Fe a tientas

El Señor del Gran Poder me produce una impotencia expresiva irreversible. Sé, por experiencias pretéritas, que nada tiene que ver que el otro día no me cruzara con él en su camino. Que ocupáramos distintos puntos del espacio tiempo, que estuviéramos lejos si tomamos como referencia la geografía andaluza, o cerca si tenemos en cuenta su universal devoción, no influye en absoluto en esta dificultad.

Destellos súbitos y rutilantes pueden brotar en mi sesera, pero son incapaces de construir una prosa coherente, no ya que loe con bellos epítetos al Señor, sino que al menos ponga en pie las efusiones íntimas de mi espíritu, las más irracionales, mi vitalidad más desnuda. Una prosa que me muestre como lo que soy: un hombre. La divinidad del Señor, portada en las andas de sus hijos que funden lo que los separan, lo convierte todo en una expresión inefable. En una imagen, precisamente en una imagen, que es quien dice, que nos muestra una mirada, una lágrima, una plegaria, una persignación, o ese elocuente abandono de la actividad presente para verlo a él. Trato, y como mantra lo uso, de hacer que mil palabras valgan más que una imagen, pero con el Gran Poder es imposible. Sin verlo, y tanto como sentí, y que tan imposible me resulta expresarlo. ¿Será un castigo? No, más bien creo que es una compensación. El Señor me ofrece un asidero con una adherencia infinita, y a cambio solo me priva de las palabras justas para abrirme y compartir lo que su imagen me provoca y conmueve.

Seguro que por eso sale a la calle, que por eso fue trasladado, para constatar que no hace falta ni verlo para experimentar la dicha de ser acompañado en la vida terrenal por él. Cruzó la ciudad para dar un mensaje: que la fe es ciega, tiene una venda en los ojos, y es transparente.

Epifanías dadoras de vida

El otro día volví a escuchar una marcha. Y no fue cualquier marcha, fue La Marcha, ese himno oficioso de la Semana Santa que Font de Anta parió bajo el nombre de Amarguras. Podrían pensar que no es nada extraordinario, que el hecho de que un cofrade escuche una marcha no lo convierte en acreedor de un espacio para contarlo. Pero si esta acción se produce en el feudo de un cofrade que escucha música a diario y que, aun gustándole la música procesional, lleva meses y meses sin reproducir ninguna pista ya cambia la perspectiva.

Con el brío de las margaritas inundando las dehesas en primavera nació esta pulsión. Latente, agazapado se había mantenido el sentimiento que viene tras esta súbita acción. El deseo de escuchar esta marcha, como una epifanía, abrió la veda para que corriera por los recodos de mi alma esa sustancia sugestiva y chisposa, embriagante y adictiva que a los cofrades nos permite entendernos entre nosotros.

Había querido buscar una marcha, había abierto Youtube y buscado la marcha en cuestión, y le había dado al botón de reproducir. En el proceso me puse los auriculares, para mayor deleite. Pensaba, como ustedes podrían haberlo hecho al principio del texto, que estaba haciendo algo corriente, pero ignoraba cual chiquillo que estaba destapando el tarro de las esencias canoras. Ignoraba, o más bien tenía oxidado, lo que supone ser cofrade.

Por ello, entusiasmado y con los ojos como espejos nítidos me vine a mi diario cofrade. A este confesionario que vengo escribiendo por más de cuatro años en esta casa. Y conté esto que usted está leyendo, el pulso de un corazón que volvió de súbito a latir. Un corazón infartado a la inversa, una resurrección.

Así serán las nuevas bocinas para la Virgen de los Dolores del Cerro

En el Cabildo General de Cuentas y Presupuestos, celebrado el pasado día diecisiete, se aprobó el proyecto de ejecución de las bocinas que acompañarán al paso de palio de Nuestra Señora de los Dolores. El proyecto es obra de los hermanos Delgado López, con una línea ya trazada en otros enseres de orfebrería. Se busca dar continuidad a este estilo.

Las bocinas, de forma redonda y cónica desde la campana hasta la boquilla,  se componen de piezas entalladas repujadas con decoraciones. La terminación será pulida, abrillantada y plateada. El tamaño será de ochenta centímetros de altura cada una.

