Un hombre bueno

El cardenal Carlos Amigo Vallejo se ha marchado hacia la casa del Padre. Ya debe estar contemplando su rostro. Pero antes de su viaje eterno ha dejado un legado de hechos y de un espíritu que hace que su pérdida sea tan lamentada.

Nació en Valladolid, en un pequeño pueblo más concretamente, Medina de Rioseco, que tal vez le ayudase a forjar su carácter afable y cercano. A Sevilla llegó en 1982, y ya no se fue. Fue nuestro arzobispo hasta 2009, y luego fue emérito. Y en 2003 fue nombrado cardenal.

Como decía, en Sevilla se le quiere por sus hechos: impulsar la donación de órganos y la inclusión de las mujeres como nazarenas, por anotar dos grandes hitos. Coronó canónicamente a grandes devociones de Sevilla y su archidiócesis, con la que siempre mantuvo estrechos lazos, no olvidándose de que la capital es una y que el resto de municipios son también Iglesia.

Supo comprender, a pesar de las barreras que un forastero puede hallar, cómo se comprende aquí la religiosidad. Aprendió qué significa para un cofrade de estos lares qué es la Semana Santa. Algo que a veces resulta difícil aun habiendo nacido por aquí.

Hombre valiente, pastor comprometido, sencillo como buen franciscano. En resumen, San Pedro le abre hoy las puertas a un hombre bueno, que es lo máximo que puede alcanzarse en la Tierra.

Fue

Sanseacabó. Se ha marchado, y lo ha hecho como una ola retirándose del malecón, después de salpicar y dejando un sedimento de vivencias compartidas y nostalgias futuras. Aguardamos como nunca, y desde hoy lo hacemos de nuevo. En este momento me da igual la lluvia, los temas —muchos— que debatir, la estampa aquella o la otra. El lugar, la marcha o la mirada. Todo eso no tiene hueco en estas líneas.

Tengo el corazón henchido y el alma llena. Estoy completo. Cuando termina la Semana Santa, en mis mejillas no se contempla la amargura. Me encuentro agotado, como aquel viajero de pies encallados que ha llegado a su destino, y cuya mochila llena es su verdadera meta. La resurrección sea tal vez la culpable de esta revitalización del alma. Ya ha partido en busca de la cárcel del recuerdo  —la más especial de todas—, pero la hemos disfrutado. A nuestra forma, y con las condiciones —y los condicionantes— que nos impone ella y la circunstancia.

No sé si esta ausencia de ocre tristeza será común, o si la experimentaré yo solo, otra vez rara avis. Pero siempre he sentido lo mismo. Tras cada Semana Santa, mi sensación ha sido la misma: plenitud. Sin embargo, sí que hay algo distinto que he de exponer. La Semana Santa se nos ha escapado, echándose al aire como pétalos sumisos e inermes ante un suave soplido. Y se nos ha marchado, la Semana Santa ha llegado a su término porque ha sido. Porque ha sido, se ha acabado la Semana Santa. Mas no nos quedemos en los juegos de palabras.

Esta inexorable marcha es fruto de la posesión. Porque vi a la Macarena se me escapó entre doce varales y una mañana que despuntaba. Así tal vez se comprenda mejor. Creo que dije que del ser al parecer hay un abismo. De la teoría a la práctica. De la intimidad opaca al desnudo de las entretelas del sentido. En pocas palabras, de reencontrarnos, dos años más tarde, con lo que nos alimenta el sentido. Con los dedos que rozan cuando la gravedad nos empuja hacia abajo. El sueño que buscamos en las otras semanas. Los días de abstracción, recogimiento, júbilo y todo aquello que quepa en la retina de cada cual. Y todo ha vuelto entre nosotros. Cuánto ha costado regresar, y qué rápido se nos olvida. Se ha sufrido, y hemos dejado, como lo seguiremos haciendo, mucha gente. Pero la Semana Santa, ¿qué es acaso si no recuerdo? A esperar, a descontar, a recordar. El sol va calentando y la memoria pronto comenzará a arder. Así creo que diría un amigo.

La Semana Santa de dos mil veintidós ya no es. Pero fue. Y que la próxima lo sea.

