Un Pregón

Un pregón es un acto propio de cada Cuaresma, con su fecha y su lugar. Con su protocolo más o menos cuidado, una banda de música y un atril. Y con un pregonero generalmente, porque aún es un acontecimiento de difícil invitación para las mujeres. Un espacio de tiempo en el que una persona detenta el derecho a expresar su concepción particular de la semana santa Un texto que, según la nación pregonada, sigue una estructura conocida, donde las partes vienen jalonadas por los días de salida y donde no dejan de aparecer el niño (los recuerdos), la familia (la matriz) y la devoción (el catalizador). Pero, por lo general, un pregón es algo más ancho —como puede ser el pregonero–, más largo –como te puede resultar– y más hondo –como es en verdad–. Y todo con la inconsciencia del propio pregonero y del público en general. Y sin pretender que abandone este estado óptimo, sepan ahora qué es para mí un pregón.

Un pregón es un grito costumbrista, un rito más cerca de lo profano que de lo sacro, opuesto a la intimidad silente de la oración; a la vera de la expresión genuina de una religiosidad popular que ve a Dios en lo cotidiano. Un sentimiento más que una convicción, una sangre que hierve más bien que una llama inapagable. Una llana forma de entender la Semana Santa, que poco sabe —ni quiere— de las inextricables retóricas de la teología. Acaso es un pellizco.

Un pregón es una intención, la búsqueda de una conexión que logre elevar vello. Es el uso de fórmulas iteradas, apenas matizadas por las inclinaciones del pregonero y por su voz, vehículo poderoso cuando se pretende emocionar. Es llevar hasta los labios lo que habita en el pecho y bajo la piel.

Un pregón es una descripción ramplona de una tradición capaz de resistir en esencia a los poderes de cada tiempo atravesado. Una basta e involuntaria analítica de una celebración poliédrica y en interminable conflicto consigo misma. Un extenso poema ripioso sobre nuestra identidad. Una voz dirigiéndose a los oídos de una populosa masa cercana al punto de ebullición. Un pregón es una presentación de una de las raíces más hondas del andaluz. Un espejo de la Semana Santa —la vida— del pregonero.

Un pregón es un canto poético y popular de lo que somos, es la voz inefable que anuncia nuestra Semana Santa. Un empellón definitivo hacia donde se encuentra —hallamos, nos encontramos con— la Semana Santa.

De silencios

Entre las prosaicas pasiones que se nos arrancan con prodigalidad y las impertérritas manifestaciones de mirada quirúrgica llegamos al Miércoles de Ceniza, un periodo palpitante. En él laten,  al compás que los corazones de cada cual permitan, las semanas santas. Y ya en este primer día, en el crepúsculo primero de la semana mayor, se definen las formas de ser.

Los silencios y las algarabías crean una atmósfera prologal de lo que luego será. La foto de algún titular acompañada de una marcha, los cuarenta y descontando. La sentencia del libro del génesis, o el mutismo social reducido a un enclaustramiento desde el espíritu para sí mismo. La Misa. La cruz de ceniza en la frente. Los silencios se conocen porque se sabe de las intenciones de quien calla, si no serían ignorados por desconocimiento. Pero al saber de ellos, contemplamos su existencia. Este es el Miércoles de Ceniza, nuestro pregón inefable para lo que una vez más, y de forma inexorable, vendrá.

Después de esto, y a poco que alcancemos el primer viernes, llegará la abstinencia. Y el bocadillo de chorizo que recompone las consumidas energías de un costalero tras un ensayo exigente. También las croquetas de bacalao, y las confesiones en un confesionario. Y las confesiones en las tascas. Los cultos, y los que aparecen para tal ocasión. Los que mantienen su eucaristía semanal en el domingo. Y los que vuelven de año en año por la parroquia, es decir, de día redondeado a bolígrafo a día marcado de igual manera. Asimismo, habrá quien no haga nada de esto y comience a plantear el viaje a la playa.

Y entretanto, aguardará nuestro padre Jesús, Nuestro Padre Jesús Nazareno, en silencio, como siempre hará. Instrumento fiel al servicio de encarrilar nuestras almas hacia Dios. A la manera de cada cual, yo a mí manera y tú a la tuya, Él hará del mismo modo su cometido. Nos acerquemos o no. Sean nuestras miradas ávidas o moderadas, sean indiferentes o incluso burlescas. Ahí estará él. En silencio. Entre los contrastes de las almas mortales que pululan por calles de grafiti y piedra secular. Que ríe y celebra la muerte.

