares. Entran, vuelven, pagan, sonríen. José ojea el periódico cuya tinta y cuya inclinación ideológica lo llevan acompañando y agradando toda la vida. Las primeras páginas le ayudan a recobrar el conocimiento de la cuestión. Imperceptiblemente, la ciudad se abandona a sí misma, en un ingenuo acto de reencuentro con el condimento de la incredulidad y la ilusión. Todos los caminos y autobuses parecen querer conducir, sistemáticamente, al mismo punto. Al mediodía, quizás nadie recuerde aquella tibieza horneada de la luz, resoplando sobre los rescoldos de la aurora y levantando caricias de frágiles claridades. Al mediodía, San Lorenzo será como un cielo sin infinitud, un mar sin inmensidad y sin temporales, parecido a un lienzo que no comprende  los tormentos del artista. Una nada, excepto para José, que rehúye las multitudes y su día a día ya no le permite mayor profundidad en el pensamiento y el ejercicio. Abona su cuenta, envuelve con descuido el periódico bajo el brazo y, camino a ninguna parte, echa a andar, sin apenas levantar la mirada cuando Jesús del Gran Poder, casi sin querer, le atraviesa con su cruz el sol, el aire y la vida.

Distantes pero cercanas, palomas blancas a ras de la muchedumbre, varias hermanas se apiñan como un enjambre de estrellas sobre las aceras. Resaltadas solamente por el marrón de la toca, inclinan la cabeza y, de soslayo y casi con ruborizada vergüenza, ven pasar al Gran Poder. Las cristaleras de los comercios, tensando sus prietas e impolutas espaldas, no impiden a las monjas de Sor Ángela diferenciar dimensiones y realidades; en cualquier mundo, su labor se nutre de ayuda, se basa en la humildad y se traduce en esperanza. A la sombra de este ramillete de almendros, varias niñas señalan y ríen ante el Señor de Sevilla, que se detiene en la efigie nevada de la Santa. ¡Flores, silencio, tímida mañana! No se le conoce a estas niñas mayor figura familiar, otro núcleo doméstico que estos ángeles con una mirada tanto más sincera como dolorosa. Antes de que se disuelva el gentío, las monjas y las niñas regresan por la estrechez de la calle, desconchada y vieja. Una de ellas (¿diez, once años?), se vuelve por última vez y lanza una única oración articulada, lo único que sabe y se atreve a pedir:

-Señor, salud para mi hermana, esté donde esté…

Ana, a base de reprimendas y de los razonables desvelos de su madre, deja su cama hecha y su habitación del todo recogida y ordenada. Es sábado, tiene tiempo y hoy no hay que acudir a la escuela (aún no ha descubierto que debe sentirse afortunada). En el salón, sus dos hermanos apuran un desayuno generoso e inusual: dos rebanadas tostadas acompañadas de aceite y un tazón de cerámica blanca cargado de leche fría. Su padre salió de casa temprano para conseguir una bombilla nueva: anoche se fundió el foco de la campana de la cocina mientras hervían los huevos y el puchero.

-¡Ni aún hoy, que viene el Señor, se nos da un día tranquilo!- peroraba su madre.

Ana ayuda a recoger y limpiar los platos, dobla un hule ajado por las esquinas y salpicado de migas de pan y recoloca sobre el cristal un adusto centro de flores, que acompaña a la sazón una serie de fotografías de la familia: unas en sepia, otras en blanco y negro. Trajes de boda, vestimentas militares, en el campo con un azadón sobre los hombros y una ancha camisa vaquera… Regresa a su cuarto y se le van los minutos combinando prendas y trenzando cabellos. Ana, a pesar de sus diez años, ha desarrollado (con la ayuda de la vida y de la calle) una incontestable personalidad independiente. Frente por frente a su estrecho e incoloro bloque de pisos, en la plaza del barrio, ya sus amigas se reúnen para delimitar, con suma delicadeza, los ligeros cuadriláteros de la rayuela.

-¡Ana! ¡Ayúdame, trae un par de pinzas y los lazos que compramos ayer tarde en la mercería! –insiste-. ¡Mira, que nos va a quedar precioso!