Asimismo, la Hermandad ha dispuesto que las bocinas actuales pasen a preceder al paso de Nuestro de Jesús de la Humildad, en cuya primera salida fue precedido por unas bocinas cedidas por la Hermandad de la Paz.

San Gonzalo inicia el proceso para el nuevo manto de salida de la Virgen de la Salud

El Hermano Mayor de San Gonzalo, Manuel Lobo, proyectó en su candidatura el bordado del manto de salida de Nuestra Señora de la Salud. Una ejecución que seguiría la línea de enriquecer el ajuar de la titular, como se viene realizando en los últimos años en el seno de la Hermandad.

Así, se acordó el pasado lunes 13 de septiembre, en cabildo ordinario de oficiales, nombrar a los miembros que formarán la comisión de seguimiento del nuevo manto, integrada por el Teniente de Hermano Mayor, el Promotor Sacramental 1º, el Mayordomo 1º, el Diputado Mayor de Cultos y Formación y los Priostes 1º y 2º.

Se trata del primer paso de este proyecto, en próximas fechas, o cuando la Junta de Gobierno estime oportuno, conoceremos más detalles sobre el mismo, como quién se encargará de la ejecución o el diseño del manto.

Así serán las jarras y violeteras del palio de San José Obrero

Esta semana la Hermandad de San José Obrero, que procesiona en la tarde del Sábado de Pasión, ha encargado la ejecución de unas jarras y unas violeteras.

Orfebrería Andaluza, Manuel de los Ríos e hijos, autores de toda la orfebrería del paso de palio realizará el juego de jarras y violeteras que enriquecerá el patrimonio de la corporación.

Siguiendo diseño original del taller y realizadas en metal chapado en plata, el dibujo de las mismas está basado en todo el conjunto de orfebrería y bordado ideado para la Hermandad, se trata de unas jarras y violeteras de estilo barroco que combinan piezas entallas repujadas en las que se podrán observar agallones, hojas de agua y otros motivos ya presentes en la orfebrería del paso de palio. Estas piezas entalladas se combinan en su centro con una bata ricamente repujada y rematadas por unas cartelas con motivos marianos y alusivos a la Hermandad.

Las jarras y violeteras destacan por lo original de su diseño al contar con sus asas en la boca y estará flanqueada en la parte del cuerpo con cabezas de querubes, siendo todas ellas adornadas con sus tradicionales broches con piedras de color azul, corporativo de San José Obrero.

Terminará así un proyecto iniciado en el año 2010, en el que año a año la Hermandad ha podido ir disfrutando de sus estrenos hasta la interrupción por la pandemia. Sin embargo, cuando el paso de Nuestra Señora de los Dolores vuelva a salir a las calles, saldrá con toda la orfebrería proyectada desde hace más de una década.

Dios me paga sin monedas de plata

“Que Dios te lo pague”, frase recurrente con la que se agradece a alguien que te ha hecho un favor. También a él —a Dios— le damos las gracias cuando llega una buena noticia u ocurre algo positivo. Haber expresiones con Dios hay, pero tampoco quiero aburrirles mentándolas todas, no he venido hoy a eso. ¡Vaya por Dios!, podrá exclamar alguno después de decir esto. Pero, en suma, lo que queda patente es que tenemos a Dios presente, cada uno a su manera, pues más de uno solo se acuerda de él para maldecir.

En mi caso, esto último, lo de maldecir digo, lo hago con cierta frecuencia, mas él me comprende, conoce bien mi carácter y sabe que tales expresiones en mi boca resultan inocuas. Nuestra relación es nuestra, podría decir que es especial y tal, pero para qué calificarla. De hecho, pocos días atrás le comenté acerca de lo que pienso sobre la gente que no se considera ni si quiera espiritual. No ya que no crea en Dios o en otras divinidades, sino que no vea más allá del opaco mundo tangible. Él no me contestó, me dejó hablar mientras asentía lentamente y relajaba los labios dejando caer una casi imperceptible sonrisa. O esto me lo he inventado yo, bueno ahora no lo sé, qué más da. La cuestión es que le hable sobre mi aversión hacia estos individuos, sin inquina pero sin ambages, tal como lo sentía. Y él me escuchó como siempre.