Algunas de aquellas pasiones desatadas llevarán a sus corazones a este artículo. Otras tantas de las que se muestran sin mostrarse también lo harán, en silencio, por supuesto. Sin aspaviento alguno que desentone en su forma ser. Porque así somos, almas diferentes como poco, antagonistas llegado el caso, pero convergemos en el silencio que el Señor manifiesta en su forma más cercana para con nosotros.

 

La inutilidad de la Semana Santa

En la Economía —o más bien en la «ciencia económica»— la utilidad es un concepto capital. Tanto es así, que en su momento existió una corriente llamada utilitarismo que acuñó el útil como unidad de medida. Aquello se vio que era una pamplina oronda y se desechó. La utilidad se mide en dinerito. Siguiendo esta lógica, lo más útil es lo que más dinerito dé o más dinerito sea capaz de generar. Así, o bien prostituimos cualquier ámbito de la vida, como ya ocurre, o lo relegamos de un escobazo a los márgenes de la existencia.

La Semana Santa, como gran fenómeno social, está en medio de este paradigma. Hace décadas vivía tranquila, a lo suyo, pudiendo, como lo fue, ser descubierta por alguna mente despierta que la retrató con diapositivas o con su pluma. Pero la globalización ha entrado por el aire, se ha colado por nuestros luminosos patios sin tener que forzar la puerta. Y nos ha ungido de su prisa. Y de su mentalidad productora-consumidora. Y ahora no podemos parar. Nada nos sacia. Así es la sociedad en que nos estamos moviendo. Por eso, a pesar de que el mundo cofrade es, por lo general, conservador y escéptico ante los cambios, se observan ramalazos mercantilistas. Por más que se ensimisme, la Semana Santa no es impermeable. Menos aún para un mercado voraz, capaz de hender cualquier barrera histórica, etnográfica o temporal. Al pensar en esto, no es necesario irse a pensar en transformaciones sinuosas, sino que basta con recordar la propuesta de cobrar una entrada a aquel que vaya a ver las cofradías, por ejemplo. Existen más señales, avisos parpadeantes que son, de la deriva que podemos estar tomando. Pero los dejaré, en este breve texto introductorio sobre el asunto, en el aire.

En este punto, todavía quiero pensar que inicial, me consuela mucho el antídoto que tenemos con la Semana Santa. Frente a la urgencia con que nos vemos obligados a hacer todo, se colocan nuestras cofradías. No es por contar las horas improductivas empleadas en ver todo lo que procesione entre la salida del Polígono de San Pablo y la entrada de San Gonzalo. Ni por la acumulación de paciencia esperando a la Esperanza, que aquí además queremos que el tiempo pase. Nuestra Semana Santa es un contrapeso cuando es capaz de bajar la alarma del despertador por ver a la Virgen de las Aguas en Molviedro. O que no exista más mundo que San Bernardo cruzando la calle Fabiola. Ahí está nuestra brevísima victoria, la contracorriente de nuestros tiempos, en que todo esto es inútil bajo la mira del mercado. La consciencia de dónde estamos, en qué día, en qué año, se troca en la consciencia de qué somos, en nuestra identidad. Somos cofrades andaluces. Y esto será hasta que se subvierta la atmósfera propicia, degradación tal que el paso de una cofradía sea un espectáculo útil, una función organizada con el sumo fin de la teoría económica dominante: la maximización del beneficio —económico, entendido este como monetario—.

Hagamos por preservar lo nuestro, no como propiedad enajenable, sino como nuestra forma de entender la vida.  Mientras en los bares nos encontremos con compadres y gente del Twitter, no habrá de qué preocuparse aún, la Semana Santa seguirá siendo tan inútil como la queremos.

En detrimento de lo genuino

Al tiempo que iba desentrañando el submundo de las cofradías me di cuenta de algo que podría ser muy pernicioso: comprender la esencia y, mediante la impostura con fines ininteligibles, recrear la atmósfera que naturalmente se funda, delimitándola en su extensión infinita.

Lo catequético, en los conjuntos que procesionan lo hallamos. La mínima inquietud espiritual la suponemos entre el público que los observa y —como consecuencia— se conmueve. Ambas sustancias, al mezclarse dejan una pátina de religiosidad en el hecho —la procesión—. Y así como la catequesis en forma de imágenes y altares que son portados responde a la religión asentada en la región, con todas sus características distintas de las demás y sus posibles variantes geográficas, el público también presenta interesantes particularidades.