Ya no razono

Poseído por una especie de ludismo he hecho añicos la rueca. Se acabó la odisea, esta interminable y forzosa espera. Ahora, en estos días, como supo escribir Núñez de Herrera, no se razona. Mi cabeza bulle inconexa. No quepo en mí, le pregunto a mi espíritu qué tal, y me responde que exultante. Que vámonos. La Semana Santa íntima, la genuina y únicamente íntima, la de Romero Murube —la de cada cual—, ha vuelto. Ya se otea. Y no es que se perdiera esa inefable sensación, eso es imposible. Que los indefectibles, y benditos preludios, en ningún momento desaparecieron del todo, solo que faltaban, sobre todo, los tangibles. Y aquí están: los titulares en sus pasos, la túnica en la percha, la papeleta de sitio bajo el cristal de la mesa del salón. Los programas de mano. Lo que faltaba y había que recuperar.

Que de la teoría a la práctica hay distancia. Que el parecer y el ser son extremos de una recta prácticamente infinita. Pero es. Ahora sí es. Vuelve el ciclo de la vida, ¡que digo de la vida!, de la Semana Santa. Cínico de mí, como si no fueran la misma cosa. Regresan a la calle las cofradías, con el impedimento único de siempre para su salida: la insolente, impredecible e innombrable lluvia. Se retoma la inefable y exuberante exaltación popular. La plural y poliédrica manifestación cultural, parte vertebral de la idiosincrasia del andaluz. Porque se hace en la calle. Cristo sufre, muere y vuelve a la vida en la calle. Como nosotros, que regresamos a bebérnosla como un cáliz, pero esta vez dulce. Volver, que del latín viene y que podía pronunciarse como desenrollar — ahí queda la metáfora—. Incluso se da de nuevo una disyuntiva que un buen y lúcido amigo, Manuel Lamprea, me puso delante, la de acudir a los grandes días, o no estar, marchándose a otros destinos o sin salir de casa mientras estos duran. Entre los cofrades no se echaba de menos, pero por su condición de inmanente vuelve, asimismo.

Escribo porque no razono, y al menos así me desahogo. Tal es mi enajenación que, en la mañana, mientras por la acera me encontraba caminando, reproducía en mis casos inalámbricos una marcha. Una de palio. Y tras un señor, a una distancia aún prudente, se me ha revelado una aparente buena idea. Me he cogido su paso y he dejado que mi ensoñación se desatase. Él, delante, ajeno a mi entelequia, camino de dondequiera que fuese. Y yo detrás, fabricando en el pequeño recinto de las proyecciones una a mi medida. Una en la que compartíamos trabajaderas y devoción. Cómo se mecían los varales.

Menos mal que leyéndome me doy cuenta de mi matinal delirio, que a estas alturas comprendo, pero que no repetiría. O sí. Creo que sé en qué desembocará todo esto, y en medio de mi presente sinrazón, con el gobierno de lo visceral, espero. Pero no la cura, que si no sé si existe ni si la querría tomar. Espero la Semana Santa. Nuestra Semana Santa.

 

De toda la vida…

Me comenta un amigo de las cofradías —de los buenos, por tanto— que gusta demasiado el argumento «de toda la vida». Y creo que tiene razón. O al menos pienso igual, que viene a ser lo mismo.
La ligereza en el uso es directamente proporcional a la facilidad que tiene para ser despojado de fuerza argumentativa. De toda la vida este misterio ha andado así. De toda la vida se ha vestido de esta manera a las imágenes. Pero ¿qué es toda la vida? ¿La que uno vive? ¿Lo que he podido ver con mis ojos? Si tengo cincuenta años y desde siempre tengo ese recuerdo, ¿eso es toda la vida? Y si precisamente se comenzase en los primeros años en que se puede tomar conciencia por parte de quien esgrime tal argumento, ¿qué representan cincuenta años en trayectorias de varias centurias? Nada más que nada, es una cifra ridícula. Es una idea vacua, no tiene peso.

Pero, aun así, ¿qué legitimidad otorga que algo se haga de toda la vida? Porque, por ejemplo, de toda la vida las mujeres no han podido vestir la túnica en las cofradías… Aquí vemos como el argumento no tiene sentido, y una tesis debiera universal, extensible a todo ámbito. Por tanto, emplear el de toda la vida debe tener el mismo carácter en el papel de las mujeres, en el andar de los pasos, en la vestimenta y en otros aspectos para los que también se arguye. Sin embargo, con un ejemplo como el expuesto vemos las carencias que presenta. Y no, no acepto un «es que no es lo mismo una cosa que la otra».