Obedientemente, esta niña del barrio de Los Pajaritos desliza los ribetes morados por el alféizar de la ventana, desde la que pende una colgadura blanca y perfectamente planchada. En ella se lee: “Gran Poder. Santa Misión 2021”. La madre de Ana ha debido ingeniárselas, como con todo cada día, para que el rostro imaginado del Señor decore el minúsculo tragaluz del salón, anudando pacientemente las cintas moradas al extremo redondo del respaldo de unas sillas, con el asiento tapizado en verde, que se ocultan tras los muros del bloque.

La colgadura no hay quien la mueva. Firme, precisa y breve, le proporciona a la madre de Ana un aire de regocijo irreprimible, desenmascarado; un gesto inmutable en el rostro donde se adivina siempre una felicidad con suspicacias. Ana comparte, pero no comprende, la felicidad de su madre. Ella solo quiere unirse a sus amigas, saludar con sus juegos al tiempo y mantener el equilibrio de su vida sobre los asfaltos de su barrio, destrozados desde hace décadas, a merced de una esperanza que se agota.

-¡Anita, a las seis aquí, en la puerta! ¡Que viene el Señor!

Pero Ana ya es una más en la marejada de niños de la calle Galaxia. A su paso ladra algún perro que apunta al sol con su hocico apretado y, desde el bar de la esquina, algunos jugadores, seres solitarios y hombres desesperados desvían su inquietud y su abismo hacia la insolente indiferencia infantil.

-¡Ay, Ana, nos ha quedado precioso!

Desde la ventana del salón de la casa de Ana no se ve la calle. No se ve nada. Más pisos olvidados, más persianas cerradas, más silencio.

Vestido de blanco y adoptando, prudentemente, todas las garantías sanitarias posibles, Julián aparece por la sala central de su lugar de trabajo, un trabajo donde jamás se descansa porque la vida, en su tramo final, requiere de paciencia, comprensión y humanidad. En estos centros, el cristal del reloj de arena se ahoga más, y más y más, hasta rozarse imperceptiblemente sus cinturas diminutas y tersas. De todos modos, durante estos últimos tiempos no ha habido cristales, ni manecillas ni lentitudes. Detrás de los nombres que a Julián le asaltan cada noche desde marzo de 2020, se revela una sequedad terca en los ojos, una cama en soledad, una mano que se aferra al vigor del pensamiento como único salvavidas posible. Personas que murieron en sus brazos, en las más completas soledades, sin ser veladas por el inaudible y lejano llanto de sus familiares.

Pero hoy ha salido el sol, un sol de justicia, vibrante y poderoso, alto y querido, y los ancianos de Luis Montoto interrumpen cualquier actividad programada para recibir al Gran Poder. Paseando por el jardín exterior, donde los residentes contemplan el bálsamo de las flores y miden su calendario en estaciones, Julián charla de cualquier cosa con Doña Luisa, que padece un avanzado estado de Alzheimer y son sus ojos un espejo opaco, pálido y hondo.

-¡Doña Luisa, esto no se ve todos los días! –le zarandea tiernamente los brazos e, inclinando ligeramente la cabeza, se asoma desde la izquierda de la silla de ruedas.

-Sí –parece decir.

-¿Está usted nerviosa?

-Bueno.

En los alrededores de la inmensa residencia, los fieles se aprietan aún en las anchas venas de la avenida, sombreada asimétricamente por los altos edificios henchidos de empresas e inasequibles viviendas. Los responsables del centro coordinan junto a la policía el método más seguro y eficaz para evitar, en la medida de las posibilidades, la concentración de personas en el entorno de los ancianos, aunque muchos de ellos se reservan en sus habitaciones y esperarán al Señor desde la distancia, su inevitable compañía.

En la sombra del techado, rayando el interior del recibidor, Julián y Doña Luisa se difuminan entre cámaras, cortejo e incienso, pero el Gran Poder avanza sin solución y penetra en lo más hondo de las conciencias adormecidas, se sitúa en las celdas oxidadas de los corazones cansados y se clava, como una saeta disparada para siempre, más en las ausencias que en las presencias. Julián, dudoso en sus creencias pero firmemente convencido de sí mismo, se siente desestabilizado, mundano y frágil y, en la agónica búsqueda de una respuesta que nadie puede ofrecerle, susurra cuando la imponente imagen cruza sus ojos almendrados con los suyos: “¿Por qué?”

