Blog

Clavel blanco para la Macarena

In Memoriam, José María Salado Cutiño

 

“Pichilín”

 

“Juan Pedro, ¿cuándo es el besamanos extraordinario de la Macarena?” Me preguntaste con gran interés la primera tarde que nos encontramos después del confinamiento, cuando la desescalada medía las fuerzas de un mayo que nos regaló el espejismo de reconducir un año excesivamente macabro.

“Pues no lo sé, José María. Aún la Junta no ha dicho nada al respecto sobre aplazar o cancelar el acto. En cualquier caso, se tratará de una veneración de la imagen sin contacto físico”. Mi respuesta no despertó en ti impaciencia. Allí, sentado junto a tu mujer Estrella en un banco a la sombra de nuestra Parroquia, me dijiste algo que no sé si era un secreto, pero era un fiel deseo. “Si te enteras avísame, que tengo promesa de ir y cantarle”.

Mi corazón se hinchó de Esperanza, como cada vez que Ella aparece repentinamente, sin calcular tiempo y espacio. Tu ilusión se hizo la mía. Yo quedé en avisarte cuando conociéramos la fecha. Pero ese aviso nunca se produjo, porque ese amago de primavera trucada y el falso verano se tornaron pronto en un nuevo otoño. O quizás fue el invierno que siempre estuvo ahí cambiando de traje. Ahora estamos en noviembre. La sombra de un nuevo confinamiento planea sobre nosotros y no hay atisbo para un encuentro cercano con Ella, que nos permita sentir hasta su aliento, pues la Macarena respira con ese aire de lo divino que tiene por nombre Sevilla.

El que toma aliento ahora soy yo, que no sé cómo continuar escribiendo estas líneas mientras asimilo la noticia llegada poco después de la hora nona, la noticia de que te has ido al encuentro de la Esperanza. Desde hace unas semanas tenías en vilo a esta familia amiga que sintió en el pasado tu aprecio y que intentó responder en sintonía con cariño, con el respeto que ganan las personas no por apellidos o sangre, sino por sus actos de buena voluntad.

Querido José María, en esta fatídica tarde de tu adiós se agolpan en mi interior los recuerdos de aquellas jornadas en la Peña, cuando tu voz hacía retumbar sus paredes. Yo crecí viéndote cantar. Cuando mis padres comenzaron con aquella laboriosa briega, yo apenas llegaba al mostrador. El día que nos marchamos, años después, pude fundirme en un abrazo contigo después de oírte cantar a la Macarena, emocionados los dos, sintiendo la mirada firme de la Esperanza, siempre protectora y maternal.

José María, no sé si alguien te lo comentó alguna vez, pero cuando le cantabas a la Macarena, decían más de ti los ojos que la voz. Deleitándote con cada verso, enfatizando siempre su nombre, tus ojos iluminados transmitían la fuerza de una devoción y un amor inquebrantable hacia la Madre de Dios. La Macarena siempre ha sido nuestra Esperanza, pero a partir de ahora no podré mirarla sin recordar cómo te emocionabas cada vez que en tu canción aparecía Ella, en aquella sevillana de tu admirado Francisco Palacios “El Pali”. Esa cuya primera estrofa arrancaba con el “Madre deme usted dinero, que soy donante de flores, pá adornar el paso de palio, de la Virgen mis amores…”

¿Era esa la sevillana que hubieras cantado ante la Macarena? No te lo pregunté y por tanto siempre albergaré esa duda, más mantendré una indiscutible certeza: que como buen hijo de Ella, estarás a su lado en esa nueva vida de eterna primavera. Premiará tus acciones, en las que materializaste su nombre, Esperanza. Premiará el cariño que le guardaste, que transmitiste a tus hijos y nietos. Conversará contigo sobre vuestros encuentros en la mañanas del Viernes Santo por su calle Feria y probablemente te pedirá que le cantes eso de “quisiera ser clavel blanco, quisiera ser clavel blanco, tal vez blanca azucena, para adornar el palio verde, verde de la Macarena”.

Querido José María, “Pichilín” te marchas dejando atrás una estela de recuerdos imborrables en tu familia y en aquellos que nos hemos sentido parte de ella. Y yo, incapaz de devolver todas las emociones que tu cante me transmitía, solo puedo limitarme a constatarlo con estas líneas. Gracias por ser tan buen hijo de la Esperanza y dar testimonio de Ella. Aunque no era la manera pensada, ni la deseada, ahora podrás cumplir tu promesa. Habrá gozo en el cielo porque ha llegado un clavel blanco dispuesto a cantar, eternamente, a la Macarena.