Exposición cofrade en La Puebla de los Infantes

Entre los días 19 y 4 de abril se realizarán en La Puebla de los Infantes una serie de actividades cofrades.

Destaca, entre ellas, una exposición de enseres de las Hermandades locales, que contará desde tocas y otras vestimentas de vírgenes hasta los pasos en los que procesionan alguna de las imágenes de las cofradías de esta localidad. Asimismo, también se podrá contemplar una exposición con más de 500 medallas de las hermandades de la Vera Cruz de todo el mundo, incluida la local.

Las calles servirán de lienzo para dibujar un recorrido virtual, compuesto por fotografías impresas en lonas de gran tamaño de todos los titulares que procesionan en Semana Santa, que servirá para conocer también el pueblo y sus puntos de interés. Se hará bajo la dirección de un guía.

Esta actividad, promovida por la asociación Turpuebla y con la colaboración del Ayuntamiento del municipio y las hermandes, busca dar a conocer la Semana Santa de la Puebla de los Infantes además de reactivar la economía.

Indefectibles, y benditos, preludios

La Semana Santa, desde donde la vemos tantos, se alimenta de un preludio. De señales visuales, pictóricas, olorosas, intangibles…y hasta cabría decir hormonales. Podría ser esta última una afirmación peregrina, un dislate en un tiempo propicio para perder la cordura. O tal vez sea la más certera.

Si hacemos una introspección, es decir, nos miramos con franqueza el alma, veremos en ella una transformación, el cuerpo comienza a reaccionar distinto ante los estímulos externos. De pronto, como si una tarea automática diera comienzo, los ojos se van al blanquiverde de los naranjos, un son de piel tibia comienza a golpearle en las sienes, con una pastilla incandescente se encuentra en la mano y siente su cuerpo más ligero, una primorosa primavera parece haber llegado a sus sentires. Está —cuando estos síntomas ebullen—acelerándose el ciclo. No está empezando, sino que es en estas fechas cuando se dispara hasta retornar a su estado de latencia unas semanas después de este punto. La finalización de este, que supone su única interrupción, no debe ser difícil adivinar donde queda programada.

El año pasado, en medio de esa vorágine de incertidumbre, miedo, dolor y angustia pudo quedar interrumpido, o no despertarse si quiera. Sin embargo, el presente año muestra signos de ser distinto. Al ser involuntario, algo intuirá el cuerpo mostrándose tan receptivo. No seré yo quien refrene su ímpetu. Lo que me preocupa es que se equivoque con su irrefrenable deseo y que, al ver que es imposible consumar, se decepcione llegado el momento. Más fiascos no, por favor. Aun así, la coyuntura no está como para rechazar los pocos estímulos benignos que se nos presentan. Ya veremos luego el precio.

Este preludio vigoroso. ¿Qué quiere que le diga?, me consuela. Me confirma que en las tabernas de mi alma se sigue hablando de cofradías. Tendrán restricciones horarias y recortes sentimentales, pero las tertulias retumban entre las barras, los cuadros y los gélidos grifos. Y el calor de las tabernas contagia el alma como ningún otro colectivo. ¿Otra cervecita?

No recuerdo qué pedí en el veinte veinte, si es que tuve un acceso pedigüeño. Pero este año sí, y pediré, solo, no siendo poco, que mi organismo no acuse esta inanición. Espero que se mantenga paciente y, aunque active sus mecanismos creyendo que vendrá una ingesta que no se producirá, no se resienta. Espero a los indefectibles preludios del veintidós, los de este ya me levantan del lecho cada mañana.

Un obrero por la calle Sol

La calle  Sol se yergue imponente. Si ya es estrecha, aun más angosta se hace. Está abarrotada, que es lo que produce esa sensación, y esto  a su vez es producto de una cualidad de la Semana Santa, la capacidad de ensanchar rincones por ínfimos que sean para volver a empequeñecerlos. El ávido cofrade busca estos puntos, alejándose de las destempladas grandes avenidas, infecundas en la tarea de crear atmósferas ideales.

A pesar de ser buscados especialmente estos puntos, siempre se cuela algún polizón, ignorando las peculiaridades del lugar. Se produce entonces en el transcurrir de la cofradía una sensación antitética en quien la presencia: el deseo de abrirse paso —aun a empellones—  y aliviar el agobio de la densa atmósfera frente al anhelo de que nunca termine el momento, o que vuelva a comenzar.