Lo repite muchas veces, como queriéndose explicar el todo de la vida, intentando allanar la comprensión al sufrimiento del planeta, prometiendo solventar la desdicha de las personas, resolviendo el significado de la muerte. Pero el Gran Poder ya se ha ido, a cualquier otra parte, sin responder. Repuesto de unas lágrimas que en sus labios le saben a miel amarga, a azúcar pastoso y duro, le pregunta a Doña Luisa:

-¿Le ha gustado? ¡Qué cerca nos lo han traído! ¿Verdad, Doña Luisa?

Doña Luisa, esta vez, no responde. Se limita a sonreír. Se limita a vivir.

 

-Señor, me has mirado a los ojos… Sonriendo, has dicho mi nombre…

Se canta en la calle Alondra. La tarde, parduzca y retraída, abre sus costados dispuesta a desangrarse y replegarse por los arbolados, las tiendas y los portales. Estos ojos pobres e ignorantes no están habituados a unos atardeceres así, con este paisaje y esta atmósfera -como si no atardeciera más allá del Tamarguillo-. Entre cántico y silencio hemos topado, invisiblemente, con una muralla alejada de la catalogación artística, del estudio académico y el volumen arquitectónico. No es almohade ni romana, pero es alta y gruesa, como un castillo del Este, como una cordillera de varios picos armónicamente exactos nacidos del olvido y el rechazo. Es una muralla, además, sin puertas ni postigos: tan solo se cruza con la voluntad y la verdad, con las manos abiertas, compasivas, y desposeídos de vanidades.

El Gran Poder, como Verdad primera, no es que haya cruzado la muralla, sino que la ha quebrado sin siquiera un ademán de manos y por sus grietas está buscando una salida ese mar que buscamos junto a Él. Le ha bastado una zancada, le ha servido su condición humana que, como en el libro de Malraux, nos compromete a luchar por una idea, y este Buen Hombre ha querido luchar por la idea de igualdad, de futuro, de agitación vital, asumiendo una responsabilidad que, quizás, no le correspondía. A sus espaldas, las personas que viven detrás de la muralla (cuya anchura política, mediática y social impide que las escuchemos) han recibido al Señor como lo hacemos todos nosotros: rezando, agradeciendo, incluso ignorando. Todos participan, y todos hemos participado en el levantamiento de esa muralla que estamos obligados a destruir, con el objetivo de no volver a armarla al cabo de tres semanas.

En la Parroquia de la Blanca Paloma ya descansa sus pies descalzos el Señor de la ciudad. La ciudad, no el término Sevilla, porque creemos injustamente que ese nombre se limita a los hermosos infinitos de una Madrugá. Pero todo lo interior, por infinito y alto que se rebele, tiene su delimitación, sus contornos y aristas. El Señor ha superado dos murallas: la suya propia y la de los demás; hasta aquí ha tenido que navegar el Gran Poder para sentar las bases de un nuevo concepto de fraternidad y comunión entre los pueblos; nunca Tres Barrios se habían multiplicado por millares.

Ana, después de besar con cierto desaire y tímida cercanía a su madre, desbordada de ilusión, regresa con sus amigas: aún puede exprimirse más el jugo del día, aunque se reserve la baza nostálgica del domingo. Su padre ya ha arreglado el foco, y un haz de luz artificial y tenue ilumina la colgadura de la Santa Misión. Se reza el Padrenuestro en el interior de la parroquia y aquellas hormigas somnolientas de la mañana emprenden, con el corazón alimentado de fe y ebrios de provecho, el camino a sus hogares, hoy no tan cerca del Señor como cuando está en San Lorenzo. En la calle Candelón, los hermanos de Ana se reúnen en torno a un automóvil en cuanto todo se difumina y la calma extiende su ley volátil. El volumen de los altavoces hoy se modera con recelo; es su concepto de muestra de respeto, de sinceridad y de entrega. Quizás mañana vayan a visitar a ese nuevo Vecino que tanta milagrería promete; las noches son largas, difíciles, pero tanto peor es la oscuridad del día, la que no se percibe con los sentidos: es la que despelleja la carne y agudiza la necesidad.