Entonces, ¿qué esconde el de toda la vida? ¿Un miedo al cambio? Esto es natural y comprensible, por supuesto. Somos dados a mantener el statu quo, sobre todo si nos beneficiamos o preferimos evitar las convulsiones. Sin embargo, hay que estar a la altura de cada tiempo y comprender el proceso de evolución. Necesitamos saber dónde estamos y hacia dónde vamos. La negativa a cualquier propuesta conduce al estancamiento y la desconexión. Y las Hermandades son un órgano vivo. De ahí que a veces sea recomendable escuchar a las voces jóvenes, con sus propuestas renovadas y más cercanas, por lógica, a la época que se hiende.

Tampoco se trata de aceptar todo ni de cualquier manera. No es lo que se plantea. Aquí se defiende la libertad, adalid de la pluralidad, reflejo de lo genuinamente popular. En resumidas cuentas: dejemos fluir las tendencias, que la vida es mutable y, por extensión, las cofradías también. En sus Meditaciones, Marco Aurelio asevera que «el mundo no es más que transformación, y la vida, opinión solamente». Y a mí me gusta escuchar a los sabios antiguos. Lo tengo claro: con un tamiz se puede ir dejando entrar lo nuevo que refresque. Y es que cómo sería la Semana Santa si no hubiera evolucionado, y si, en su lugar, el de toda la vida hubiese reinado en cada tiempo.

Comparen y decidan. Miren en su zurrón de recuerdos. O búsquenlo en los libros —que los hay muchos y muy buenos— y verán. Pero desde ya les aseguro que muy distinta de como la conocemos hoy. Grandes innovaciones y rupturas en su momento son aceptadas con normalidad en nuestro presente. Y ni siquiera aceptadas, sino asimiladas como otra parte cualquiera. La Semana Santa de hoy —que pronto será un tiempo pretérito— es distinta de como fue ayer. Incluso mucho. Y la de mañana tiene el deber de verse distinta a la que miraremos en la calle en unos cuantos días. E igual que nuestros días, no será mejor ni peor. Tan solo será. Y ojalá lo siga siendo.

Aquí, sin mojarme

He escrito unos cuantos artículos cofrades —más de cincuenta— y creo que en ninguno me he mojado. O al menos, sobre los grandes temas de debate, a saber, la Carrera Oficial, los horarios, las incorporaciones de nuevas Hermandades, los pregoneros, los cartelistas y sus carteles, y algunos más que aparecen, perviven y desaparecen cada Cuaresma. Acerca de estos temas nada he dicho.

¿Por qué no lo hago, por qué no me mojo? Diría que hay dos motivos: uno, porque sobre la mayoría de los temas no tengo una opinión sólida; la otra razón es porque prefiero escuchar y mantenerme al margen, contraponiendo pareceres, tratando de comprender. Aunque no opine, me parece estupendo que se discutan estos temas, a pesar de que a veces los términos en que se hace dejen mucho que desear. O que los temas sean triviales o innecesarios. Entiendo, por encima de todo, que esta actividad vivifica las cofradías, mantiene vivo el espíritu de los cofrades. Es una necesidad hacerlo.  Y como gran acontecimiento popular, la Semana Santa no sería igual sin la tertulia en barra, el artículo tendencioso o la burla generalizada en las Redes Sociales, que han multiplicado esta tendencia natural. En suma, mientras haya opinión habrá Semana Santa. Cuando nada importe y caigamos en la indolencia ante cualquier banalidad, ¡ay! de nosotros los cofrades.

