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Un Corpus de multitudes con el Señor en Sevilla

Son las 6 y cuarto de la mañana de un Jueves de Corpus, aún no reluce el sol porque tímidamente comienzan a asomar las claras del día y la plaza de San Román amanece enrarecida, el Señor de la Cena comienza a tomar las calles desde su refugio temporal mientras los Terceros se adecenta para poder regresar cuanto ante. Comienza una mañana de Corpus que apunta a ser distinta, la temperatura es buena, el traslado del Señor es más multitudinario que otros años y conforme se va acercando al templo de Santa Catalina, el día empieza a hacerse presente dejando unas estampas únicas. Este año, el Cristo discurría por la calle Alhóndiga al encontrarse parte de la Plaza de San Leandro en obras y con un ambiente de recogimiento entre las estrecheces, que los privilegiados que han madrugado pueden disfrutar. Y así hasta llegar al palacio Arzobispal al filo de las ocho de la mañana, cuando se rezaban las vísperas ante la Virgen de los Reyes y la corporación municipal partía desde el ayuntamiento.

Junto al empeño del Cabildo Catedral por solemnizar aún más la procesión, justo es significar el decisivo empuje municipal para que la ciudad vista sus mejores galas en la mañana eucarística por excelencia. Buena parte de la revitalización que vive ahora la solemnidad del Corpus, especialmente en su aparato estético, es fruto del interés de la delegación de Fiestas Mayores por reactivar la participación de hermandades, instituciones y comerciantes en el ornato de calles y plazas del recorrido. Se ha incentivado la participación y permitido que este año hayan sido diez los altares que han engalanado el recorrido de la procesión, cuando apenas hace tres años, estábamos hablando de dos altares tan solo y de un riesgo cierto de que esta tradición se acabara prácticamente perdiendo. Claramente eso se ha conseguido superar.

Al filo de la una del mediodía, con los ojos del Cristo de la Cena clavados ya en el cielo límpido y luminoso de la calle Placentines en su retorno a los Terceros, el arzobispo de Sevilla, Juan José Asenjo, en compañía del obispo auxiliar, Santiago Gómez Sierra, ofrendaban un centro de flores blancas y amarillas a los pies de la escultura de Juan Pablo II que, a la sombra del convento de la Encarnación, dirige cada día su mirada hacia el primer balcón de la Giralda, el mismo púlpito desde el que el 12 de junio de 1993, en su segunda estancia en Sevilla, el Papa polaco rezara el Ángelus rodeado de miles de fieles. De aquella histórica fotografía pronto se cumplirán 25 años, una efemérides que este reluciente jueves de Corpus, como marca el refranero local, ha estado muy presente en la agenda de la solemnidad. La ofrenda floral al bronce del Papa viajero constituyó el apéndice fuera de programa a una procesión del Corpus que ha resultado modélica, ejemplar, solemne y con numerosa participación de fieles, dentro y fuera de la kilométrica comitiva, lo que deja abierto el debate del tedio y de sus elefantiásicas dimensiones.

El propio Asenjo, tras impartir la bendición con el Santísimo, ya de vuelta en la Catedral, se congratulaba de la mañana vivida en las calles de Sevilla significando su «alegría por el resultado de esta hermosísima procesión» y por las novedades introducidas por el Cabildo Catedral con la intención de conseguir una manifestación de religiosidad popular «más piadosa y más devota». Las dos corales que por vez primera se situaron en dos enclaves estratégicos del recorrido, como las plazas de San Francisco y del Salvador, contribuyeron con su cánticos –motetes y y cantos populares– a solemnizar la puesta en escena de la procesión, recuperando de paso una tradición perdida a mediados del siglo pasado por la que se acostumbraba a entonar diversas obras religiosas en lugares señalados del itinerario. Especialmente solemne resultó el tránsito de la Custodia de Arfe por la plaza del Salvador, con el pueblo entonando a coro el Cantemos al Amor de los amores. La ampliación de las oraciones, lecturas y meditaciones en las estaciones de las citadas plazas –otra de las novedades introducidas– no dio, sin embargo, el resultado apatecido pese al uso de la megafonía pública, ralentizando en demasía la procesión. Aunque cargada de buenas intenciones, la iniciativa del Cabildo Catedral de repartir a todos los participantes en la procesión un pequeño devocionario eucarístico para facilitar en algún instante del recorrido momentos de oración resultó poco efectiva, en parte, por la letra tan menuda del desplegable. «Hoy no me he traído las gafas», decía más de uno plegándolo al bolsillo, aunque también es verdad que dentro el ejército de 4.000 fieles que toman parte de la procesión más multitudinaria de la ciudad hubo participantes a los que se les vio imbuidos en la lectura del folleto.

