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La última chicotá de Pedro Andandete

Aquella mañana de sol primaveral despertaría en un amanecer temprano de cohetes que traían el anuncio de los hombres que iban al campo. Yo tendría unos quince años y acudía por vez primera a uno de los rituales más esperados por los hombres y que contaba con la complacencia de todo un pueblo expectante: la corta del romero en la Víspera de Su Majestad, la Procesión de Impedidos que regalaba al pueblo la mañana más bonita del año.

Fue la primera vez que traté con Pedro Andandete, un hombre al que yo conocía de vista, involucrado en la hermandad y siempre en torno a los pasos, pues había sido capataz durante años. Cuando Pedro fue consciente ese día de quien era mi familia, y por tanto, del legado cofrade que, por ambas ramas, me había sido transmitido, apostó por mí. Me dio a entender que yo tenía que formar parte de aquella hermandad porque lo llevaba en mi sangre, me arengó, como hacía con la nutrida juventud que había en aquellos años, a involucrarme. Aquel día descubrí a un hombre que llevaba sus devociones en el corazón y el nombre constante de la Hermandad Sacramental en una boca henchida de orgullo, como lo hacían Flores el Cohetero, mi tío Chiqui o el otro mítico capataz, Diego el Pilín.

Tímidamente comencé a integrarme, en intervalos, en el Grupo Joven de una hermandad de la que llegaría a formar parte de su Junta de Gobierno. Durante seis años, con mis errores y aciertos, trabajé por mi hermandad con la fuerza de esa sangre Sacramental que años antes Pedro, un auténtico visionario, me invitó a descubrir. A él, como a otras tantas personas, le debo esa huella de mi experiencia en la vida de nuestra cofradía. Pedro forma parte de esa familia cofrade que se expande más allá de los límites de la consanguinidad.

Pero cuando yo entré a formar parte activa de la hermandad, Pedro era el sacristán de la Parroquia, cargo que ocupó durante el ministerio de varios frailes con algunos de los cuales, como Fray Sebastián y Fray Guillermo, estableció una entrañable amistad. Estas labores conllevaron que se apartara levemente de la hermandad con la que siguió colaborando a pesar de todo: era un incansable vendedor de décimos de lotería y, en general, siempre mostró buena disposición cada vez que en la hermandad requerimos tanto del Pedro Sacristán como del Pedro Andandete que había comandado la legendaria cuadrilla de los seítas y que llevaba con orgullo el pin de su hermandad en la solapa de la chaqueta de los Oficios del Jueves Santo.

Fue otra oportunidad para seguir conociendo a Pedro. A pesar de tener un marcado carácter, en los años en que coincidimos, yo en la hermandad, él en la Parroquia, nunca tuvimos ningún desencuentro que no pudiéramos solucionar rápidamente. Tal fue mi buena relación con él que llegué a estar entre las pocas personas a las que acudía si requería algún favor en su labor como sacristán. Una relación que tuvo sus tintes laborales, pues él era el encargado de abrir la Iglesia cada vez que acudía una visita turística y escuchaba atentamente las explicaciones que el guía, un servidor, ofrecía al público. Al finalizar la jornada, terminaba compartiendo una cerveza en la Peña con aquel hombre que fue el que me empujó a vivir la hermandad desde dentro.

Estimado Pedro, hoy doblan las mismas campanas que tantas veces doblaron a través de tus manos, pero ahora lo hacen por tus manos, por la vida de un hombre que siempre trabajó al servicio de su Hermandad y su Parroquia. Hoy la pregunta que se hizo Hemingway encuentra dolorosa respuesta en la casa propia. Hace un par de años que Pedro dejó de ser sacristán pero la Iglesia siguió siendo su casa.

Te has ido tocayo. Así me llamabas muchas veces, olvidando que tengo un nombre compuesto. Echaré de menos esa tarde del 29 de Junio, cuando nos buscábamos por los alrededores de la Plaza para estrecharnos las manos y felicitarnos conjuntamente entre risas, aunque a veces bromeabas diciendo “yo no me llamo Pedro, yo me llamo sacristán”. Extrañaré no verte en la retaguardia de los últimos bancos de la Iglesia, donde me sentaba contigo, con Rafael el marido de Cati, Juanito el Papa, el Chaclari y Francisco el del Kiosko entre otros.

Mas fíjate Pedro que en medio de esta pena por despedirte hoy, no puedo evitar pensar que te has ido dichoso. Primero, porque sabemos que llevabas semanas enfermo y parece que has aguantado lo suficiente para poder recibir una despedida en la Parroquia en la que durante años fuiste sacristán. Tras dos meses cerrada a cal y canto para dolor de los umbreteños, la Catedral del Aljarafe abre sus puertas para recibirte en tu última visita terrenal. Pero hay alguien más que te espera: en un anacronismo histórico, el Cristo de la Vera+Cruz, el de los mayores de nuestro pueblo, aquel cuyo martillo tantas veces tocaste, aguarda tu llegada en el Retablo Mayor, contemplando esa última chicotá que te llevará hacia el cielo. Por eso, querido amigo de mi familia cofrade, cuando llegues allí arriba y te encuentres al mayor de nuestros tocayos en la puerta, proclama orgulloso que tienes el pase directo, pues serviste en una Catedral y al Dios Sacramento que desde la Cruz te ha hecho llegar al cielo.

Dale Señor el descanso eterno, y brille para él la luz perpetua.