Como no es el fin del artículo, no ahondaré en las particularidades del cofrade andaluz, que es a quien evidentemente aludimos, y como entre los rasgos básicos convendremos que se encuentran la espontaneidad y la frescura en la expresión de los sentimientos, tenemos suficiente para despachar este texto. Desde siempre ha existido el grito que emana del vientre y esparce una lágrima en la mejilla. Es la manifestación genuina y elemental de algo, realidad, hondo, esto es, la religiosidad popular. Porque no deja de ser un rezo, que en esencia nada se aleja de aquel que se hace en la capilla. Se está haciendo lo mismo, se llega al mismo punto de acercamiento divino, solo se diferencia el medio: el rezo mudo, en las íntimas paredes del silencio externo; la oración conocida y rezada en voz alta; el hálito imprevisible, un ruego que hiende la niebla y desenrosca la serpiente. Como el otro rezo. El crisol de la religiosidad popular los funde en un mismo sentido último: el asidero de la existencia.

Pero, cuando se conoce esto, se puede pervertir el ambiente. Lo genuino se sustituye por lo ensayado; el acceso fervoroso se troca en actuación dramática —y mal interpretada—. La voz no nace ya del vientre, no sube a la boca con el rumor ardiente de fe, sino que sale de la garganta, hidratada con previsión. El vello erizado que deja una sincera voz encendida se aplasta en la piel con el murmullo de la molestia y el bochorno. En definitiva, la degradación se consuma con la pérdida de lo popular en detrimento de lo ordinario.

¿Por qué se interviene de esta forma, manipulando así lo que con naturalidad se desarrolla? ¿Acaso es, como dicen algunos, un contagio? Pero sobre todo, y lo que en realidad me interesa: ¿qué se pretende? No lo sabemos, ni sé si lo queremos conocer en realidad. Y da igual, lo importante es que deje de ocurrir, y que el mundo cofrade recupere y jamás pierda lo que es: una manifestación riquísima, poliédrica e inescrutable.

Si no te sale, no te lo arranques o no te lo coloques en la boca. El arrebato no te avisa, llega y cuando tomas consciencia ya has sido traspasado por un puñal de esperanza celestial y, muy probablemente, mariana.

Un hombre bueno

El cardenal Carlos Amigo Vallejo se ha marchado hacia la casa del Padre. Ya debe estar contemplando su rostro. Pero antes de su viaje eterno ha dejado un legado de hechos y de un espíritu que hace que su pérdida sea tan lamentada.

Nació en Valladolid, en un pequeño pueblo más concretamente, Medina de Rioseco, que tal vez le ayudase a forjar su carácter afable y cercano. A Sevilla llegó en 1982, y ya no se fue. Fue nuestro arzobispo hasta 2009, y luego fue emérito. Y en 2003 fue nombrado cardenal.

Como decía, en Sevilla se le quiere por sus hechos: impulsar la donación de órganos y la inclusión de las mujeres como nazarenas, por anotar dos grandes hitos. Coronó canónicamente a grandes devociones de Sevilla y su archidiócesis, con la que siempre mantuvo estrechos lazos, no olvidándose de que la capital es una y que el resto de municipios son también Iglesia.

Supo comprender, a pesar de las barreras que un forastero puede hallar, cómo se comprende aquí la religiosidad. Aprendió qué significa para un cofrade de estos lares qué es la Semana Santa. Algo que a veces resulta difícil aun habiendo nacido por aquí.

Hombre valiente, pastor comprometido, sencillo como buen franciscano. En resumen, San Pedro le abre hoy las puertas a un hombre bueno, que es lo máximo que puede alcanzarse en la Tierra.

Fue

Sanseacabó. Se ha marchado, y lo ha hecho como una ola retirándose del malecón, después de salpicar y dejando un sedimento de vivencias compartidas y nostalgias futuras. Aguardamos como nunca, y desde hoy lo hacemos de nuevo. En este momento me da igual la lluvia, los temas —muchos— que debatir, la estampa aquella o la otra. El lugar, la marcha o la mirada. Todo eso no tiene hueco en estas líneas.

Tengo el corazón henchido y el alma llena. Estoy completo. Cuando termina la Semana Santa, en mis mejillas no se contempla la amargura. Me encuentro agotado, como aquel viajero de pies encallados que ha llegado a su destino, y cuya mochila llena es su verdadera meta. La resurrección sea tal vez la culpable de esta revitalización del alma. Ya ha partido en busca de la cárcel del recuerdo  —la más especial de todas—, pero la hemos disfrutado. A nuestra forma, y con las condiciones —y los condicionantes— que nos impone ella y la circunstancia.

