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Escena de lo no sucedido

El cursor late en este fondo blanco como late el pulso de la ciudad en el aire abierto y solo. No encuentro la concentración, no aparece. Quizás porque mi vecino ha decidido que hoy era buen día para reproducir, a través de un altavoz de humanas dimensiones, las listas de los éxitos musicales actuales. O también porque el Range Rover de Protección Civil cruza la calle con La Saeta al máximo nivel acústico. Ese nivel en que tiemblan los cristales del retrovisor, a lo Jurassic Park. Encima los perros ladran como si no hubiera un mañana, casualmente cuando a la fiesta se ha sumado el popular Resistiré. Es entonces cuando me congratulo de ser yo el que resiste.

El día comenzaba ciertamente radiante, con las nubes trenzando palmas de algodón y con cierto aire aún marceño por los naranjos de la calle. ¿Y el azahar? ¿Alguien sabe dónde está el azahar? No solo ha desaparecido de la rama, también de las aceras. O es primavera al completo, o no hay primavera, mire usted. En este castillo de naipes no puede fallar nadie. Nos sostenemos entre todos. Este año, un minúsculo viento huracanado ha destrozado la estructura de lo visible, pero no de lo memorizado. Ningún virus puede arrasar ni desactivar la memoria. Y que se atreva.

El antifaz me mira desde la puerta. Yo no cuelgo la túnica en el armario, actitud cuasi herética por mi parte. Pero no me importa. El abismo vaciado de unos ojos que no existen me provoca incertidumbre. Y también respeto. La túnica, como cofre inviolable de nuestros pensamientos y nuestras emociones, se guarda. Yo al menos la he guardado en su sueño de estrenos. Dejaré que duerma, e intentaré reposarla sin arrugas ni dobleces. Los guantes, apresados en el cíngulo morado, sí que los estreno, no quiero que las manos se me caigan a la hora de comer o al escribir estas líneas. Los calcetines también, ocultos ya en la boca gris de los zapatos. Ah, también he ajustado un poco la rejilla. El velcro cerraba una circunferencia insuficiente para albergar y cubrir mi poblada cabeza. Lo achacaremos al confinamiento y a las torrijas que no se digirieron en su tiempo. Al final es verdad que había que abrir peluquerías, por lo que pudiera pasar.

En los móviles, en las redes sociales, en la televisión, infinidad de programación recreando e informando sobre algo que no sucede. Y es de agradecer, porque hoy las tecnologías nos han levantado nuestra propia Semana Santa. Todos, en la intimidad de nuestros hogares, nos hemos sentido identificados con los demás. “¡Yo también veo salir la Cena!” “¡A mí también me gusta ver la Estrella en la capillita del Carmen!”. Otros perfiles narran su propia Semana Santa y los personajes que la hacen posible. El cielo, extrañado por la ausencia de las procesiones, y celoso de mostrar tanta luz y tanta gloria, ha decidido cerrarse. A lo lejos (por el Aljarafe, por Huelva) parece que viene agua. En cada casa, los amigos han terminado sus obligaciones académicas, y se ven y se conectan a través de videollamadas. Durante el místico rato, agotan las últimas gotas de una botella de Rives que sobraba en la despensa y charlan sobre la salida de la Amargura, que este año hubiera sido de día. Lloran un poco, pero después ríen.

En los medios de comunicación, los Hermanos Mayores atienden las llamadas de los periodistas y todos lamentan la situación, pero apelan a la esperanza y a la valoración de lo verdaderamente trascendente. Circulan con pirotécnica velocidad los vídeos de los coches patrulla dejando flores en las puertas de las iglesias y reproduciendo marchas procesionales según la posición geográfica en que deberían salir cofradías. El coche espera, espera, espera… Termina la marcha y se va.

Llegadas las ocho de la tarde (no falla) me empiezan a doler los riñones. Por el Arenal, calculo. Soleá dame la mano de fondo y aplausos en la calle. Se levanta un frío impropio de Domingo de Ramos. ¿De Domingo de Ramos? Sinceramente, duele la extrañeza más que la nostalgia. El sevillano es nostalgia personificada a lo largo del año, por tanto, no le duele. Le molesta, le invade una sensación de extrañeza, de secuestro emocional. ¿Y saben por qué? Porque aún no se lo cree. Nadie se lo cree. Y esa es una verdad incómoda: pasará esta Semana Santa sin habérnoslo creído. Porque (otra verdad) necesitamos ver. La memoria es una herramienta que nos proyecta lo felizmente sucedido. Por lo tanto, esta Semana Santa no abrirá una carpeta en nuestra memoria, porque no ha existido y no la hemos visto. Esta Semana Santa pasará a la historia por ser aquella en que descubrimos que, sin el otro, sin ti y sin mí, no somos nada. Porque nosotros somos la Semana Santa.

Y siento mucho esta reflexión final. Ojalá Núñez de Herrera me perdone. “Se vive y no se recuerda. La Semana Santa no ha existido hasta ahora mismo”. No sé qué decirte, Antonio. No seré yo quien te contradiga. Al menos estamos vivos, y hemos recordado. Pero esta Semana Santa, la Semana Santa común y colectiva, no ha existido. Ha existido la nuestra, la propia, la individual.

Para cumplir con el rito, voy a cenar el bocadillo que siempre suelo devorar en las gradas de Alemanes esperando al Amor, aunque los pies no me respondan. Hoy sí me responden. Ha pasado el Domingo de Ramos, y mañana volverá a salir el sol. Volverá a morir gente (ellos, por desgracia, no nos ayudarán a ser Semana Santa nunca más) y volveremos a contar cifras y datos, y a imaginarnos luz al final del túnel. Rezo por ellos delante de una fotografía de Jesús Despojado. Las monjas no trasnocharán hoy. Velan por quienes lo necesitan.

No hay mucho más que ofrecer. Ni que contar, ni que desgranar, ni que recomponer. Tan solo espero que, como yo, hayáis sonreído esta mañana al levantar la persiana y que la luz campanera del Domingo de Ramos haya compuesto un redoble de esperanza en vuestros ojos. Si habéis sonreído, es que sabéis que esa luz volverá. Como volveremos nosotros también.