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Cuando Sevilla caminó con el Señor de la Salud

Nueve horas y miles de rezos. Como si Sevilla gustara de los desafíos, la ciudad echó el pulso en la jornada de ayer a la creciente expansión del coronavirus, a la resaca de un puente que trajo los últimos coletazos del Carnaval y a una jornada laborable que abría la primera semana completa de una nueva Cuaresma.

Todo fue insuficiente para evitar que una gran muchedumbre acompañara al Señor de la Salud en los traslados que realizó para presidir el Vía Crucis de las Cofradías de Sevilla. Ni el cansancio ni el temor. Ayer Sevilla apostó por la Salud, saldando además una deuda con la hermandad de los Gitanos que se remonta al año 2009.

Apostó Sevilla también por mostrar la elegancia de un Nazareno que vestía la majestuosa túnica que le bordaran los sucesores de Elena Caro sobre unas andas iluminadas por los candelabros de la Virgen de la Encarnación de la Cena. El acompañamiento de la Capilla Musical y la Escolanía de María Auxiliadora, todo un clásico ya en este acto, revestía el culto de una solemnidad que alcanzó su mayor punto en el interior del templo catedralicio.

Las catorce estaciones se rezaron ante la imagen de Fernández Andes, que regresó a la Plaza Virgen de los Reyes en loor de las mismas multitudes que, a la ida, habían abarrotado amplios espacios como las Setas, la Plaza del Salvador, o la de San Francisco, donde la imagen del Gran Poder se proyectaba sobre la fachada del Ayuntamiento. La Noche y el Alba de la Madrugá se vieron las caras a la caída de la Tarde en la ciudad en la que todo imposible puede cumplirse.

Porque al final todo es cuestión de miradas. Las de aquellos dos pequeños que buscaban al Señor en el recoveco de Santa Catalina y se ponían de puntillas ávidos de su encuentro, la de esa mujer que con su hijo recién nacido se asomaba por la estatua de Martínez Montañés, la del veterano costalero de la Virgen de las Angustias que portó al Señor en el recorrido de regreso y las de aquellas Hermanas de la Cruz que lo recibieron en las puerta de su casa. Allí la muchedumbre fue la costumbre de una jornada en la que se cumplía 88 años de la subida al cielo de la que siempre es la mirada de los pobres y necesitados.

Miradas en torno al rostro moreno del Nazareno que ayer provocó el reencuentro de la hermandad con su propia historia, pasando en la vuelta por San Nicolás de Bari, Santa Catalina, los Terceros…y San Román. Es entonces cuando Los Gitanos se encuentra con un pasado que pudo ser su ocaso. No fue así. De aquella herida del fuego y la desolación resurgió con fuerza una corporación que puede presumir de haber organizado uno de los Vía Crucis más multitudinarios de los que se recuerdan.

Así, nueve horas y miles de rezos después, con un retraso aproximado de unos setenta y cinco minutos  pero con el cariño y la devoción de un pueblo que ayer caminó junto a Él, entró en el Santuario el Señor de la Salud. Con la misma majestad con la que pudieron contemplarlo centenares de personas. La misma que recogieron en el objetivo de sus cámaras, los afanados fotógrafos de Cinturón de Esparto, y en el de sus ojos, los redactores que soñamos con escribir sobre Él. Porque todos, como parte de aquella Sevilla que le reza, caminamos junto a Él, con la certeza absoluta de que la ciudad nunca dará la espalda a sus días grandes. Más aún si lo hace apostando por la Salud.