Lo que venía diciendo, pienso en él casi a diario, le hablo de usted, él me escucha y, sobre todo, me paga. Mas no lo hace en monedas de plata, ni tampoco de forma periódica y rigurosa, me paga cuando le da la gana. O como creo yo, cuando más me hace falta es entonces el momento en que coloca su talonario en mi bolsillo. Así se porta conmigo, y yo, siempre a vueltas con él, se lo agradezco. Pienso que escribir esto, aun a costa de desvelar nuestras intimidades, es agradecérselo, es decir que creo en Dios. Y cuando este me paga no es un “Hoy creo en Dios” de Bécquer —el que llegó tarde al romanticismo y fue el más romántico—, es un “Hoy creo más aún en Dios” lo que experimento.

Puede que por ser así me pague de cuando en cuando; o tal vez me paga a diario y solo me doy cuenta a veces de sus providenciales remuneraciones. Sea como fuere, Dios me paga y con ello soy feliz.

Exposición cofrade en La Puebla de los Infantes

Entre los días 19 y 4 de abril se realizarán en La Puebla de los Infantes una serie de actividades cofrades.

Destaca, entre ellas, una exposición de enseres de las Hermandades locales, que contará desde tocas y otras vestimentas de vírgenes hasta los pasos en los que procesionan alguna de las imágenes de las cofradías de esta localidad. Asimismo, también se podrá contemplar una exposición con más de 500 medallas de las hermandades de la Vera Cruz de todo el mundo, incluida la local.

Las calles servirán de lienzo para dibujar un recorrido virtual, compuesto por fotografías impresas en lonas de gran tamaño de todos los titulares que procesionan en Semana Santa, que servirá para conocer también el pueblo y sus puntos de interés. Se hará bajo la dirección de un guía.

Esta actividad, promovida por la asociación Turpuebla y con la colaboración del Ayuntamiento del municipio y las hermandes, busca dar a conocer la Semana Santa de la Puebla de los Infantes además de reactivar la economía.

Indefectibles, y benditos, preludios

La Semana Santa, desde donde la vemos tantos, se alimenta de un preludio. De señales visuales, pictóricas, olorosas, intangibles…y hasta cabría decir hormonales. Podría ser esta última una afirmación peregrina, un dislate en un tiempo propicio para perder la cordura. O tal vez sea la más certera.

Si hacemos una introspección, es decir, nos miramos con franqueza el alma, veremos en ella una transformación, el cuerpo comienza a reaccionar distinto ante los estímulos externos. De pronto, como si una tarea automática diera comienzo, los ojos se van al blanquiverde de los naranjos, un son de piel tibia comienza a golpearle en las sienes, con una pastilla incandescente se encuentra en la mano y siente su cuerpo más ligero, una primorosa primavera parece haber llegado a sus sentires. Está —cuando estos síntomas ebullen—acelerándose el ciclo. No está empezando, sino que es en estas fechas cuando se dispara hasta retornar a su estado de latencia unas semanas después de este punto. La finalización de este, que supone su única interrupción, no debe ser difícil adivinar donde queda programada.

El año pasado, en medio de esa vorágine de incertidumbre, miedo, dolor y angustia pudo quedar interrumpido, o no despertarse si quiera. Sin embargo, el presente año muestra signos de ser distinto. Al ser involuntario, algo intuirá el cuerpo mostrándose tan receptivo. No seré yo quien refrene su ímpetu. Lo que me preocupa es que se equivoque con su irrefrenable deseo y que, al ver que es imposible consumar, se decepcione llegado el momento. Más fiascos no, por favor. Aun así, la coyuntura no está como para rechazar los pocos estímulos benignos que se nos presentan. Ya veremos luego el precio.

