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La Inmaculada, el monumento y la fiesta

A la vera de la Catedral y escoltado por las robustas almenas de los Reales Alcázares, se sitúa el monumento dedicado a la Inmaculada Concepción de la Santísima Virgen María, que arrastra una historia fascinante, cargada de simbologías y maltratada por la impasibilidad durante 364 días. Tan solo la madrugada del 8 de diciembre cobra vida su trascendental misterio y agita las conciencias dormidas de los ciudadanos, motivada en gran medida por los cantes leales de las estudiantinas.

Centenares de personas se concentran alrededor de la Plaza del Triunfo para presenciar las loas de los tunos a la Inmaculada a las doce de la noche. Este espectáculo (místico, algo pintoresco y extravagante) se realiza a los pies de esta escultura, lugar elegido en 1952 para fijar la costumbre de ensalzar la concepción sin pecado de la Virgen, aunque el único objetivo de la tuna de Peritos Industriales era recordar una tuna que en los años 20 del pasado siglo ya cantaba a la Virgen, pero desapareció.

Para contextualizar, la conformación de este dogma se remonta varios siglos atrás, pues ya incluso en el siglo XIII (1258) se erige la primera Hermandad de la Concepción, fundada por los cabildos nobiliarios y eclesiásticos. Se tiene constancia que ya en el siglo XVII, los sevillanos celebraban de manera espontánea y natural esta nueva creencia, originada en el seno del pueblo hispalense. En palabras del Cardenal Segura tras tomar posesión de su cargo en 1896, publicó en una carta pastoral: “nadie que esté medianamente versado en el dogma católico ignora que el primer grito que se oyó en la iglesia para pedir la definición dogmática del Misterio de la Concepción Purísima de María, salió de España y partió de Sevilla”. 

Y al pueblo se sumó una lista de sevillanos que abanderaron sin tapujos este dogma, cuyos principios fueron rechazados y mal vistos por algunos sectores de la comunidad cristiana. La cuestión en sí era la siguiente: en el siglo XVII es cuando florece la “pugna” entre defensores de la idea de que la Virgen fue concebida sin pecado, y los contrarios a la misma, que en mayor medida eran los dominicos. Esta congregación defendía, escépticamente, que María fue “limpia” tras su concepción. Celebraban la fiesta pero usaban el término “sanctificatio”, en vez de “conceptio”.

El cronista sevillano Diego Ortiz de Zúñiga, recoge en sus “Anales eclésiasticos y seculares de la M.N.YM.L. ciudad de Sevilla, metrópoli de Andalucia”, un sermón que pronunció el padre Molina en 1613 en el convento desaparecido de Regina Angelorum, situado cerca del mercado de la Encarnación, en el cual cuestionaba abiertamente el dogma inmaculista y provoca reacción inmediata en el pueblo de Sevilla, que se siente atacado en la fe.

Aunque le pese a Molina

y a los frailes de Regina;

al Prior y al Provincial

y al padre de los anteojos,

sacados tenga los ojos

y él colgado en un peral,

fue María concebida

sin pecado original.

Con esta famosa redondilla respondió el pueblo sevillano a tal calumnia que tanta efervescencia mariana infundó en la ciudad de Sevilla. Ya en 1615, la Primitiva Hermandad de los Nazarenos de Sevilla formuló el voto de sangre mediante el cual defendería el dogma de la Virgen Inmaculada hasta derramar la última gota de su sangre.

Pero volviendo a lo que nos atañe,  el monumento, asentado sobre un  octógono de gradas de granito, cuenta con un pedestal en el que aparecen cincelados cuatro personajes  vinculados estrechamente al marianismo sevillano en cada una de sus caras. Son obra de Collaut Varela, de 1918, siguiendo el diseño arquitectónico de José Espiau. Aunque este proyecto contó con la oposición de la Real Academia de Bellas Artes, pudo finalmente realizarse, pues estaba enmarcado en el proyecto de reforma urbanística de Juan Talavera, previo a la Exposición Iberoamericana de 1929.

El primero de ellos es Miguel Cid, poeta sevillano que impulsó decisivamente el asentamiento del dogma. Cid registró para los anales de la fe sevillana los famosos versos que dicen: “todo el mundo en general / a voces reina escogida diga que sois concebida / sin pecado original”. Esta coplilla, de 1614, refrendó los ánimos de los sevillanos que consiguieron un “Breve” del Papa Paulo V en el que se prohibía toda tesis maculista.

El siguiente mariano es Juan de Pineda, teólogo jesuita que participó activamente en la defensa de este dogma. Utilizó sus argumentos para defender la Inmaculada, actuando en contra de las tesis tomistas de Santo Tomás de Aquino, que como ya hemos comentado, las utilizaron los dominicos.

Aparece también la efigie de Juan Martínez Montañes, que apenas necesita presentación biográfica ni reconocimientos. Aunque las primeras representaciones iconográficas de la Virgen en este misterio se remontan al grupo de San Joaquín y Santa Ana, de sus manos salió la que probablemente sea la imagen más tierna, dulce, cercana y profunda de la Virgen María en su Inmaculada Concepción: la famosa “Cieguecita”, presente en una de las capillas de la Catedral de Sevilla.

Finalmente, Bartolomé Esteban Murillo, que en sus lienzos legó para siempre la representación más querida y dichosamente adoptada por el pueblo de Sevilla y por la Iglesia, exportando así al resto del orbe católico la imagen de la Virgen Inmaculada.  Ambos artistas se inspiraron en los versos del Apocalipsis de Juan 12-1, que dicen “…una gran señal apareció en el cielo, una mujer vestida de sol con la luna bajo sus pies y una corona de 12 estrellas en la cabeza…” Murillo realizó en 1678 para el Hospital de los Venerables su Inmaculada más celebrada, si bien hoy día se halla en el Museo del Prado, bajo el ignorante y erróneo título de “Inmaculada de Soult”.

El 8 de diciembre de 1854 despierta Sevilla con la buena nueva: la bula “Ineffabilis Deus”, promulgada por el Papa Pío Nono, reconoce y promulga definitivamente el dogma de la Inmaculada Concepción de la Santísima Virgen María, patrona de España y cuyo arraigo en la fe popular y, principalmente, sevillana, goza de una salud máxima y sigue celebrándose con orgullo y lealtad.

(Fotografías Victor González)