No sé si esta ausencia de ocre tristeza será común, o si la experimentaré yo solo, otra vez rara avis. Pero siempre he sentido lo mismo. Tras cada Semana Santa, mi sensación ha sido la misma: plenitud. Sin embargo, sí que hay algo distinto que he de exponer. La Semana Santa se nos ha escapado, echándose al aire como pétalos sumisos e inermes ante un suave soplido. Y se nos ha marchado, la Semana Santa ha llegado a su término porque ha sido. Porque ha sido, se ha acabado la Semana Santa. Mas no nos quedemos en los juegos de palabras.

Esta inexorable marcha es fruto de la posesión. Porque vi a la Macarena se me escapó entre doce varales y una mañana que despuntaba. Así tal vez se comprenda mejor. Creo que dije que del ser al parecer hay un abismo. De la teoría a la práctica. De la intimidad opaca al desnudo de las entretelas del sentido. En pocas palabras, de reencontrarnos, dos años más tarde, con lo que nos alimenta el sentido. Con los dedos que rozan cuando la gravedad nos empuja hacia abajo. El sueño que buscamos en las otras semanas. Los días de abstracción, recogimiento, júbilo y todo aquello que quepa en la retina de cada cual. Y todo ha vuelto entre nosotros. Cuánto ha costado regresar, y qué rápido se nos olvida. Se ha sufrido, y hemos dejado, como lo seguiremos haciendo, mucha gente. Pero la Semana Santa, ¿qué es acaso si no recuerdo? A esperar, a descontar, a recordar. El sol va calentando y la memoria pronto comenzará a arder. Así creo que diría un amigo.

La Semana Santa de dos mil veintidós ya no es. Pero fue. Y que la próxima lo sea.

Ya no razono

Poseído por una especie de ludismo he hecho añicos la rueca. Se acabó la odisea, esta interminable y forzosa espera. Ahora, en estos días, como supo escribir Núñez de Herrera, no se razona. Mi cabeza bulle inconexa. No quepo en mí, le pregunto a mi espíritu qué tal, y me responde que exultante. Que vámonos. La Semana Santa íntima, la genuina y únicamente íntima, la de Romero Murube —la de cada cual—, ha vuelto. Ya se otea. Y no es que se perdiera esa inefable sensación, eso es imposible. Que los indefectibles, y benditos preludios, en ningún momento desaparecieron del todo, solo que faltaban, sobre todo, los tangibles. Y aquí están: los titulares en sus pasos, la túnica en la percha, la papeleta de sitio bajo el cristal de la mesa del salón. Los programas de mano. Lo que faltaba y había que recuperar.

Que de la teoría a la práctica hay distancia. Que el parecer y el ser son extremos de una recta prácticamente infinita. Pero es. Ahora sí es. Vuelve el ciclo de la vida, ¡que digo de la vida!, de la Semana Santa. Cínico de mí, como si no fueran la misma cosa. Regresan a la calle las cofradías, con el impedimento único de siempre para su salida: la insolente, impredecible e innombrable lluvia. Se retoma la inefable y exuberante exaltación popular. La plural y poliédrica manifestación cultural, parte vertebral de la idiosincrasia del andaluz. Porque se hace en la calle. Cristo sufre, muere y vuelve a la vida en la calle. Como nosotros, que regresamos a bebérnosla como un cáliz, pero esta vez dulce. Volver, que del latín viene y que podía pronunciarse como desenrollar — ahí queda la metáfora—. Incluso se da de nuevo una disyuntiva que un buen y lúcido amigo, Manuel Lamprea, me puso delante, la de acudir a los grandes días, o no estar, marchándose a otros destinos o sin salir de casa mientras estos duran. Entre los cofrades no se echaba de menos, pero por su condición de inmanente vuelve, asimismo.

Escribo porque no razono, y al menos así me desahogo. Tal es mi enajenación que, en la mañana, mientras por la acera me encontraba caminando, reproducía en mis casos inalámbricos una marcha. Una de palio. Y tras un señor, a una distancia aún prudente, se me ha revelado una aparente buena idea. Me he cogido su paso y he dejado que mi ensoñación se desatase. Él, delante, ajeno a mi entelequia, camino de dondequiera que fuese. Y yo detrás, fabricando en el pequeño recinto de las proyecciones una a mi medida. Una en la que compartíamos trabajaderas y devoción. Cómo se mecían los varales.