Este preludio vigoroso. ¿Qué quiere que le diga?, me consuela. Me confirma que en las tabernas de mi alma se sigue hablando de cofradías. Tendrán restricciones horarias y recortes sentimentales, pero las tertulias retumban entre las barras, los cuadros y los gélidos grifos. Y el calor de las tabernas contagia el alma como ningún otro colectivo. ¿Otra cervecita?

No recuerdo qué pedí en el veinte veinte, si es que tuve un acceso pedigüeño. Pero este año sí, y pediré, solo, no siendo poco, que mi organismo no acuse esta inanición. Espero que se mantenga paciente y, aunque active sus mecanismos creyendo que vendrá una ingesta que no se producirá, no se resienta. Espero a los indefectibles preludios del veintidós, los de este ya me levantan del lecho cada mañana.

Un obrero por la calle Sol

La calle  Sol se yergue imponente. Si ya es estrecha, aun más angosta se hace. Está abarrotada, que es lo que produce esa sensación, y esto  a su vez es producto de una cualidad de la Semana Santa, la capacidad de ensanchar rincones por ínfimos que sean para volver a empequeñecerlos. El ávido cofrade busca estos puntos, alejándose de las destempladas grandes avenidas, infecundas en la tarea de crear atmósferas ideales.

A pesar de ser buscados especialmente estos puntos, siempre se cuela algún polizón, ignorando las peculiaridades del lugar. Se produce entonces en el transcurrir de la cofradía una sensación antitética en quien la presencia: el deseo de abrirse paso —aun a empellones—  y aliviar el agobio de la densa atmósfera frente al anhelo de que nunca termine el momento, o que vuelva a comenzar.

La acera, parca a ambos lados, arrebuja los pies de los sevillanos allí congregados. El adoquinado, suficiente sin más, es territorio de los miembros de la cofradía que desfila sus dos pasos precedidos de diáfanas ondas de incienso. Mucha juventud a ambos lados, tal vez por analogía con la cofradía, o quizá por aquellas ideas tan arraigadas como atávicas sobre las vísperas. En los balcones sí se ve apostada gente de más edad, presumiblemente vecinos de esta zona noble de la urbe.

Y llueve. En ningún momento del año el sevillano mira con más atención, incluso suplicante, al cielo. Mas que nadie se turbe, la lluvia es metafórica, se precipitan pétalos desde terrazas y azoteas, la única tolerada en Semana Santa. Es la mitad del transcurso.

Tras la jubilosa lluvia la calle alcanza el embudo. La acera se convierte más en un zócalo que en un lugar por el que puedan transitar peatones, el final está cerca. El aire fresco para quien lo ansía ya aguarda a pocos metros.  La música, con la acústica que le brinda la calle, no cesa y brinda sonido oponiéndose al preceptivo silencio que ahora se acentúa especialmente por la dificultad de avanzar los pasos por el final de la calle. Puede que sea  el tramo de menor decoro, por la nostalgia súbita de lo que se acaba y por seguir avanzando, con la mente ya dispuesta para otros momentos.

La Hermandad de San José Obrero deja atrás la calle Sol, pasa al recuerdo un momento único de su particular estación de penitencia.

Prendido en San Andrés

Es miércoles noche y en Sevilla una turba corre por el centro, parece que hacia San Andrés. El estrépito hiende la noche, que ya reposaba tranquila en el conticinio.  La intuición se confirma,  allí llegan, y dando luz con una antorcha alumbran a un hombre dócil con la cabeza gacha y que se encuentra delante de un olivo. Junto a él unos hombres que oponen inútilmente resistencia. Es prendido.

El reo no trata de desasirse, y solo habla para pedir que se calmen los que lo defienden, San Juan, San Pedro y Santiago, y para aseverar ante sus captores: “yo soy aquel a quienes habéis venido a prender”. Toda una lección, sobre todo para aquel que acompaña a los sayones y los soldados, ese bastardo de Judas.

Los vecinos de la calle Cuna, contigua al lugar donde se encontraba el tal Jesús, se despiertan y bajan a la calle, para en silencio presenciar la aciaga estampa, completada por la música de unas cornetas que suenan de júbilo, celebrando que en San Andrés han capturado al que llaman “el Mesías”.