A eso de las ocho y cuarto, cuando los niños carráncanos iniciaban la procesión del Corpus, en la Avenida de la Constitución había poco público y muchas sillas vacías. Parecía entonces que de nuevo, otro año más, iba a haber escasez de participación por parte de los sevillanos, no así de las representaciones. Pero nada más lejos de la realidad. Cuando Santa Ángela cruzaba las portadas de la plaza de San Francisco minutos antes de las nueve de la mañana, a ambos lados del cortejo comenzaba a haber más ambiente, incluso en las zonas donde incidía el sol, donde en otras ediciones no había ni un alma. La temperatura más que agradable echó a la calle a una gran cantidad de público, muchísimo más que el año pasado, cuando se rondaron los 40 grados un 15 de junio en las horas centrales del día. Quizá, el hecho de que la primavera impere todavía en la ciudad, hizo que menos sevillanos huyeran a las playas.

Aunque la procesión se vio favorecida por un cielo radiante y una temperatura muy agradable, cierto es que durante los primeros compases de la mañana la comitiva se vio arropada por un público más bien escaso. La animación, sin embargo, fue creciendo a medida que se desperazaba la mañana y los propios participantes en la procesión retroalimentaban las aceras de los últimos tramos del recorrido una vez retornaban al patio de los naranjos de la Catedral.Desde que Jaime Román Pérez, el niño carráncano de 12 años que abría el cortejo, hizo sonar por vez primera a las 8.15 horas la esquila que llevaba colgada a su cuello, hasta que a las 10.41 horas la Custodia de Arfe asomó a la Avenida de la Constitución a los sones de la Marcha Real para iniciar su recorrido habían transcurrido dos horas y veintiséis minutos de reloj.

Cuando la cabecera de la procesión retornó de nuevo a la penumbra del templo metropolitano, en el trascoro catedralicio aún esperaban pisar la alfombra de juncia y romero de la Avenida de la Constitución cinco de los nueve pasos. La escena de la pescadilla que se muerde la cola se repite año tras año, pero este año más si cabe. Algo que reactivaba el debate de cada año. En esta edición ha vuelto a crecer la participación y eso ha hecho que la Custodia saliese de la Catedral doce minutos más tarde de los previsto. Resulta extremadamente tedioso ver pasar el cortejo completo. Sobre todo, los primeros pasos, hasta San Fernando, que es donde van las hermandades. Una vez el Rey Santo se echa a la calle, la Inmaculada, el Niño Jesús, la Custodia Chica y la de Arfe van casi seguidas.

Y es que de poco han servido los reiterativos mensajes del arzobispo de Sevilla llamando a la mesura en la participación de las representaciones de las hermandades. Las cifras de participantes en la procesión no decrecen. A la lista de hermandades se unía este año además una nueva incorporación, la de la reorganizada del Carmen de Santa Ana, que con su estandarte marrón carmelita abría el desfile de representaciones tras los niños carráncanos. Especialmente numerosas fueron las representaciones de San Gonzalo y el Gran Poder, ambas superando el centenar de hermanos, aunque la que se llevó la palma fue la de la Macarena, con más de 160 cirios.

Una vez que avanzaba la hora y se acercaba el medio día, la zona de Alemanes y Argote de Molina hasta el Salvador, presentaban un aspecto impresionante de público. Allí se ubicó la Escolanía de María Auxiliadora, amenizando el cortejo con solemnidad, al igual que en la plaza de San Francisco estaba el Grupo de Cámara Sacra. Fue una de las novedades del Corpus de este año, junto con la meditación que el arzobispo leyó en estas mismas plazas con textos de San Juan Pablo II. Y, la tercera novedad, fue el devocionario que repartieron a los participantes, aunque no fue muy consultado entre el público, habrá que pulirlo…

Las más de 5.120 sillas dispuestas por el Consejo de Cofradías a lo largo del recorrido de la procesión presentaron una alta ocupación y se presentaban prácticamente llenas, otro buen dato de que el público y los fieles han llenado las calles y la fiesta del Corpus comienza a resurgir mirándose en el espejo de tiempos pasados.
(Reportaje de Victor González, Eliás Beltrán, Rafa Soldado, Carlos Rojas y José Ramón Núñez)

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