La acera, parca a ambos lados, arrebuja los pies de los sevillanos allí congregados. El adoquinado, suficiente sin más, es territorio de los miembros de la cofradía que desfila sus dos pasos precedidos de diáfanas ondas de incienso. Mucha juventud a ambos lados, tal vez por analogía con la cofradía, o quizá por aquellas ideas tan arraigadas como atávicas sobre las vísperas. En los balcones sí se ve apostada gente de más edad, presumiblemente vecinos de esta zona noble de la urbe.

Y llueve. En ningún momento del año el sevillano mira con más atención, incluso suplicante, al cielo. Mas que nadie se turbe, la lluvia es metafórica, se precipitan pétalos desde terrazas y azoteas, la única tolerada en Semana Santa. Es la mitad del transcurso.

Tras la jubilosa lluvia la calle alcanza el embudo. La acera se convierte más en un zócalo que en un lugar por el que puedan transitar peatones, el final está cerca. El aire fresco para quien lo ansía ya aguarda a pocos metros.  La música, con la acústica que le brinda la calle, no cesa y brinda sonido oponiéndose al preceptivo silencio que ahora se acentúa especialmente por la dificultad de avanzar los pasos por el final de la calle. Puede que sea  el tramo de menor decoro, por la nostalgia súbita de lo que se acaba y por seguir avanzando, con la mente ya dispuesta para otros momentos.

La Hermandad de San José Obrero deja atrás la calle Sol, pasa al recuerdo un momento único de su particular estación de penitencia.

Prendido en San Andrés

Es miércoles noche y en Sevilla una turba corre por el centro, parece que hacia San Andrés. El estrépito hiende la noche, que ya reposaba tranquila en el conticinio.  La intuición se confirma,  allí llegan, y dando luz con una antorcha alumbran a un hombre dócil con la cabeza gacha y que se encuentra delante de un olivo. Junto a él unos hombres que oponen inútilmente resistencia. Es prendido.

El reo no trata de desasirse, y solo habla para pedir que se calmen los que lo defienden, San Juan, San Pedro y Santiago, y para aseverar ante sus captores: “yo soy aquel a quienes habéis venido a prender”. Toda una lección, sobre todo para aquel que acompaña a los sayones y los soldados, ese bastardo de Judas.

Los vecinos de la calle Cuna, contigua al lugar donde se encontraba el tal Jesús, se despiertan y bajan a la calle, para en silencio presenciar la aciaga estampa, completada por la música de unas cornetas que suenan de júbilo, celebrando que en San Andrés han capturado al que llaman “el Mesías”.

Paz

La primera. Y no es por una causa trivial, tiene una cimentada explicación: anunciar que ha llegado el sosiego que aplacará todo ruido, tribulación y dolor. Ella advierte con su presencia lo que adviene, la semana capital para el cristiano.

Tres letras conforman su nombre, que es minúsculo para cuanto encierra, ya lo decía el poeta de la Calzá. Ella es el mayor anhelo de la humanidad, el sueño inalcanzable.  Ella es  lo que este mundo de mentiras, violencia, falsedad, corrupción y otros males dice que aspira alcanzar, aunque por los caminos que transita no arribará jamás a un benigno destino.

Ella es tan ideal como sencilla, tan deseable como imposible, tan apaciguadora como grandes los males. Su rostro níveo ribeteado por las mejillas bañadas de agua dulce de aflicción me estremece y consuela, pues la miro y veo la luna hecha mujer.

De San Sebastián a España y al mundo. Cuánta falta haría que tantos se posaran a tu estampa y, tras un Ave María, Ella los ungieran con su blanca pureza. Pongan María de la Paz en su vida, que yo sé bien lo que digo.

 

Los ojos de quien mira

Cuando tuve ciertas luces y entré al mismo tiempo en el inmenso y variopinto submundo de las cofradías buscaba lo puro. Entendía que todo aquel que se acerca a las imágenes, de las varias formas  que las cofradías lo permiten, debía hacerlo por una profunda fe en Dios. Pensaba que aquel que se saliera de este requisito supremo sobraba, y esto explicaba  para mí que pudiese haber tantas personas siendo partícipes de las cofradías y viéndolas por las calles de nuestras ciudades y pueblos; porque si solo se acercara a ellas quien cumpliera estas estrictas normas no hablaríamos de grandes dígitos. Con el tiempo entendí que nadie sobraba, que solo se trata de perspectivas, de diferentes formar de mirar y acercarse. Un mundo que veía plano y con poca profundidad se partió y aparecieron numerosos filones que poder esculpir  y rincones que  disfrutar al descubrir. Después de aquello puedo sintetizar en tres las formas de mirar las cofradías una persona:

-La primera es la más rigurosa desde el punto de vista religioso. Es ver las cofradías como una celebración cristiana, solemne y conmemorativa de la Pasión, Muerte y Resurrección. Supone una externalización del culto, una liturgia en las calles.