Menos mal que leyéndome me doy cuenta de mi matinal delirio, que a estas alturas comprendo, pero que no repetiría. O sí. Creo que sé en qué desembocará todo esto, y en medio de mi presente sinrazón, con el gobierno de lo visceral, espero. Pero no la cura, que si no sé si existe ni si la querría tomar. Espero la Semana Santa. Nuestra Semana Santa.

 

De toda la vida…

Me comenta un amigo de las cofradías —de los buenos, por tanto— que gusta demasiado el argumento «de toda la vida». Y creo que tiene razón. O al menos pienso igual, que viene a ser lo mismo.
La ligereza en el uso es directamente proporcional a la facilidad que tiene para ser despojado de fuerza argumentativa. De toda la vida este misterio ha andado así. De toda la vida se ha vestido de esta manera a las imágenes. Pero ¿qué es toda la vida? ¿La que uno vive? ¿Lo que he podido ver con mis ojos? Si tengo cincuenta años y desde siempre tengo ese recuerdo, ¿eso es toda la vida? Y si precisamente se comenzase en los primeros años en que se puede tomar conciencia por parte de quien esgrime tal argumento, ¿qué representan cincuenta años en trayectorias de varias centurias? Nada más que nada, es una cifra ridícula. Es una idea vacua, no tiene peso.

Pero, aun así, ¿qué legitimidad otorga que algo se haga de toda la vida? Porque, por ejemplo, de toda la vida las mujeres no han podido vestir la túnica en las cofradías… Aquí vemos como el argumento no tiene sentido, y una tesis debiera universal, extensible a todo ámbito. Por tanto, emplear el de toda la vida debe tener el mismo carácter en el papel de las mujeres, en el andar de los pasos, en la vestimenta y en otros aspectos para los que también se arguye. Sin embargo, con un ejemplo como el expuesto vemos las carencias que presenta. Y no, no acepto un «es que no es lo mismo una cosa que la otra».

Entonces, ¿qué esconde el de toda la vida? ¿Un miedo al cambio? Esto es natural y comprensible, por supuesto. Somos dados a mantener el statu quo, sobre todo si nos beneficiamos o preferimos evitar las convulsiones. Sin embargo, hay que estar a la altura de cada tiempo y comprender el proceso de evolución. Necesitamos saber dónde estamos y hacia dónde vamos. La negativa a cualquier propuesta conduce al estancamiento y la desconexión. Y las Hermandades son un órgano vivo. De ahí que a veces sea recomendable escuchar a las voces jóvenes, con sus propuestas renovadas y más cercanas, por lógica, a la época que se hiende.

Tampoco se trata de aceptar todo ni de cualquier manera. No es lo que se plantea. Aquí se defiende la libertad, adalid de la pluralidad, reflejo de lo genuinamente popular. En resumidas cuentas: dejemos fluir las tendencias, que la vida es mutable y, por extensión, las cofradías también. En sus Meditaciones, Marco Aurelio asevera que «el mundo no es más que transformación, y la vida, opinión solamente». Y a mí me gusta escuchar a los sabios antiguos. Lo tengo claro: con un tamiz se puede ir dejando entrar lo nuevo que refresque. Y es que cómo sería la Semana Santa si no hubiera evolucionado, y si, en su lugar, el de toda la vida hubiese reinado en cada tiempo.

Comparen y decidan. Miren en su zurrón de recuerdos. O búsquenlo en los libros —que los hay muchos y muy buenos— y verán. Pero desde ya les aseguro que muy distinta de como la conocemos hoy. Grandes innovaciones y rupturas en su momento son aceptadas con normalidad en nuestro presente. Y ni siquiera aceptadas, sino asimiladas como otra parte cualquiera. La Semana Santa de hoy —que pronto será un tiempo pretérito— es distinta de como fue ayer. Incluso mucho. Y la de mañana tiene el deber de verse distinta a la que miraremos en la calle en unos cuantos días. E igual que nuestros días, no será mejor ni peor. Tan solo será. Y ojalá lo siga siendo.

Aquí, sin mojarme

He escrito unos cuantos artículos cofrades —más de cincuenta— y creo que en ninguno me he mojado. O al menos, sobre los grandes temas de debate, a saber, la Carrera Oficial, los horarios, las incorporaciones de nuevas Hermandades, los pregoneros, los cartelistas y sus carteles, y algunos más que aparecen, perviven y desaparecen cada Cuaresma. Acerca de estos temas nada he dicho.

