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Sobre regresos y osadías

Ya se han rendido las horas y ya se han desquitado los tiempos de su monotonía vital y cansada. Una brisa de envolvente oscuridad mortifica el aire para revestirlo de cantes ahogados en llantos y algazaras. Cantes que cierto día dejaron de resonar en las gargantas de tu cava, pero que aún hierven en ocres metálicos, a tus espaldas. Cantes que se fueron, pero dejaron las letras. Y dejaron a Dios.

Un Dios que refresca su amargura en la blanca cal de los balcones, fijando su desgarradora mirada con la muerte de la mano. Y comienzo a buscarte por la frondosidad  de una ribera que detiene su cauce para oírte pasar. Lejanas retumban las pieles desgastadas y raídas de los tambores anunciando el final de los tiempos. A la vera del río caminas, atrayendo hacia ti la techumbre rojiza de cielos vigilantes e insolentes.

Consigo intuirte, pero un ramillete de esferas enamoradas y altaneras aguarda tus cuatro esquinas, temblando a cada paso y a cada metro. ¡Tú debes ser el fuego barroco de agonía, y no ellas! ¡Descaro el suyo, que te están robando el aire, Cachorro! Debemos ser los primeros en preservar el aire al Patriarca que, ya mayor, apura sus respiraciones viejas y carcomidas como el arrastre de una madera vieja y restallante. Tus músicos, henchidos los pulmones, te velan entonando broncíneas melodías, apuntando con sus cornetas al cruzado madero de la eternidad, a la vertical veleta de un amor inmolado. También son gitanos.

Más osadías. Como lágrimas vencidas cristalizando el aire de una despedida en mar abierto, las telas de tu cintura también se agitan despidiéndose del espigón de tu interminable travesía. ¡Quietos los paños de la pureza, ladrones de vientos que peinan, excitados, sus ajadas melenas!

Y tú, argentado quinqué de los desvelos, prendido de asas estrelladas, ¿por qué no revuelves las aguas y traes desde los mares de Bajo Guía hasta Castilla un torbellino de brisas para mantenerlo con vida, siquiera sea un segundo? ¡Solo un segundo más, que siga viviendo!

Ya descansa la comba airosa y coqueta del puente. Ya vuelve a fluir la raya verdosa y líquida del río. Y tú, en medio, alzado, como hito de muerte sobre el pedestal de ojos lacrimosos y centelleantes. Aguas que son espejo roto en miles de trozos de azogue calado.

De momento yo vuelvo a respirar, y tú sigues caminando. ¿Hacia dónde? O, mejor dicho, ¿hasta cuándo? Es el milagro del dualismo, ciertamente maniqueo, de la realidad y de la consumación del tiempo. Noche y luz. Vida y muerte.

Hace dos mil años y parece hoy mismo. Dos mil años de duelos interminables. Dos mil años desde la primera vez que Triana le pidiera una limosna de aire a Sevilla. La ciudad ve cómo se te escapa la vida por la entreabierta puerta de tu boca, que desprende pavesas de últimos instantes. Ya vuelves, y tu perfil, como un arco tensado y rígido a la espera de lanzar su postrero hálito de vida, se dibuja en las paredes frescas y alfareras de Triana, recortando una vez más la estocada definitiva de la muerte. Sigue viviendo, Manuel. Sigue pasando.

(Fotografía Luis Manuel Jiménez Domínguez)