Pero en este artículo voy a hacer por mojarme. La humedad me ha calado, así que ya me tiro de cabeza. El conjunto de los cofrades, menos yo hasta ahora, opina. Pues voy a opinar de los que opinan, que como escucho a muchos, sé de lo que hablo. Y opino que me gustan, ya me encuentre más o menos de acuerdo con sus exposiciones, los que lo hacen de frente. Los que ponen su nombre, sus apellidos y su pluma o su voz. Y si con su independencia aportan ideas distintas, mejor todavía. Luego, como digo, veré si me parece bien, mal, acertado o un disparate, pero el hecho de opinar de esta forma me invita siempre a estar pendiente de lo que se exponen. Se merecen ser escuchados, y esto no es poco. Del mismo modo, aquellos que se esconden detrás de un seudónimo o, simplemente defienden las tesis amparadas por los grupos de influencia, me cuesta más escucharlos y más aún tenerlos en cuenta.  No digo que cuando creo que tienen la razón se la quite, pero se me hace difícil digerir esta posesión. A mi juicio, esta es mi opinión, ser independiente se paga caro, y no serlo debe estar bien remunerado. Todo tiene un precio.

Bueno, después de mucho escrito creo que he dado una opinión, y como no podía ser de otra manera viniendo de mí, sobre opinantes. Pero se queda uno a gusto, igual me prodigo más por este ámbito en próximos artículos. A ver si me vuelvo un canalla de esos.

In aeternum

Caigo en el error de lamentarme por haber borrado aquellas líneas. Estuve a punto de hacerlo, y no lo hice. Decidido a hacerte lo que siempre proclamo —homenajear en vida—, y al final no lo hago. Pero es un error pensar en mi propia equivocación. Y lo es porque para mí se quedan las horas que he echado atrás contigo y tus cantores. Mis palabras, como tú y a quien ya debes estar viéndole el rostro sabéis, son sinceras. Salen de un corazón herido, uno como el de cualquier sevillano. Ay, sevillano, sentimiento de pertenencia extendido por mor de tu obra, capaz de convertir a aquel que la sienta en portador de la más genuina sevillanía.

Por desgracia, no soy nuevo en esto de despedir a artistas a los que admiro. Son parte de uno, y su pérdida se siente cercana, casi como la de un familiar. Pero, aunque haya tenido que decirle adiós a algún que otro artista, nunca te acostumbras. Y, si no conoces al hombre debajo del artista, puedes desarrollar, al menos, un consuelo: muere la persona, no su obra. La carne se duerme, pero el arte sigue despierto. Y mientras que los mortales te seguiremos escuchando y partiremos cuando el Padre nos llame, lo que nos has dejado seguirá sonando. Tal es la grandeza de un artista, que tiene el poder de trascender, la licencia inextinguible que permite hablar siempre en presente de él.

En un pueril error, este sí, podría entrar en mentar a aquellos que te han vuelto la espalda y ahora te lloran; mas no creo que merezca la pena ni que tú, siempre fiel a ti mismo, lo quisieras. Qué más te dará eso si has alcanzado la más alta de las cotas: ser el pregonero del pueblo, ¡qué dicha más grande!

Ahora, frente a frente con el rey de los cielos, felicítalo por la fantasía que puso en su gran creación urbana. Rezaré por ti, Pascual, y lo haré cantando, porque así reza Sevilla. Qué bonita debes estar viendo a la Giralda.

Con una certeza incierta

Tenía una certeza, y la perdí. La realidad, alejada del deseo que daba vida a esa certeza, me la quitó. Y lo hizo como se hacen estas cosas: sin reparo ni clemencia, arrancándome el escudo que protegía el temor de errar, dejándolo inerme. En evidencia. Mi certeza se quedó desnuda, en los huesos. Y ahora, en la distancia del tiempo, la miro con compasión, no con la lástima que pueda sentirse por un despojo, sino con la candidez previa a la madurez.

Aquella certidumbre era que tras un Domingo de Resurrección vendría un Domingo de Ramos al año próximo. Que solo la lluvia, y si acaso, me privaría de tal nuevo comienzo. Qué inocencia la mía, me faltaban algunas muescas que ahora sí tengo, aunque sean menos que las que tendré más adelante. Llegó lo que todos sabemos y pum, como unas manos que avientan un mantel aún caliente, vino eso que hizo saltar por los aires la dichosa certeza. Como una granada esparciendo metralla; esa metralla era mi certeza hecha pedazos.