-La segunda es de suma importancia por lo que supone, es la tradición. La gente hace suya las imágenes, mostrándole su devoción y transmitiendo los rituales de la mano de los recuerdos, sentimientos y vivencias.

-La tercera y última sale totalmente del plano religioso. Es el prisma del arte. Las imágenes sagradas son sin duda auténticas obras de arte junto con los pasos en los que procesionan.

Los extremos aquí no faltan,  por lo hay quien mira las cofradías desde solo un punto de vista. Pero estoy seguro que muchas personas mirarán las cofradías con una combinación y con la ponderación que quieran, puedan o le hayan enseñado a darle a cada forma de mirar. Los ojos de quien mira son solo suyos, pero miran lo mismo que todos nosotros.

Cuando canta el gallo

Cuentan las sagradas escrituras que Pedro, antes de que por tercera vez cantara el gallo, negó a Jesús por tres veces.                 Y lo hizo ante Él, que lo observaba con su mirada de paz, viendo cumplido aquello que aseveró Jesús tras la Última Cena. Antes de que Jesús pronunciara esas contundentes palabras, Pedro había dicho: “yo moriré por ti”.

El discípulo le asegura a Jesús que será capaz de hacer el máximo sacrificio, la muerte por El. Y sin embargo, un rato después, lo niega sin miramientos cual si no lo hubiera visto jamás. Es sin duda un misterio, el misterio del Carmen Doloroso, necesario en nuestra Semana Santa y por ende en nuestra vida cristiana. ¿Cuántas veces hemos sido Pedro?  Hay dos formas de serlo. Una primera, es muy clara y directa: negar nuestra fe por algún motivo.  Puede ser vergüenza o el deseo de ser aceptado lo que nos lleve a socavar nuestra fe. Seguro que existe quien no lo haya hecho, y hace bien por supuesto, más seguro que alguno de nosotros lo hemos llegado a hacer.

La otra forma de negarlo a Él quizá es más complicada de ser consciente de que se está haciendo. Simplemente  es salirse de su palabra, negarlo y no dejarnos ayudar en momentos de dificultad. Cuando dejamos de ser solidarios, justos, de amar al prójimo, estamos negando a Jesús, porque diciéndonos sus seguidores no estamos siguiendo su camino, lo estamos negando de forma implícita.

Cuando el gallo canta por tercera vez, cual si fuera un aviso, es porque hemos negado a Jesús, por eso hay que escucharlo.

Nuevo Hermano Mayor en el Carmen de San Leandro

La Junta de Gobierno de la Hermandad Sacramental del Santísimo Cristo de la Bondad, Nuestra Señora del Carmen y San Leandro, ha anunciado hoy que Juan Antonio González Macías será el nuevo Hermano Mayor de la corporación hasta las próximas elecciones,  que tendrán lugar en los próximos meses.

Hasta este nombramiento  ocupaba el cargo de Teniente de Hermano Mayor, antes de sustituir a Fabriciano Plaza León, quien el pasado 15 de julio –según informa la nota- dimitió por motivos laborales y personales.

Rosario de Cádiz no tocará en Olivares la próxima Semana Santa

La popular banda de cornetas y tambores, ha anunciado en sus redes sociales que no continuará tocando en Olivares. De hecho, ni siquiera se puede hablar de “continuidad” porque al quedar suspendida la Semana Santa del presente año no ha llegado a estrenarse esta formación. Situación un tanto extraña aunque son los hechos los que la definen.

Además, en el escueto comunicado, la banda deja claro su disponibilidad para esa jornada, lo cual no quiere decir nada pero podrían comenzar las cábalas sobre el futuro destino de la cotizada banda de Cádiz.

Dimite el Hermano Mayor de Torreblanca

Manuel Castillo López, Hermano Mayor de la Hermandad de los Dolores de Torreblanca presentó ayer su dimisión. En una carta se dirige a sus hermanos y les explica el motivo de su decisión:”veo necesario renunciar al cargo de Hermano Mayor, que por motivos de carácter familiar, me imposibilitan en adelante y por tiempo indefinido el desarrollo de las responsabilidades relativas al mismo”.

En el mismo cabildo de oficiales, se designó al nuevo Hermano Mayor, el actual teniente de Hermano Mayor, Miguel Ángel Sevillano Muñoz.