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5 de agosto

Decía Charo Padilla, en su Pregón de la Semana Santa, que ella poseía un cajón de estampas regaladas por nazarenos y cofrades anónimos. Estampas con las devociones de su vida o con las imágenes que habían marcado su trayectoria profesional y emocional. Estampas que llenaban todo un cajón de vivencias. Todos tenemos, como la pregonera, un cajón semejante. Con las imágenes que rezamos desde pequeño y también con aquellas con las que nos encontramos una vez y quedaron para siempre vinculadas a esa adolescencia perenne que es el recuerdo de lo vivido.

También dice un refrán que uno no es de donde nace, sino de donde pace. Yo matizo la expresión, pues tengo la orgullosa suerte de sentirme de allí de donde nací y también de donde fui uno más. Soy tan umbreteño como la sombra del arco pero también guardo en mí algo de aquellos lugares que, certificados con la credencial de la experiencia, formaron parte en algún u otro momento del discurrir de mis casi tres décadas de vida.

Por eso, en el cajón de mis estampas están, no solo aquellas que me acompañaron desde pequeño, las devociones que familiares y vecinos me transmitían, sino también aquellas que, sin estar teóricamente predestinadas a aparecer en mi vida, lo hicieron de una forma decidida, con la contundencia de quien llama a un corazón sabiendo que, cuando éste sienta el calor de la acogida, ya nunca querrá marcharse. Hoy, una de esas estampas del cajón de mis devociones se sacude el polvo fantasmal de la pandemia para saludarme con el rostro de la Patrona de Benacazón, la Virgen de las Nieves.

Y, al saludarme ella, es como si volvieran a hacerlo sus hijas, esas ejemplares piñoreras, Antonias o Pepitas, Dolores o Reyes, y otro sinfín de nombres entre los que destaca el suyo, Nieves. A ese saludo he respondido con el agradecimiento inmenso por aquellos años en los que trabajé a la sombra de sus muros, muy cerca de ella, principio y final de toda conversación preciada con su gente, con esas vecinas que me abrieron las puertas de su casa, que me contaban sus historias y las de su pueblo, las de sus costumbres y las de su Virgen. Vidas azarosas, pero siempre amparadas con la celestial bendición de la madre de todos los benacazoneros.

Hoy, esa herida que abrió la falsa primavera de este año, y que aparentó cicatrizar por el inexorable paso del tiempo, vuelve a abrirse con la llegada de un agosto atípico, cargado de citas importantes, de rituales que este año están llamados a ser vividos con nuevas normalidades. Hoy, la Virgen que de pequeño visité esporádicamente, y a la que aprendí a rezar cuando se convirtió en mi vecina durante aquellos años de brega laboral, queda a los pies de su Altar Mayor, esperando los rezos de sus hijos e hijas, que nunca dejarán sola a la guardiana de sus sueños. Por eso en Benacazón, cuando llega la hora de descansar dicen aquello de “hasta mañana si Dios quiere y la Virgen de las Nieves”.

Hoy, 5 de Agosto, el día más grande del pueblo piñonero, vuelvo a encontrarme, a través de la estampa del recuerdo, con el rostro de la vecina que me acompañó durante algo más de dos años, la que me ofreció su cercanía como lo hicieron todas sus amables hijas. Benacazón es un pueblo de brazos abiertos que te rodean al abrigo de la Virgen de las Nieves. Al ver su estampa, puedo volver a ver a todas sus vecinas, incluidas algunas que ya se fueron, como Pastora, que caminaba incansablemente tras ella, o Antoñita la Dulce, que la esperaba impaciente en su puerta.

Al ver su estampa, he podido recordar su emotiva procesión por sus calles: la cúpula de la Carretera, los arcos del Carpio, la cancela de la Choza y los fuegos en la esquina de la calle de la Iglesia, allí donde una vez dejé caer pétalos sobre su corona, para recalcar su condición de Flor de las flore (más pronto que tarde ha de llegar el momento en que se cumpla el anhelo de sus hijos por verla coronada canónicamente). En esa estampa deposito hoy, 5 de Agosto, mis recuerdos. Y también mi agradecimiento a las buenas vecinas de Benacazón.

 

Fotografías de Javi Rodríguez