-En la arena, he dejado mi barca… Junto a ti, buscaré otro mar…

Se canta en la calle Sor Ángela de la Cruz, y las niñas huérfanas duermen, abrazando en sueños un calor que no conocen, acariciando en desvelos un rostro que se parece al de Jesús del Gran Poder.

* * *

En otro punto de la ciudad, José descuelga el teléfono y marca.

-Buenas noches, mamá. ¿Qué tal estás hoy?

-…

-¿Te han atendiendo bien?

-…

-Imagino que estarás cansada, ha sido un día de muchas emociones, ¿no es cierto? Por otra parte, posiblemente mañana iré a visitarte, a eso del mediodía, antes del almuerzo, que nos reuniremos unos amigos en la Gavidia. Vaya, con Ramón y Antonio. ¿Te acuerdas de ellos, cuando les servías sendas tazas de café caliente y unas onzas de chocolate en las tardes de noviembre, en la casa de Cardenal Spínola?

-…

-Bueno. ¡Oye! ¡Lo olvidaba! ¿Saliste a ver al Gran Poder?

Doña Luisa, al otro lado de un teléfono inalámbrico que sostiene Julián, responde:

-Sí.

 

En Sevilla, a dieciséis de octubre de 2021.

«Nos sentimos olvidados, una vez que el Señor abandone el barrio, todo volverá a ser como antes»

Juan García (su nombre se ha desbordado en las tintas virtuales de los periódicos locales) guardará para siempre en su memoria y en sus labios el privilegio de poder decir que, durante unas semanas, tuvo al Gran Poder a unos palmos de su vivienda. Frente a frente, cara a cara, descendiendo unas escaleras desgastadas por el peso de la humildad y el alimento, y apoyándose en las paredes desconchadas del olvido. Sin saberlo, desde aquel ventanuco de su bloque de pisos, estaba abriendo el corazón de toda su vida al resto de la ciudad, de Andalucía y del planeta. Porque, precisamente, guardando las espaldas de su corazón, el pasado sábado Juan se asomó con buena parte de su familia a esperar al Señor de Sevilla, de toda Sevilla, no solamente la que recorre cada Madrugada del Viernes Santo, que supone un mínimo porcentaje del territorio que abarca la devoción al Señor. Nos acercamos, más aún, a la figura de Juan, a su vida, a la problemática del barrio y a todo cuanto supone, para Los Pajaritos y para sus vecinos, la visita de Jesús del Gran Poder a la zona más pobre y maltratada del país.

-Es todo un placer recibir su predisposición y su simpatía. ¿Cuál es su vinculación con el barrio de Los Pajaritos? ¿Cuánto lleva viviendo ahí y dónde se asientan sus raíces?

Yo soy nacido en Sevilla y nacido en el barrio de los Pajaritos. Mis raíces comienzan desde pequeño en el barrio de San Bernardo, y me vine a este barrio con año y medio.

-¿Cómo ha cambiado su vida en el barrio con el paso de los años?

Mi vida de lo que era mi barrio a lo que es ahora necesita un poco de atención política y educación cívica a la juventud.

-No me resisto… ¿Cómo se vive todo un confinamiento de mes y medio en una vivienda y un barrio como el suyo?

Pues imagíneselo… En una vivienda de 55m cuadrados, que es la medida estándar de las viviendas del barrio, donde pueden llegar a vivir seis o siete personas…

-¿Abandonaría, alguna vez, el barrio de Los Pajaritos?

Ahora mismo no, no lo cambiaría por ningún sitio.

-¿Quién es la persona que, en blanco y negro, recibe también al Señor a su lado?

Mi madre.

-¿Qué relación tiene usted con el Gran Poder, y qué significa el Señor a partir de ahora?

Para mí es lo más grande, no porque lo lleve en la sangre, sino porque mi madre era tan devota del Señor del Gran Poder que me ha transmitido con el paso de los años el fervor, la fe que ella tenía por ese Cristo y para mí es lo más grande ahora mismo.

-¿Dónde guarda habitualmente esa fotografía que ya forma parte del imaginario de toda la ciudad?

La tengo guardada en una vitrina donde están las imágenes del Cristo de la Sed, en fotografías muy lindas, ya que mi hermano tiene relación directa con la Junta de la Sed. Están todas las fotografías juntas.