Al principio lo niegas, quieres no creerlo, tu respuesta es así de pueril. Pero solo es cuando lo tienes encima, con la nube sobre tu frágil conciencia, cuando entra en tu razón la necesidad de desalojar a la inquilina. Es irremediable, la orden de embargo es inapelable. No hay Semana Santa, ni existe ya —nunca la hubo— la seguridad de la fecha en que volverá. Un día en el calendario, que es indeleble, es lo único que tenemos. Todos creemos que este lo será, que volveremos. Pero solo es una hipótesis, y aunque tenga un nivel alto de confianza, nadie le puede quitar la incertidumbre. La que vino a sustituir a la certeza. La lluvia nunca nos importó demasiado, era un pequeño hándicap que nos imponíamos para que no fuese tan certera nuestra Semana Santa. Para que hubiese sol casi siempre, y el Viernes Santo anduviese con la nube detrás de la oreja, o lo que es lo mismo, con un Cachorro dubitativo.

Este año apunta a que sí, a que volveremos, y qué cosa más grande. Pero sin la serenidad que da la matemática, que se limita a contar hacia atrás. Volveremos cuando llegue el domingo y se haga la igualá del palio. Y cuando el martes a las nueve quedemos en la Casa Hermandad para limpiar plata. Y cuando, como efluvios líricos, se expelan las palabras de un pregonero desde el atril. La vuelta se irá consumando, para mí, con cada paso, con cada llaga que pueda ir palpando.

Perdí la certeza, pero como Tomás, he ganado una fe inquebrantable en lo que veo, en aquello en que me siento viviendo por una sola vez. Las huellas por donde la certeza ha hollado dejan un rastro de eternidad, de apreciar lo fugaz de lo presente. Ya sé que he de hacer cuando vea a Pino Montano por Los Mares, a San José Obrero por Jabugo; a la Amargura por Francos; a Santa Marta por el Salvador, al Cerro en su salida… Y, en fin, en todas aquellas fracciones de mi vida en que tenga una cofradía delante.

Siempre lo supe, pero ahora tengo la certeza.

La Resurrección presenta una nueva toca sobremanto

La Hermandad de la Sagrada Resurrección y, en concreto, Nuestra Señora de la Aurora, estrenará el próximo Domingo de Resurrección una toca de sobremanto. La pieza, obra de José Ramón Peleteiro, y que sigue la idea inicial de Antonio Joaquín Dubé de Luque, será presentada en el Círculo Mercantil e Industrial, en la exposición “Círculo de Pasión 2022. Luz de Luz: el camino de la Resurrección”, exposición que celebra la propia corporación del 22 al 30 de enero.

La toca de sobremanto se trata de uno de los regalos que los hermanos le ofrendarán a la titular mariana por el L Aniversario fundacional, cumpliéndose la efeméride el 19 de marzo de este año, con las cinco décadas desde la erección canónica.

San Gonzalo planteará el proyecto de manto de salida a los hermanos

La Hermandad de San Gonzalo convoca un Cabildo Ordinario para el próximo treinta de enero. En él, además de los puntos preceptivos, hay dos de especial interés. Uno, informar a sus hermanos sobre la estación de penitencia del próximo Lunes Santo.

Por otro lado, el domingo treinta de enero a las 10 y media, día y hora de la citación en la casa hermandad, también se presentará el diseño y el presupuesto de ejecución del manto bordado de salida para Nuestra Señora de la Salud.

Quedará pendiente la aprobación de este punto que, de ser así, permitiría continuar con el proyecto más ambicioso que tiene la Hermandad entre manos en estos momentos: enriquecer el ajuar de su titular mariana.

José María Pedernal designado cartelista del LXXV Aniversario de la Coronación de Gracia y Esperanza

José María Pedernal Álvarez, licenciado en Bellas Artes por la Universidad de Sevilla y profesor de Dibujo en la Educación Secundaria Obligatoria, ha sido designado cartelista del LXXV aniversario de la coronación de Nuestra Señora de Gracia y Esperanza, titular mariana de la Archicofradía sacramental de San Roque.

Así lo ha decidido la Junta de Gobierno de la corporación del Domingo de Ramos que, reunida en Cabildo de Oficiales, ha determinado este encargo, haciéndolo público en el día de ayer, miércoles.

El autor es un hombre experimentado en este campo, y da cuenta de ello su trayectoria: exposiciones individuales y colectivas, por ejemplo, Cien Años de Amor, que conmemoraba la coronación de la Virgen del Rocío. Asimismo, es suyo el cartel del Junio Eucarístico del Consejo General de Hermandades y Cofradías y el Cartel de Pentecostés del año 2021 del Rocío de Triana.