¿Por qué no lo hago, por qué no me mojo? Diría que hay dos motivos: uno, porque sobre la mayoría de los temas no tengo una opinión sólida; la otra razón es porque prefiero escuchar y mantenerme al margen, contraponiendo pareceres, tratando de comprender. Aunque no opine, me parece estupendo que se discutan estos temas, a pesar de que a veces los términos en que se hace dejen mucho que desear. O que los temas sean triviales o innecesarios. Entiendo, por encima de todo, que esta actividad vivifica las cofradías, mantiene vivo el espíritu de los cofrades. Es una necesidad hacerlo.  Y como gran acontecimiento popular, la Semana Santa no sería igual sin la tertulia en barra, el artículo tendencioso o la burla generalizada en las Redes Sociales, que han multiplicado esta tendencia natural. En suma, mientras haya opinión habrá Semana Santa. Cuando nada importe y caigamos en la indolencia ante cualquier banalidad, ¡ay! de nosotros los cofrades.

Pero en este artículo voy a hacer por mojarme. La humedad me ha calado, así que ya me tiro de cabeza. El conjunto de los cofrades, menos yo hasta ahora, opina. Pues voy a opinar de los que opinan, que como escucho a muchos, sé de lo que hablo. Y opino que me gustan, ya me encuentre más o menos de acuerdo con sus exposiciones, los que lo hacen de frente. Los que ponen su nombre, sus apellidos y su pluma o su voz. Y si con su independencia aportan ideas distintas, mejor todavía. Luego, como digo, veré si me parece bien, mal, acertado o un disparate, pero el hecho de opinar de esta forma me invita siempre a estar pendiente de lo que se exponen. Se merecen ser escuchados, y esto no es poco. Del mismo modo, aquellos que se esconden detrás de un seudónimo o, simplemente defienden las tesis amparadas por los grupos de influencia, me cuesta más escucharlos y más aún tenerlos en cuenta.  No digo que cuando creo que tienen la razón se la quite, pero se me hace difícil digerir esta posesión. A mi juicio, esta es mi opinión, ser independiente se paga caro, y no serlo debe estar bien remunerado. Todo tiene un precio.

Bueno, después de mucho escrito creo que he dado una opinión, y como no podía ser de otra manera viniendo de mí, sobre opinantes. Pero se queda uno a gusto, igual me prodigo más por este ámbito en próximos artículos. A ver si me vuelvo un canalla de esos.

In aeternum

Caigo en el error de lamentarme por haber borrado aquellas líneas. Estuve a punto de hacerlo, y no lo hice. Decidido a hacerte lo que siempre proclamo —homenajear en vida—, y al final no lo hago. Pero es un error pensar en mi propia equivocación. Y lo es porque para mí se quedan las horas que he echado atrás contigo y tus cantores. Mis palabras, como tú y a quien ya debes estar viéndole el rostro sabéis, son sinceras. Salen de un corazón herido, uno como el de cualquier sevillano. Ay, sevillano, sentimiento de pertenencia extendido por mor de tu obra, capaz de convertir a aquel que la sienta en portador de la más genuina sevillanía.

Por desgracia, no soy nuevo en esto de despedir a artistas a los que admiro. Son parte de uno, y su pérdida se siente cercana, casi como la de un familiar. Pero, aunque haya tenido que decirle adiós a algún que otro artista, nunca te acostumbras. Y, si no conoces al hombre debajo del artista, puedes desarrollar, al menos, un consuelo: muere la persona, no su obra. La carne se duerme, pero el arte sigue despierto. Y mientras que los mortales te seguiremos escuchando y partiremos cuando el Padre nos llame, lo que nos has dejado seguirá sonando. Tal es la grandeza de un artista, que tiene el poder de trascender, la licencia inextinguible que permite hablar siempre en presente de él.

En un pueril error, este sí, podría entrar en mentar a aquellos que te han vuelto la espalda y ahora te lloran; mas no creo que merezca la pena ni que tú, siempre fiel a ti mismo, lo quisieras. Qué más te dará eso si has alcanzado la más alta de las cotas: ser el pregonero del pueblo, ¡qué dicha más grande!

Ahora, frente a frente con el rey de los cielos, felicítalo por la fantasía que puso en su gran creación urbana. Rezaré por ti, Pascual, y lo haré cantando, porque así reza Sevilla. Qué bonita debes estar viendo a la Giralda.