-¿De cuándo es la fotografía que sostiene en la mano cuando llega el Señor?

Es del día de mi boda, mi madre fue la madrina.

-¿Dónde están ustedes ubicados en el momento que llega el Señor? ¿Es su vivienda, o un descansillo de las escaleras?

Estábamos justamente enfrente a la entrada de la parroquia, que es el bloque de pisos donde vivimos. Es un descansillo, correcto.

-¿Cómo prepararon ese día? ¿Se reunieron antes para esperarlo, alguna celebración especial…?

No, ninguna celebración anterior. Solamente cité a mis hijas, nietos y personas allegadas a nosotros, esperando justo el momento sublime de ver la imagen del Cristo del Gran Poder.

-¿Ha vuelto a visitarlo después de su llegada el sábado?

Sí, varias veces.

-¿Qué espera usted, en primer lugar de la visita del Gran Poder a su barrio? ¿Qué puede aportar su presencia?

Puede aportar una serie de cosas. No solamente ha hecho avivar la fe de estas vecinas que estaban deseando de verlo aquí después de tantísimos años, desde el año 60 que visitó San Juan de Dios, y que vuelva ahora a Los Pajaritos y Santa Teresa, Las Candelarias… El fervor que va a tomar el barrio aparte del cariño que ha tenido de todos los vecinos y todas las personas mayores que aún viven y son devotas del Gran Poder, no es un milagro, es algo más que un milagro.

-En estos últimos días, se han producido varios tiroteos en el barrio, probablemente ligados a las organizaciones narcotraficantes. ¿Para solucionar esto hace falta algo más que la visita del Gran Poder? ¿O es un problema difícil de erradicar?

Yo creo que hay que diferenciar bastante los grupos. Las personas de fe, sentimiento, que viven en el mundo con educación, no tiene nada que ver con la fama que está tomando el barrio en algunos sectores de la zona.

-La Hermandad del Gran Poder ha dispuesto un amplio grupo de voluntarios que se encargarán de resolver una serie de necesidades de los vecinos del barrio. ¿Son estas iniciativas las que pueden traer algo más de paz, serenidad y esperanza a su barrio? ¿Es aquí por donde debemos comenzar?

Como ya he dicho en otras emisoras, lo que necesitamos es atención de los políticos y de los servicios de asuntos sociales.

-El Gran Poder ha visitado antes su barrio que varios de los últimos representantes políticos de esta ciudad. ¿Qué mensaje quiere transmitirles? ¿Se han sentido olvidados?

Nosotros nos sentimos olvidados, por supuesto que sí. Una vez que el Señor abandone el barrio, volverá a ser lo que era. Carreras de coches, motos, peleas, botellonas… Habrá de todo. Ahora mismo lo que quisiéramos es que se quedara aquí con nosotros. Desde que está aquí ha cambiado todo por completo.

-Conforme llegaba el Gran Poder a Los Pajaritos, algunos vecinos que recriminaron la presencia de otros sevillanos que nunca habían estado en el barrio ni se habían preocupado por la situación del mismo. ¿Entiende o comparte este comportamiento?

Yo no conozco ningún comportamiento así, todo lo contrario. Se comenta y se dice que cuando fue aplaudido hubo algunos signos de silencio, pero es incierto, solo aplausos respetuosos de impulso.

-En nombre de su barrio, ¿qué podemos hacer nosotros, los medios de comunicación, por ustedes? ¿Nos estamos quedando en lo superficial de esta Misión y solo transmitimos una realidad edulcorada?

Según lo quieran tomar con más iniciativa o menos, los medios son la voz del pueblo. Dependiendo de lo que se diga es la única forma de que la gente se conciencie. Tenemos que tener educación, y más asistencia de servicios sociales a los necesitados, y eso supone que los políticos se impliquen. De ese modo, el barrio cambiará a mejor.

-En la fotografía que se ha viralizado aparecen también sus nietos y su yerno. ¿Confía en que, entre todos, podamos brindarles un futuro próspero e ilusionante?

