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Et in Arcadia ego

Et in Arcadia ego

Siempre quise que uno de mis indiferentes y desdeñables escritos comenzara con un tópico literario, y por sorpresa, este cumple las reglas a la perfección. Et in Arcadia ego. La felicidad es efímera y su pérdida provoca nostalgia. Se hunde ineluctablemente en las entrañas de nuestro ser. Los tiernos momentos siempre quedan difuminados, ocultos tras un telón opaco y pesado, que nos opone resistencia, mientras que los desagradables e  indeseables quedan en primera instancia, alimentándose de lágrimas y lamentos. De noches en vilo pensando en aquello que ya no está, aquella mirada que, irremediablemente, no se volverá a cruzar con la nuestra.

Intentando recomponer recuerdos en una de estas tardes que abren las puertas al otoño, me encuentro ante mí una barahúnda de palabras lejanas, una vorágine sorda de sonidos, un nomenclátor imposible de recapitular. Todo era caos y confusión. Sin embargo, a la hora de asentar el tiempo y las ideas, todo va cogiendo forma instintivamente, no sin la ayuda de soportes varios.

Tengo ante mí algunas fotografías y juguetes que plasman corredurías infantiles, y como fondo natural, llantos esporádicos y absurdas pataletas. Quién pudiera volver a formar parte de esos berrinches que tenían como destino el consuelo y refugio de una madre. Como si de una verdad ineludible se tratara, una voz remota tararea una canción, y a su vez siento sus dedos como teclas dulces en mi pulso.

Tras esa dócil y afable melodía, un estruendo irrumpe espasmódicamente en mi interior acelerando los latidos. Un sonido repetitivo, reincidente y hasta un tanto desagradable, que se acerca, pero al instante se aleja. Lo reconozco de inmediato. Es una sirena.

Pero como cualquier niño incesante de curiosidad, mis recuerdos se asoman a esa esquina donde mis risas retumban como una inmensa campana en repique. Como ese placer prohibido que atrae a las inocentes miradas de la infancia. El alboroto capta mi atención. Veo, tras esa esquina, un barullo de hombres fuertes que corren hacia su trabajo. Salvar a las personas. Alzo la mirada y un familiar puente me saluda…

Un golpe de martillo me retrotrae no muy lejos de allí. Hay mucha gente, no logro aclarar la mirada. Hurgo en mi bolsillo, y mi mano inquieta deja ver una pequeña estampa de un Crucificado. De repente, ese opaco y pesado telón se viene abajo, y en un abrazo de luz, me traslado a una calle que me resulta conocida. Bastante, diría yo.

Pero para mi total sorpresa, al reconocerme y mirarme, nada es igual. Estoy en un carrito sentado, con muchas de esas estampitas en el regazo, que brillan como estrellas bajo un sol sonriente de abril.

Otra vez esa misma voz, la de la canción. “Manuel, corre ven que ya viene el Señor”. No me pregunten por qué pero se forma un nudo en mi garganta que apenas me deja respirar. Alguien me coge por los brazos y consigo entrever entre una marea humana, esos lirios salpicados que no son más que las lágrimas de sangre del que está sobre ellos.

Justo ahí, sentí como un puñal verdadero el beso que nunca volverá. Estábamos ella, Él y yo. “Que nos dé mucha salud Manuel, pídele mucha salud”. Y todo se desvaneció.

Lo he estado buscando mucho tiempo, y solo lo encuentro en el mismo sitio. En la misma calle, en el mismo soportal. En el mismo puente. Ese mismo puente, el de las sirenas. El de los tambores. El que no lleva agua en su cauce. El que se ve desde nuestra ventana. El que cobija el trabajo de aquellos que salvan vidas. El que lleva hacia donde estás. Tú, y todos aquellos que dejaron de ser lágrimas para convertirse en lirios. Junto a ellos, y junto a ti, Él.

El que habla en silencio. El que da todo por nada. El que te trae de nuevo conmigo y une tu mano con la mía.

Él. Vecino de Gallinato.

 

Fotografía Carlos Rojas