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Triana, y yo….

Tengo mis sueños cumplidos, y todos por cumplir…

Ocurrió en la noche de los sueños.

Sevilla, con permiso.

Y suena “La Pasión” de fondo…

Y todos mis recuerdos se llenan de vida, se iluminan ilusiones en busca de mi destino.

Esos acordes me llevan a lo más profundo de mis sentimientos, en esas notas del alma, donde las cornetas lloran, susurran, y hasta gritan en silencios de amor, recorro las vivencias de una noche mágica que se clavan en mi pecho.

Los recuerdos se quedan atrapados en el tiempo, esa melodía me supera…

He visto llorar al que no siente, ni cree, en los acordes de esta composición.

Me suena a ella, me suena a Triana.

Y llega Triana…

… ¿y que tendrá Triana que me duele hasta su nombre?

Tiene corazón, tiene sabor, aroma, olor, tiene vida. Es el amor deseado. Es el sueño y la locura que siempre hubiera soñado tener, si la vida, no me hubiera puesto a sus pies.

Y cuando la conoces, la sientes, la tienes, y te sientes suyo, ya no puedes perderla por nunca jamás.

Tiene abuelas de moños grises altos en el pelo que no fallan a su cita, madres que saben transmitir el sentimiento de un barrio a generaciones venideras, y Triana tiene, con permiso de la ciudad más bonita del mundo, mi corazón.

Es su belleza engreída, altanera, arrogante. Es la niña guapa de una Sevilla enamorada. Es mi vida, mi alma y mi manera de sentir.

Ella saca la mejor versión de uno mismo.

Siempre.

Confesaré algo íntimo ocurrido en la locura de esa noche esperada.

La pasada Madrugá quedará grabada para lo eterno  en lo más profundo de mi corazón.

Contemplaba extasiado en El Baratillo la espera del paso del Santísimo Cristo de las Tres Caídas, y sí, digo bien, contemplaba extasiado la espera, porque iban llegando costaleros del relevo al lugar, y los miraba, y los admiraba, y como la inmensa mayoría son amigos, iban llegando, y nos dábamos un abrazo, un beso, comentábamos la película…

Y reconozco que los escuchaba pero no los oía, los miraba con una envidia sana de satisfacción, alegría y locura, que juro por mi honor, que me preguntaba, si eran conscientes de lo privilegiados que son. Y claro que lo saben!!!

Y lo demuestran. Y lo interpretan. Y lo rebozan.

Yo, que soy costalero de todo aquello que siempre quise trabajar, disfrutar y sufrir, no de lo que haya podido, sino de lo que he querido, y de lo cual me siento tremendamente afortunado, soñaba allí apoyado en la puerta del Baratillo, que era costalero de esa cuadrilla del compás, de esa cuadrilla que lleva por nombre Triana, y que por Triana muere bajo sus trabajaderas.

Una cuadrilla de raza, de sentimientos, de nobleza, una cuadrilla de hombres que devoran la fe, costales o querubines de una Triana q reza, y que siente, costaleros insultantes de poderío que tocan el cielo al compás del Señor.

Y yo me sentía costalero de Triana…

Porque para ser costalero de Triana, la tienes que sentir, vivir y te tiene que doler.

 

Y llegó…

 

Y no me pregunten, no lo sé explicar, pero cuando llega el señor de las Tres Caídas y encara la capilla torera, y miro su cara, mis lágrimas resbalan embobadas orgullosas de mi gente, de mi barrio, de mi espíritu… costalero.

Miré la cara del vecino más antiguo de Triana y sentí un escalofrío en todo mi cuerpo.

Lo vivido allí fue para enmarcar, para recordarlo.

Y llega la hora de marcharse buscando Triana…

Y esas manos que duermen el ancla de plata, se posan en el llamador, Paco y Emilio me llaman, me acerco hasta poder oler el bendito aroma que desprende esa cuadrilla de tíos valientes, y escucho… y esa conversación entre capataces y costaleros de Triana, y yo, quedara grabada en las sagradas escrituras de mi alma toda la vida, y ya no puedo contener la emoción, escucho a sus capataces, escucho a sus costaleros, y solo me queda gritar, gracias, gracias y mil gracias.

Un nazareno de antifaz morado consuela mi desahogo en el abrazo.

Abrumado y agradecido me pierdo entre la multitud, un sueño de mañana, en la noche de los sueños.

 

Algo que no olvidaré mientras viva.

 

Son las cosas de Triana…

 

“YO SOY” todo tuyo.

Siempre.

 

Fotografía José Campaña

  Miguel Ángel Oliver