Yo creo que sí. Toda mi familia que estaba en las plantas del bloque… Claro que sí, el sábado estábamos todos con las lágrimas saltadas, y aún más cuando se ha hecho viral la fotografía de mi madre.  Ya veremos qué ponemos en ese mismo sitio donde colocamos la foto de mi madre este sábado cuando vuelva a salir el Señor

-Por último, ¿qué espera que sea su barrio el día 5 de noviembre, cuando el Gran Poder regrese de los Tres Barrios dirección a la Catedral? ¿Le preocupa que esta Misión quede en vano?

No. El recuerdo, el cariño, el afecto y la fe que ha dejado serán muy difíciles de olvidar, al contrario. Muchas personas van a visitar aún más la Basílica de San Lorenzo.

-¿Qué le pide al Señor del Gran Poder?

Le pediría de todo. Salud para todo el mundo, paz que es lo que necesitamos, y sobre todo una fraternidad entre todos los cristianos y los que creemos en estas imágenes que solamente con verlas se nos saltan las lágrimas.

 

(Fotografías Carlós García Lara y Andrés Góngora)

Santi Álvarez presenta su candidatura a Hermano Mayor de la Macarena

Santiago Álvarez presentó oficialmente su candidatura a Hermano Mayor de la Macarena este pasado viernes ante los medios de comunicación locales. El acto, que tuvo lugar en el Hotel San Gil de la calle Parras, contó con la presencia de numerosos profesionales de la información y de varios hermanos que acompañarán al candidato durante este mes y medio de difusión y divulgación del programa.

Tras inaugurar la página web oficial de la candidatura unas horas antes de la presentación formal, fue Pablo Ledesma, candidato a Mayordomo de la Esperanza, el encargado de desgranar en formato digital los principales puntos del proyecto, dividido en cinco ejes diferenciados (hermano y vida de hermandad, patrimonio, cultos, formación y caridad), haciendo especial hincapié en que todas las propuestas que reciban de los hermanos serán “analizadas y estudiadas”, y que los puntales principales de la candidatura serán la cercanía y la participación.

Posteriormente tomó la palabra José González, Candidato a Teniente de Hermano Mayor, que en su intervención abogó por gestionar, simultáneamente, “sentimientos y recursos, sin métodos fríos ni calculadores y ejerciendo la caridad en silencio y de manera invisible”. Finalmente, fue el candidato a Hermano Mayor, Santiago Álvarez, quien quiso exponer las motivaciones que le llevan a presentarse de nuevo al cargo y encabezar el proyecto. Recordó, en primer lugar, la altísima participación de hermanos que votaron a favor de su candidatura en las elecciones de 2017 (casi mil setecientos), y tras cuatro años observando el funcionamiento de la Hermandad “desde fuera”, consideró necesario acudir de nuevo a las urnas con “ganas de trabajar, ofreciendo un modelo válido que siempre ha funcionado en la historia de la Hermandad y cambiando la dinámica actual” de la corporación.

Con especial énfasis trató el apartado del culto externo. “Lo más importante es la devoción, y el culto externo no es algo accesorio: es el fin fundamental”. Por ello, una de las propuestas más sonadas de su programa ha sido la intención de realizar un Vía Lucis externo con la Virgen de la Esperanza por las calles del barrio cada 30 de mayo, en vísperas del aniversario de la Coronación de la Virgen, tras la pertinente reforma de Reglas que también pretende esta candidatura.

Por último, y tras detallar la biografía macarena de cada uno de los hermanos que le acompañan en este proyecto y que ocuparán los diversos cargos, Santi atendió las preguntas de los medios de comunicación: prometió anunciar próximamente el nombre del equipo de capataces que estarían al mando de los pasos de la cofradía, alabó el crecimiento de la banda de la Centuria y se reservó la opinión y el posicionamiento de la candidatura respecto a los restos de Queipo de Llano: será la justicia quien deba tomar cartas en el asunto.

Las elecciones se celebrarán el próximo 14 de noviembre en la Basílica de la Macarena, y el lunes 4 de octubre finaliza el plazo de presentación de candidaturas.

La Esperanza es para los rebeldes

Apenas veinte años de diferencia distan de la publicación de dos libros que, a su manera, se definieron posteriormente como hitos literarios del pasado siglo XX. Sus dos autores, europeos, comprometidos con su tiempo, intelectuales admirables, críticos y consternados por la presencia de los totalitarismos y la guerra, recogieron en sus manuscritos una realidad social y política que defendieron hasta sus últimos días.

