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El Miércoles Santo de San Bernardo

Que todo sea el querer

Tu nombre es una invitación a la vida, a la paz, a la calma. El calor no te suelta aunque ya hayan pasado meses desde la última vez. Con el asfalto del puente ardiendo y el vendedor de globos delimitando el fin (o el comienzo) de la fiesta, volabas hacia la palma del Giraldillo, que apuntaba su palma inquieta hacia el Parque de los Bomberos, cuyas banderas se deslizaban por el asta en homenaje a María. Relucían los cañones, todos andaban alrededor y los rayos convergían en el hilo fino del bordado que coronaba el puente. Buscaba la sombra fresca de Santa María la Blanca y el ramo de flores claras en San Nicolás. Ella cura la gravedad y la muerte del Señor de la Salud, devuelve el sol al día y arranca palmas en las esquinas. Todo en familia, como siempre. Todo en barrio.

Y ahora soy yo quien busca la sombra en la calle Ancha. Ni rastro de aquel día que fue para siempre por unas horas. Los árboles frondosos ya no arrojan frescura y los bares están cerrados. Las cortinas de esparto privan de nervios los balcones y en las azoteas no hay cajas con pétalos. La calle Cofia no brilla como acostumbra (líquida, casi palpable con el sol de abril) y la antigua Escuela de Adultos no está poblada de sombrillas y sillas. Y la calle Gallinato, en silencio, destroza el alma a cada paso.

Por Santo Rey quizás haya algo de vida en este agosto familiar y lejano. Hoy los antiguos corrales, reductos imposibles de sombras alargadas y alcobas toreras, quedan vacíos tras las puertas de madera. Unas flores secas se aferran a la vida en las barandas y las puertas de la Parroquia se abren de par en par. El verano se recrea en las paredes ocres y aceitosas del templo. Los vecinos, que sacrifican días de vacaciones, vuelven y se saludan. “El viaje bien, mu cortitas este año las vacaciones”, “mi madre algo mejor”, “nosotros nos vamos el día 15 cuando se recoja la Virgen de los Reyes”. Los ventiladores vibran e interfieren la lectura del Salmo Responsorial, y el repiqueteo de los abanicos corta el aire como los dientes de una sierra. Se reza un padrenuestro mirando al Señor y concluye la eucaristía. Poco a poco se va desalojando la iglesia, y el mármol permanece ardiente y sofocado por las pisadas y el ajetreo. Se resiste a caer el sol más allá del puente, desierto de alquitrán sin vida. Hace el calor de aquel miércoles y ninguna grúa se asoma por sus barandas.

Ya han abierto las tabernas (solo por hoy) y a medianoche azota aún el calor. Alguien se detiene en un portal, que guarda con recelo la oscuridad y el frío. Son largas las noches para el barrio, que a duras penas mantiene las constantes vitales. El capellán deja a sus espaldas las puertas cerradas. También hay reencuentros en verano. Es un milagro de la vida y de la vecina más querida. Un oasis de vida, de paz y de calma para afrontar la rutina. La Virgen del Refugio, de grana y oro, aún sonríe disfrutando la visita de su gente.

Manuel Lamprea Ramírez

(Vídeo Ángel J Ruiz)

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