En 1927 ve la luz Momentos estelares de la humanidad, una serie de miniaturas históricas noveladas que Stefan Zweig consideró definitivas conforme al porvenir de la existencia humana sobre la Tierra. En cada uno de los capítulos, que obedecen a un rigurosísimo orden cronológico, el vienés no solo se detiene en el acontecimiento como tal, sino que estudia y examina (apoyado en la imaginación) los pensamientos y las decisiones que los personajes protagonizaron, con feliz resultado en algunas ocasiones, o funesto y trágico en otras, en un instante exacto e irrecuperable de nuestra historia. También se detiene, con su académica elegancia narrativa, en describir paisajes y enclaves emblemáticos de nuestro mundo que hoy día nos resultan insultantemente familiares y cercanos pero que, en aquellos tiempos, la humanidad ignoraba su existencia.

Dos años después de la finalización de la II Guerra Mundial, la editorial Gallimard publica en Francia la novela La peste. Ambientada en Orán, el narrador se presenta como cronista/testigo de lo sucedido durante un año en la ciudad mediterránea: ni más ni menos que una epidemia de peste bubónica. Valiéndose de los actos y disposiciones de los personajes que están involucrados en la trama, Albert Camus (su autor) reflexiona sobre varias cuestiones filosóficas: el sentido de la existencia cuando Dios desaparece, la moral universal que quiebra y se diluye, el descubrimiento de la solidaridad humana y el control imposible sobre las fuerzas naturales.

Sin ánimo de dilatar estas digresiones, en ambos textos se reconocen con claridad ciertas semejanzas con la situación que, por desgracia, hemos y estamos padeciendo.  Desde marzo de 2020, el dichoso virus paralizó nuestras vidas, y sesgó para siempre miles de ellas. Nada ha vuelto a ser igual en nuestras conciencias y nuestra condición de animales sociales. Como aquella puerta de Bizancio que un soldado dejó entreabierta en el libro de Zweig y supuso el final del Imperio romano de oriente, o cómo Grouchy, oficial francés incapaz de obedecer la voz de su destino, se sometió a las órdenes que dictaba Napoleón en la batalla de Waterloo, que conllevó el fatal desenlace de la derrota ante los ingleses, se adoptaron decisiones (no exentas de controversia y polémica) que han marcado nuestro porvenir, y el futuro, inteligente examinador, se ocupará de recriminarlas o aprobarlas, pero es indudable que nos han afectado en nuestros métodos y costumbres.

Como en La peste, ciudades al completo se vieron abonadas a un exilio permanente en que todos fuimos prisioneros del pasado y solo nos atendió la herida de recuerdos estériles. Nosotros, como los habitantes oraneses, nos hallamos en la dificultad de recordar gestos y rasgos de los ausentes (amantes, familias), sin más cercanía que una pantalla iluminada, y lamentábamos constantemente el modo en que se empleaba nuestro tiempo en el pasado. Tuvimos que acostumbrarnos a una monotonía impuesta y discorde, a una estimulación ficticia de nuestras funciones humanas y a una segregación en cuanto al modo de amoldarnos al avance imparable de la pandemia.

Sin embargo, no hay mal que cien años dure, y la esperanza (ese motor camusiano que solo es apto para rebeldes) extendió su manto de calidez y presencia cuando más agotadas estaban las almas. El pasado sábado, en la aérea y suspendida Arcos de la Frontera, nuestra humanidad acaparó otro momento estelar que permanecerá invariable en nuestra conciencia atrofiada y deforme. Claro que no; la decisión de la Hermandad de la Soledad no incide, de ningún modo, directa y decisivamente en el devenir de la Humanidad toda, pero sí en la humanidad nuestra, la más cercana, la de seres humanos que rayan la felicidad en la belleza, estética y atmósfera de una procesión. Es cuestión de evasión dichosa, de reencuentros celebrados con los ojos, de expresión natural sin aditivos impostados. ¿Quién asume la autoridad para indicarnos con qué ser feliz, o por qué manifestarnos, o dónde descubrir la emoción y el sentimiento? El compromiso con la sociedad es perfectamente compatible con la búsqueda de una felicidad pasajera, balsámica y revitalizante.

Los anticipos valientes de Jerez y alrededores eclosionaron en una procesión que, alejada de toda duda, no encuentra comparación: más que por la forma, por el fondo y el contexto. “Si un hombre es capaz de grandes acciones, pero es incapaz de grandes sentimientos, no me interesa”, reflexiona el periodista Rambert en La peste. No hay gran acción que no monitorice un gran sentimiento. Y todo en aquella procesión tomó el carácter de un estelar sentimiento de compromiso con sus deberes.

Apareció el paso de palio, compacto de piedra y tiempo, y todos nos creímos Núñez de Balboa divisando por primera vez el Pacífico sobre las lomas de Centroamérica tras días y días de muerte y soledad; sonó la música como sonó el “Hallelujah” de Händel en la Catedral de Dublín, y los periódicos afirmaban que “ha superado con creces cualquier cosa de esa naturaleza que se haya representado en este o en cualquier otro reino”; así con “Coronación de la Macarena”, con “Campanilleros”, con “La Madrugá”: nada en nuestra humanidad, en nuestra música, nos pareció tan inmenso, vivificador y gozoso como la música procesional en escalada melodiosa sobre la peña de Arcos. La voz del capataz a través de los respiraderos emuló a aquella primera vez en que el Cyrus W. Field transmitió la primera palabra entre continentes gracias al cable telegráfico, venciendo el muro inabarcable del océano; recordamos las almas que abandonaron este mundo y no conocieron la gloria de sonreír el final del camino recogida ya la cofradía, como la tropa del capitán Scott pereció en su afán por alcanzar los 90º grados de latitud, el punto más al sur de nuestro planeta…

¿Quién sabe si, en aquella procesión, se estaba gestando un momento estelar que servirá de base y espejo para el devenir de nuestra humanidad y nuestra felicidad? ¿Quién escribirá sobre el efecto que desmoronó unas puertas cerradas, y que ahora desengrasan sus goznes? “El gran deseo de un corazón inquieto es el de poseer interminablemente al ser que ama o hundir a este ser, cuando llega el momento de la ausencia, en un sueño sin orillas a que solo pueda terminar el día del encuentro”, cierra Rieux, el médico narrador de La peste, En Orán la enfermedad remitió, como remite poco a poco esta pesadilla que le da paso a la luz de un despertar que jamás conocíamos. Aquella tarde de septiembre el sueño encontró la orilla, interpretamos coralmente una felicidad infantil, luminosa, abrasadora, y hubo en nuestro corazón un desbordamiento de alegría que casó, obligadamente, con la prudencia y la responsabilidad.

Precisamente, dice Camus que “la alegría es una quemadura que no se saborea”. Y acordamos todos en no saborearla, en extraer tan solo una milésima parte de sus jugos y sus placeres. Pero nos quemó. Nos quemaron esos ojos enrojecidos de soles propios, nos quemaron las nubes colgadas de no sé qué cielo dibujado diariamente, nos quemaron esos labios salpicados de blanquísimas fachadas y durísimas paredes ajardinadas, como si Dios mismo dispusiera, a su gusto, las flores y las macetas. Nos quemó la alegría de la Soledad. Y nos quemó para siempre.

La Hermandad de Vera Cruz suspende los tradicionales “Juegos Florales”

La hermandad de la Vera Cruz, por segundo año consecutivo, ha considerado oportuno suspender la celebración de los tradicionales «Juegos Florales» previstos para el mes de mayo, a causa de la situación sanitaria que impide celebrar este importante acto para la corporación en la capilla del Dulce Nombre de Jesús con todas las garantías sanitarias.

Se trata de uno de los actos más importantes de la Vera Cruz, con el que recuerda la extinta festividad de la Invención de la Cruz, y asimismo conmemora la fecha de su fundación, hecho que ocurrió el 9 de mayo de 1448.

Por otro lado, al igual que ocurriera en 2020, todos los trabajos ya presentados continuarán custodiados oportunamente, hasta que vuelva a convocarse un nuevo plazo de presentación del concurso poético.

Asimismo, la junta de oficiales ha decidido que José Ignacio del Rey Tirado, abogado y pregonero de la Semana Santa de Sevilla 2018, siga siendo el mantenedor para la edición de 2022, mientras que la presentación correrá a cargo de Rogelio Reyes Cano, mantenedor de la última edición.